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12.7.07

68 km en 14'55"



Correr tiene su morbo. El rugir del viento, el peligro haciendo bombear el corazón a cien y disparando la adrenalina, la sensación de libertad, el gramido de un motor a tope de revoluciones, el saber que te estás jugando la vida cada fracción de segundo, que un parpadeo es la distancia que hay entre estar vivo o muerto.

Correr está fatal, y no hay que correr, eso está claro. Correr es peligroso, no sólo para uno mismo sino también para los demás, y por eso yo, diga lo que diga aquí mi primo, no suelo correr mucho; admito que no suelo ir nunca a los 120 km/h que marca la ley por autovía, pero no creo estar pecando de suficiencia si digo que, sinceramente, creo que no voy por ahí jugándome ni mi vida ni la de nadie. Circular por la autovía un sábado a media mañana algo por encima del límite, con tráfico cero o cuatro coches que, de todas formas, van todos a 140 km/h, no me parece ninguna temeridad, cuando se forman caravanas intento tener más cuidado y nunca jamás he llevado el coche a todo lo que puede dar (lo más que he hecho fue cuando una vez, y sólo una, descubrí que iba a 170 al tomar el desvío hacia el monte, después de una bajada de un kilómetro y de un rato sin mirar el velocímetro. Yo, personalmente, me consuelo pensando que esos límites de velocidad están pensados para por si un día llueve a rabiar, o hay niebla, o bastante tráfico (porque aunque se vaya más despacio esos días, cosa que suele pasar, es legal ir a 120), cuando no se da ninguna de esas condiciones no es una temeridad ir algo más rápido. Y al fin y al cabo siempre puedo fiarlo todo a mi legendaria cobardía que en última instancia siempre está dispuesta a que acuda a ella para levantar el pie del acelerador.

Correr es divertido, y por eso el mundial de motociclismo y, sobre todo, el de Fórmula 1, tienen las audiencias que tienen, aunque no pase gran cosa en ellos, aunque sean mil vueltas a un mismo circuito entre coches que, más o menos, corren todos igual, lo que le quita cierta gracia al asunto. Y por eso los juegos como el Need for Speed o el GTA Auto tienen las ventas que tienen, y por eso siempre intento tener un juego de coches en el ordenador. Lo cuál no significa que luego quiera repetir eso en la vida real, insisto; al fin y al cabo también suelo tener instalado algún juego de ir pegándole tiros a la gente y nadie razonable va a pensar en serio que un día voy a conseguir un Kalashnikov (que, por cierto, cumple 60 años y ya hay uno por cada 60 habitantes del planeta, y su dueño se lamenta de que no se le ocurriese inventar un cortacesped) y liarme a tiros por la calle.

Y en esto del correr, como en todos los campos, hay un panteón, con una serie de nombres que conoce todo el mundo, digamos Fernando Alonso, el inefable Hamilton, Schumacher, Valentino Rossi, etc. Casi cualquiera se sabe el nombre de un par de motoristas, de un par de pilotos de Fórmula 1 retirados hace siglos, ¿a quién no le suena Ayrton Senna o no sabe de donde viene la expresión ser un Fitipaldi?, pero también como en todos los campos hay una serie de nombres más oscuros, más arcanos, más rebuscados y, normalmente, más dignos de los laureles que se llevan los iluminados por los focos, retina de la masa. Igual que esta mañana he escuchado en la cafetería a dos tipos soltar el topicazo ese de que un penalty lo falla quien lo tira y luego la generalización de que todos los tiradores de penalties fallan un porcentaje grande y no pasa nada y me he quedado con ganas de preguntarles si sabían quién era mi dios particular del fútbol, Matt Le Tissier y de comentarles aquello de que de 93 penalties que tiró le pararon 1 y metió los otros 92, muchas veces cuando alguien habla de Pedrosa, Rossi o quien se tercie yo recuerdo a un sueco que se hace llamar Ghost Rider, un tipo que lleva sacados 5 DVDs donde básicamente se dedica a conducir una moto negra a toda velocidad por carreteras normales entre el tráfico diario, y/o a sacar de quicio y tocar las narices a la policía.

Descendiente noble del Prince Noir, aquel carnicero que en 1990 se dedicaba a recorrer las autopistas de circunvalación de París a más de 190 km/h en hora punta con una cámara pegada a la moto y a mandarle luego los vídeos a la policía, el Ghost Rider es un experto motorista sueco, o grupo de expertos motoristas suecos (entendiendo experto como esa clase de gente que sabe tumbarse encima de una moto en marcha, o subirse en ella, o hacer caballitos a más de doscientos kilómetros por hora) que vieron una película de Getaway in Stockholm, consistente en una carrera ilegal real donde un Porsche huye de la policía a toda velocidad por las calles de Estocolmo. El video es un montaje bastante evidente, a no ser que los policías suecos vayan en chandal y usen coches sin sirenas, y además ocurría de noche y sin tráfico, así que el motorista o motoristas (habiendo dejado clara la duda sobre si es un sólo individuo o son varios creo que voy a usar el singular) pensaron que vaya panda de capullos y decidieron grabar su propia película y hacerla con un par. Temeraria, ilegal, mal ejemplo para la juventud, todo lo que se quiera, pero hay que reconocerlo: Le echaron ese par.

Las películas en cuestión pueden bajarse de internet sin mucho remordimiento de conciencia, al fin y al cabo el tipo es un criminal, y como muestra un botón, y si una imagen vale más de mil palabras, por recurrir yo también a los topicazos, la Uppsala Run, un viaje de 70 kilómetros desde Estocolmo a Uppsala hecho en 15 minutos (sí; sale a unos 280 km/h de media) va a decir más de lo que yo podría escribir en mi vida sobre este tipo, culpable de que mi enamoramiento con la moto de la foto, la Suzuki GSX1300R Hayabusa. Así que si tienes un cuarto de hora, quieres morirte de envidia con adelantamientos imposibles y sentir el veneno de la velocidad sin ese riesgo de palmarla en cualquier momento, haz click aquí debajo (el video está en dos partes).

parte 1:


parte 2:


P.D: Las consecuencias: La copia maestra del 5º DVD, Ghost Rider: Back To Basics, que iba a salir en el 2006, está requisada por la policía, lo que junto con algún que otro video de detenciones que puede verse por YouTube hace pensar que el tipo igual está a día de hoy pagando su deuda social, por decirlo así. Y si erán varios, es probable que uno de ellos, Joakim Iceman Karlsson muriese en el 2005 en el Isle of Man TT, un trofeo de motociclislo que viene celebrándose desde 1907 en la Isla de Man a través de carreteras públicas.

Conclusión: Si hasta gente así de buena se mata, ya sabes: El correr para la tele, los vídeos y los videojuegos, ¿eh?

P.P.D: Existen dos carreras a Uppsala en los DVDs que he visto, y ahora no tengo muy claro cuál de las dos es esta. En cualquier caso naturalmente la segunda era más rápida que la primera. También existe una tercera, en plan de broma, que es ésta, y en el trailer del DVD requisado por la policía se ve otra que iba a ser la Uppsala Run 3 1/2, the Way Back Home, que prometía, prometía.

P.P.P.D: Y por mi parte no pienso volver a poner el coche a 170 km/h en mi vida, palabra. Aunque si llegué a esa velocidad sin darme cuenta fue, precisamente, porque el coche iba tan pancho y porque no vi ningún peligro. Pero por si las moscas.

16.5.07

doncella 2

Es uno de esos cuadros que todo el mundo ha visto alguna vez pero que casi nadie recuerda ni conoce. Quien más o quien menos lo ha visto reproducido sin muchas florituras y en pequeño en algún libro de historia o de arte, y tiende a abundar, si afinas los ojos y eres rápido, en los catálogos del MOMA de Nueva York que pueden distinguirse en alguna película que otra (tal vez lo más complicado sea encontrar películas donde aparezcan esos catálogos tirados por algún rincón, por ahora yo sólo recuerdo aquella de las últimas de Woody Allen que aborrecí salvajemente y, curiosamente, Cazafantasmas). Representa a una muchacha que sonríe mirando hacia el espectador. Mirando, en realidad, hacia el pintor.

La muchacha del cuadro es Maria Poglioni, y según leo nació en el siglo XIX, sin hacer nada que el libro de donde leo crea digno de decir excepto morir a los setenta y ocho años dejando cinco hijos y catorce nietos. Su padre era un banquero milanés, que como a tantos banqueros le dio por invertir en arte, así que aprovechando que Jean-Baptiste-Camille Corot andaba de paso por Milán lo invitó a hospedarse en su casa y después de aburrirle soberanamente con sus discursos sobre lo mucho que le gustaba el arte y lo que sabía de pintura le invitó a que pintase a su hija Maria. J-B-C, que como buen pintor andaba siempre algo tieso, dijo que de acuerdo sin pensar en ningún momento en pintar a la muchacha, y aprovechando que no estaba presente le dio al banquero la dirección del estudio de un colega y amigo suyo cuyo nombre no consta por ninguna parte y le dijo que mandase a la muchacha allí a las nueve de la mañana del día siguiente (o tal vez a otra hora y otro día, tanto da). Y allí fue la muchacha, nerviosa porque los pintores ya se sabe, en un fastuoso carruaje que se quedó esperándola en la calle mientras ella trepaba las escaleras del edifico en cuestión, primero los peldaños de marmol de la planta baja, luego los de piedra de los primeros pisos y finalmente el piano deforme de tablones que conducía a la buhardilla. Nadie habla del estudio, así que podemos imaginarlo como nos de la gana. A mí me gusta ver un techo desvencijado por el que se cuelan algunos rayos de sol que hacen brillar como oro los lentos y densos ríos de motas de polvo que lo recorrían profundamente, los goterones de pintura seca manchando el suelo gastado por el arrastrar de los pies del artista, las ventanas que no cierran del todo bien, y una, abierta, que hace bailar una tenue cortina, translúcida a la luz, de un color blanco manchado y con un ribete que en su día fue rojo y ahora es de un rosa ausente. Y en el estudio un sofá, y ante él, un caballete con un lienzo virgen y puro como la propia Maria que en ese momento llamaba tímida a la puerta, sin saber a quién se iba a encontrar, pues ella no conocía al artista. Y cuando este le abrió la puerta sólo pudo ver sus ojos, dos mares azules profundos y silenciosos donde la luz iba a morir, y Maria se dijo que esos ojos eran, en efecto, los ojos de un pintor.

Pasaron, siete, quince, veinte, no sé cuántos días, los que hagan falta para pintar un retrato. Igual es uno, igual son sesenta, imagino que depende del retrato y yo no tengo ni idea ni tengo estadísticas a mano para inventar una cifra sensata. El caso es que durante la cantidad de días que fuese Maria era transportada hasta allí por el carruaje familiar, trepaba las largas escaleras, posaba, sentada en el sofá de forma pretendidamente casual, y escuchaba, inmóvil, el ruido fragmentado de la calle, trepando por la fachada, e imaginaba el rumor invisible del pincel depositando su saliva de colores en el lienzo. No hablaron, nunca. Ella posaba, y él la miraba de aquella manera y luego pintaba. Cuando por fin terminó el retrato, cuando él por fin dejó el pincel, suspiró y desvió los ojos hacia la luz de la ventana, ella se levantó, caminó hasta el caballete, lo rodeó y se contempló, allí de pie junto al pintor, a sí misma sentada, en una butaca de un parque. En el parque había un lago, había cisnes. Del cielo, azul y cuajado de hermosas nubes, parecía desprenderse un leve viento que le hacía entrecerrar los ojos, que jugaba con su pelo y con los pliegues de su ropa. Ella sonrió como la mujer del cuadro, y dijo que volvería a recogerlo el día siguiente a la misma hora, y él siguió sin decir nada.

Pero al día siguiente no recogió el cuadro. Como en tantas otras historias de la vida, existen dos versiones de lo que pasó a continuación. La primera es que ella, cuando llegó, no hizo ademán de recoger el cuadro, que estaba embalado y colocado junto a la puerta, sino que fue directamente hasta el sofá, donde se desnudó lentamente, sin mirar al pintor, antes de tumbarse y esperar los cinco, diez, quince minutos que él se tomó para contemplarla antes de ir a buscar otro lienzo y empuñar de nuevo el pincel. La segunda es que ella llegó con intención de coger el cuadro pero que él, sin decir aún una palabra, la cogió del brazo, la llevó junto al sofá, la desnudó con mucho cuidado y con la delicadeza de quien acaricia a un recién nacido la acomodó sobre el sofá, y que entonces se dio la vuelta, buscó un lienzo, empuñó de nuevo el pincel y, sin mirarla una sola vez, comenzó a pintar de nuevo.

Cuando leo sospecho que ahí está la clave de toda esa historia. Que el resto es palabrería, es la vida volviendo a su rutina de siempre, disipando la magia; ella continuó volviendo, hubo dos cuadros, uno que le fue entregado al padre, el primero, y el segundo, que ella guardó, y luego, en algún encontronazo de novela barata de esos que la vida proporciona a todas horas, alguien descubrió que el pintor que había retratado a la hija del señor Poglioni no era en realidad Corot, que maldita gana que tenía de pintar a ninguna muchacha italiana hija de un banquero milanés, sino un discípulo de este del que no se conoce ningún otro cuadro, porque el padre, enfurecido por la estafa, destrozó, pisoteó y mandó quemar su versión familiar de La Maja Vestida, y la hija guardó la suya en un rincón del que sólo un heredero con ojo para el arte pudo rescatarlo un siglo después (y de nuevo tenemos libertad para imaginarnos a un joven inquieto y soñador hurgando en un desván cubierto de polvo y atestado de baules viejos, armaduras oxidadas, pajareras abolladas y pilas y pilas de libros olvidados).

Yo prefiero detenerme antes, en esa doble versión, en ella, queriendo ser pintada, queriendo ser vista, devorada e inmortalizada (con esa inmortalidad falsa y caduca que da la pintura, tan dependiente del humo, de la luz, de los restauradores, de la ausencia de incendios y de los ojos y las manos de Papá Banquero) o en él queriendo hacer lo propio, acompañándola a ella hasta el sofá, primero sorprendida, luego, tal vez, algo indignada, amagando una resistencia, una lucha que no pudo sobrevivir a una mirada de él, una mirada infinita e hirviente donde sólo se vio a si misma pintada, desnuda, bajo un cielo de nubes deshilachadas por la brisa, sobre un prado que tal vez sólo existiese en la imaginación de él o en algún recuerdo de su infancia. La poca gente que conoce esta historia suele votar por la primera opción. La mujer quería ser pintada, la historia tiene una heroína, y las historias con heroínas están muy bien vistas. Pero yo no puedo. Yo no puedo por un detalle de la segunda versión; yo no puedo porque en la segunda versión él no necesitó tiempo alguno para pintarla, el ni siquiera necesitó una mirada para retratarla en su desnudez. Porque él ya la había visto así, en realidad, todos los días anteriores. Porque él, obviamente, la amaba.

(No, no se casaron y ninguno de los cinco hijos de ella fueron de aquel aprendiz de Dorot. Ni falta que nos hace, siento, ni al aprendiz ni a mí para saber que la historia tuvo su final feliz, en ese preciso instante en el pincel tocó por segunda vez un lienzo virgen. Y lo demás, y siento también que esto es algo que pienso yo y que entonces pensó aquel pintor, que para algo era un romántico, es la literatura barata de la vida, que no nos interesa a ninguno).

18.4.07

la risa

Antes de nada, os presento a Bill y a John, dos pilotos franceses que viven en el complejo y elitista mundo de la aviación militar con sus alegres costumbres como canturrear canciones ridículas o beber cervezas a bordo de sus F-15C; Bill & John Episode 1: Danger in the Sky.

Estaba yo esta mañana disfrutando de la calma chicha de la oficina, hoy, día sin jefes (día sin ley ni agobio, uno de esos días en los que uno puede levantarse un poco más tarde, hacer algo más el perro y entretenerse sin cargo de conciencia viendo los dos vídeos que van en esta entrada) y empezando a pensar qué contar hoy me he acordado de la película que he estado viendo estos días a trozos a la hora de comer; El final de la cuenta atrás, una película de 1980 que a mí de ñapi me encantaba, básicamente porque salía un portaaviones y porque salían un montón de F-14 Tomcat. La película, con un argumento algo cogido por los pelos, consiste en que el portaaviones en cuestión, el USS Nimitz, va por las aguas de Hawaii cuando es tragado por una tormenta ululante y rarita que sale de la nada para pasmo del meteorólogo de a bordo y que tras someter a todo cristo a lo que se parece, por lo visto, a mis resacas de los domingos, lo deposita en el mismo sitio peeero cuarenta años atrás, justo la víspera del ataque japonés a Pearl Harbor. Pasan unos minutillos de desconcierto entre los militares, como es natural, durante los cuales el capitán manda despegar un par de aviones de reconocimiento y un par de cazas, para que se den unas vueltas por ahí a ver qué se encuentran, y primero ven un yate cuyos ocupantes, claro, flipan en colores al ver a dos aviones a reacción pasarles por encima a toda leche, y por fin, gracias al avistamiento de dos Zeros japoneses nuevecitos y sobre todo a las fotos de los aviones de reconocimiento (que un avispado jefecillo que casualmente era un experto en el tema reconoce como el estado justo en el que estaba todo aquello cuando los japoneses llegaron con sus seis u ocho portaaviones y sus trescientos y pico aviones para jugar a lo bestia a hundir la flota) la gente dice "anda coño, ¡es que estamos en 1941! Mientras tanto los Zeros, como no tienen problemas filosóficos ni relativistas porque ni se han fijado en los F-14 que, hábiles ellos, les vigilan desde muy alto y por detrás, ven el barco americano y lo ametrallan en varias pasadas, en parte por maldad, en parte por matar el aburrimiento y en parte porque no vaya a ser que a alguien de a bordo le vaya a dar por usar una radio y hablar de aviones japos por allí y les reviente la fiesta sorpresa. Cunde la indignación entre los patrióticos pilotos de los cazas, pero hasta que el yate no es hecho trocitos y los Zeros se han pasado un rato divirtiéndose ametrallando a los supervivientes que nadan en el agua no decide dar permiso a los F-14 para que hagan algo, justo a tiempo para que sólo se salven los tres personajes del barco que importaban para lo que queda de trama, un tipo gordo y gritón que dice ser senador y que aspiraba a presidente, su guapa secretaria, única mujer de toda la peli (y ni siquiera sale desnuda, oooh. Bueno, sale con un trapito tapándole los pechos, una vez, pero eso no cuenta) y el perro de esta. Los demás, a flotar panza arriba. De todas formas el capitán no les ha dicho a sus pilotos que ya pueden hacer confetti con los japos, no; les ha dicho que jueguen con ellos, lo que sirve de excusa para la parte más memorable de la película, esa en la que los dos F-14 vacilan y dejan en ridículo a los pobres Zeros demostrando lo que hacen 40 años en la carrera armamentística y lo genial que es ser americano. Finalmente uno de los japos, harto de tanta tontería, tanta pasada, tanto picado y tanta espiral, comete el imperdonable pecado de disparar sus ametralladoras, y entre eso y que los del barco ya ven por dónde anda la flota japonesa, el capitán les dice a sus pilotos que a hacer puñetas con los japos y como en el tiempo que tarda un Sidewinder en viajar desde el ala de un Tomcat hasta la cola de un Zero el asunto queda ventilado, y los americanos acometen la noble tarea de zamparse ellos solitos a toda la flota japonesa, lo cuál hubiese resultado sin duda en una película estupenda que al final no sucede probablemente porque a esas alturas el prespupuesto de la peli se estaba yendo en queroseno, y cuando todos los cazas andan despegando erizados de misiles y dispuestos a demostrar lo fácil que es sacudirle a quien comparado contigo no tiene medios resulta que aparece la tormenta rarita y ululante otra vez, planteando al capitán el difícil dilema de si intentar cruzarla para ver si les lleva a casa o seguir adelante y salvar la vida de la gente que palmó en aquel bombardeo japonés (matando de paso a los malignos japos) y ya puestos ganar la Segunda Guerra Mundial en dos ratos. Pero no hay nada que hacer porque por muchos volantazos que de el barco, la tormenta, como si acabasen de fregar las cubiertas, viene decidida a por ellos, así que tras repetir el proceso de la resaca pasan por ella y vuelven al presente, habiendo perdido en el trámite un helicóptero con casi toda la tripulación en el que pretendían devolver a tierra al tío gordo (que palma) y a la única mujer de la peli (que no palma), habiendo dejado atrás a un piloto que por lo visto se lía con la mujer esa, y con unos cuantos muertos en las bodegas, producto de la eficiencia con la que los marines de a bordo consiguieron proporcionar un M-16 al piloto japonés que sobrevivió a los vaciles de los americanos. Luego se descubre que un tipo misterioso que había al principio de la peli es el piloto que dejaron atrás, que se lio con la tía, esta recupera el perro, y salen las letras.

Joder, está quedando esto largo. ¡Luego otros días no escribo y hay quien se queja!

El caso es que estaba pensando en hablar de la peli cuando he entrado en el blog de Fresquito, que hacía tiempo que no visitaba, y he visto una peli que tiene hecha ahí con no sé qué juego. Una cosa me ha llevado a la otra, una página de la Wikipedia a la siguiente, y he terminado redescubriendo www.machinima.org, página dedicada a las películas hechas a base de grabar trozos de partidas de videojuegos y demás, para descubrir hoy que tienen una competición parecida a los Oscar, y que los pilotos arriba mencionados cuyos videos puedes ver ahí arriba y aquí abajo han ganado, con el episodio con el que termino, los premios del 2006 de Mejor Película, Mejor Cinematografía, Mejor Edición y Mejor Machinima Independiente, además de ser nominados para otras cinco categorías. Y viendo las películas en cuestión uno se siente liberado de la frustración que daba por ejemplo la película esta de El final de la cuenta atrás; Porque quien graba estas cosas se ha criado viendo esas películas, porque su presupuesto no se le iba en queroseno y porque tienen bastante más sentido del humor. El caso es que pese a no ser la cosa más graciosa del mundo estaba yo viendo el segundo episodio (paciencia, paciencia, ahora lo pongo) y me ha dado tal ataque de risa cuando Bill intenta hacer despegar su A-10 que los pocos habitantes de la oficina me han mirado como a un loco. Primero me ha hecho sonreír, luego reírme, y luego soltar tal cantidad de carcajadas que me he reído como hacía siglos que no me reía, una risa catárquica, primordial, inmensa y muy escandalosa, el tipo de risa que te deja sin aire y pensando en verbos como anegar para referirte a ojos y lágrimas, y cuanto más me reía más me apetecía reírme, más feliz era de reírme, y en fin, como no podía parar he decidido ir dando tumbos al baño, a reírme un rato a gusto y solo, y en el pasillo me he cruzado con la vecina, que me ha pillado en un momento de recarga (respiraba) con las lágrimas cayéndoseme, y la buena mujer me ha dicho que sí que iba dormido, atribuyéndole mis lágrimas a un bostezo XXL. Así que la he estado contando que no, que era por un vídeo que acababa de ver que me había hecho tanta gracia que tenía que ir al baño a reírme, y han vuelto las carcajadas según nos despedíamos y yo me he ido por fin al baño y he soltado las riendas hasta saciarme y quedar exhausto.

El caso es que la mujer en cuestión debe tener clarísimo a estas alturas que en esta oficina no estamos muy bien de la cabeza.

Y el video era este, Bill & John Episode 2: Danger Attacks at Dawn.



...y su página web, http://billetjohn.free.fr.

4.4.07

14:47, 9 de noviembre de 1979

El 9 de noviembre de 1979 yo aún tenía 3 añitos. Balbuceaba, andaba tropezándome con las cosas y con la vida, crecía, aprendía lo básico que uno tiene que saber para ser una persona.

Ese día pudo terminarse el mundo. Poco antes de las tres de la tarde los ordenadores del Centro de Defensa Aeroespacial de Estados Unidos, el Pentágono y el Centro de Mando Alternativo detectaron un ataque nuclear masivo por parte de la Unión Soviética; miles de cabezas nucleares saliendo de sus silos dispuestas para cruzar el firmamento y cargarse medio mundo del tirón. Así que Estados Unidos puso sus misiles en alerta, hizo despegar a sus bombarderos y el avión del presidente (curiosamente sin este a bordo) y esperó a que los radares de la costa confirmaran lanzamientos de submarions próximos a sus costas y los primeros misiles asomando sobre la curvatura de la Tierra, para tener alguna confirmación por otra fuente más directa que aquello que llamaban el sistema de "alerta temprana". No apareció nada, y más tarde se descubrió que las alarmas habían saltado porque alguien había metido una cienta de entrenamiento "realista" por error en el ordenador que llevaba esos programas de defensa temprana. Yo no sé qué le harían al responsable de ese error. Pero puedo imaginarme a la gente que tenía sus dedos temblorosos sobre los botones que mandarían megatones y megatones al otro lado del mundo para arrasar la media Europa que dejasen los rusos y la Unión Soviética de lado a lado, a los pilotos despegando pensando que igual luego no tenían dónde volver, a los responsables de retrasar la decisión de responder a lo que tenía pinta de ser el fin del mundo. No sé qué le harían a quien metiese esa cinta, pero estuvo a punto de ser, a la vez, el error más grande y más terrible de toda la humanidad a lo largo de su historia... y el último.

Y no me cuesta nada imaginarme a todos esos hombres sudorosos y temblorosos inclinados sobre conmutadores dobles, rasgando sobres de claves, cerrando escotillas y mirando con los ojos llorosos las fotos de sus familias porque crecí durante la estapa final y durante el último arreón de la Guerra Fría, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher en su escalada internacional contra la Unión Soviética. Crecí en un tiempo en el que era preocupación común la amenaza nuclear. Las encuestas, hoy día, dicen que a lo que tememos es al terrorismo y al precio de la vivienda. Entonces los niños manteníamos en el colegio conversaciones en las que las palabras megatón e invierno nuclear aparecían de cuando en cuando. Sabíamos distinguir tipos de misiles por su perfil. Sabíamos qué diferencia había entre una bomba de fusión y una de fisión. A veces me costaba dormirme porque me imaginaba el cielo surcado de este a oeste por la estela de misiles. Me los imaginaba cruzándose en las dos direcciones, me imaginaba uno de ellos desviándose hacia Madrid. Tengo amigos alemanes a los que sus padres enseñaron, además de a montar en bici y cultivar judías, a ponerse máscaras antigas y buscar refugio en el sótano. Cuando yo nací había en el mundo 50.000 armas nucleares sumando sólo las de EEUU y la URSS. Cuando Gorvachov llegó al poder sumaban ya 70.000. Los planes de guerra con los que trabajaban ambos países suponían la destrucción inmediata de 1.000 ciudades. Mil millones de toneladas de humo saldrían a la atmósfera (sin contar las que vendrían de los incendios de los bosques y demás) y taparían los cielos de todo el hemisferio norte del planeta; este polvo no dejaría pasar la luz solar directa pero sí la radiación infrarroja, no podría entrar luz pero sí podría salir calor. Sólo el polvo generado por la explosión de una bomba como la del video, con una potencia equivalente a la de toda la artillería empleada en la Segunda Guerra Mundial ¡multiplicada por tres! (y aún así tres veces y pico menos potente que la mayor bomba construida por los rusos) pesaría entre uno y quince millones de toneladas. Temperaturas bajando entre 20 y 40 grados en sólo un mes. La parte superior de la atmosfera recalentándose, alterando las corrientes, extendiendo la nuve de polvo también hacia el hemisferio sur.

Todo eso estuvo a punto de ocurrir el 9 de noviembre de 1979; piensa qué hacías aquel día, si ya habías nacido. Piensa cuánto te quedaba para nacer, si no. Luego piensa qué era de tu vida el 3 de junio de 1980, cuando las alarmas saltaron de nuevo como locas, detectando lanzamientos aleatorios por culpa de un chip defectuoso. O el 26 de septiembre de 1983, cuando un satélite soviético confundió el sol reflejado en nubes altas con la estela de misiles balísticos intercontinentales. O la última, el 25 de enero de 1995, cuando un cohete científico noruego siguió ante las pantallas de radar rusas el comportamiento que habría seguido un misil Trident. Incluso en 1995, 6 años después de la caída del Muro de Berlín, Rusia estuvo considerando la opción de lanzar un ataque nuclear a gran escala contra Estados Unidos. En esa fecha, aún mantenía cerca de 30.000 bombas nucleares.

A día de hoy se estima que en el mundo hay sólo unas 27.000, más de el 95% en poder de Estados Unidos y Rusia, y el resto repartidas entre Inglaterra, China, Francia, India, Sudáfrica, Pakistan e Israel. A día de hoy es difícil entender el mérito que tiene una película como Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb; sobre el mayor de nuestros miedos de aquel entonces, con todo esto en mente, Kubrick intentó hacer un drama y le salió una de las mejores comedias de todos los tiempos, en un acto de valentía y lucided que tienen pocas películas (sólo se me viene a la cabeza así al primer bote Ser o no Ser de Ernst Lubitsch, que en 1942, cuando Alemania parecía ir a ganar la Segunda Guerra Mundial, hizo esa gloriosa comedia tomándose a los nazis a cachondeo; el resto, las demás películas, las demás circunstancias, simplemente no tienen al lado un abismo como el que tenían estas dos, o no tienen la valentía de ser comedias o el mérito de ser tan buenas). Todo eso va quedando atrás, convirtiéndose en fantasmas. Ya no existe el gigante soviético, EEUU ya no tiene ni de lejos el poder de entonces, por mucho que aún casi no se note, y ahora los miedos nucleares se trasladan a conflictos locales como el de India y Pakistan, que pueden jodernos la atmósfera a todos, si les da por tirar de arsenal, pero quieras que no no tienen 50.000 bombas en stock, o a la posibilidad de que Al Qaeda se haga con una bomba nuclear y la aparque en un camión en mitad de alguna ciudad.

Eso significa dos cosas. La primera, que nuestros miedos pueden olvidarse rápidamente. Y la segunda, que yo (optimista irredento) prefiero, que no somos tan estúpidos como la lectura de los periódicos de cualquier día parece demostrar. Lo tuvimos facilísimo para aniquilarnos. Esas fechas, mas la crisis de los misiles de Cuba, y no nos transformamos todos en ceniza. Me da esperanzas pesar que a pesar de lo que abundan el fanatismo y la estupidez, incluso cuando algunas personas, algunos seres como tú y como yo, con su gente querida, sus lugares favoritos, sus recuerdos de puestas de sol y sus esperanzas y metas pensaron que todo eso se iba a acabar bajo una lluvia de misiles resistieron sin pulsar los botones que eran su única defensa y, a la vez, la otra causa de todos sus terrores.

Si las dos Guerras Mundiales marcaron una etapa en nuestra madurez como especie, demostrando hasta qué punto somos capaces de organizarnos para matarnos muy concienzudamente, la Guerra Fría marcó otra, demostrando que, al menos, no queremos matarnos del todo.



Y con este mensaje tan positivo, me voy de vacaciones. Pásalo bien. Y si estás en la ciudad y no sabes qué hacer, ves a ver Tristram Shandy: A Cock and Bull Story. Es sorprendente y original, lo que ya es toda una novedad estos días en una sala de cine.

21.2.07

ese grito

Si nos ponemos a preguntar por los gritos legendarios de la historia del cine (soy un ignorante, no esperarías que fuese a ponerme a hablar de pintura ¿verdad?) saldrían unos cuantos; yo por ejemplo diría el del Mayor Kong según cabalga los cielos de Kodlosk a lomos de una bomba nuclear en caída libre, ese de Marion Crane en la ducha de su habitación del Hostal Bates, y el alarido reivindicatorio de alarma antiaérea de Tarzán. Tal vez tú pensases en otros, cada cuál es cada cuál. Pero de lo que estoy casi seguro es de que nadie que conozco aludiría a un tal Wilhelm.

Ya sabíamos que los editores de sonido de las películas las arreglan para que las cosas suenen como deben sonar; por eso los disparos en una película son distintos de película a película aunque la pistola sea la misma (y ya que estamos, una confesión friqui; la pistola que mejor suena, para mí, es el revolver de Indiana Jones, seguido más o menos cerca por el del sargento Jack Cates), por eso las cosas de las películas suenan así de bien, que luego sale uno del cine y se avergüenza del ruido del motor de los coches, del zumbar de los teléfonos (a día de hoy aún más, con esto de los mp3), del rugir del viento y, bueno, de todo. Y resulta que hay una serie de sonidos que van circulando de un lado para otro, de unos archivos a otros, y se sacan copias y se utilizan y se reutilizan en un lado y en otro. Por eso los látigos suenan siempre como suenan, los derrapes son cosas características, los cristales se rompen sonando de formas parecidas y casi todos los westerns de cierto intervalo temporal comparten el cincuenta por ciento de la banda sonora que forman los tiros, los zumbidos de las balas perdidas, los estallidos metálicos cuando tropiezan con alguna roca y el ruidito del viento, siempre necesario, con la consiguiente bola de brezo o lo que coño fuese aquello para dar ese tinte de desolación que tan cachondos ponía a los directores de fotografía, miembros todos de la misma secta.

Por enlazar temas con temas, bien podríamos llamar a estos efectos de sonido memes, y definir su fuerza como la capacidad para aparecer en diversas películas. Entonces, el grito de Wilhelm sería el puto amo, que desde que apareció en 1951 ha sido utilizado hasta la fecha en, atención que se dice pronto, más de ciento cincuenta películas, por no hablar de series de televisión y videojuegos.

La primera, la que lo vio nacer, fue Tambores Lejanos, de Raoul Walsh. En una escena el capitán Quincy Wyatt (Gary Cooper) vadea los pantanos de Florida con un grupito de
soldados, a la caza del indio, cuando un cocodrilo ve pasar a uno de los soldados, piensa que un tentempié entre horas no le quitará el hambre para la cena y zas, se come al militar. Grabaron la escena, y luego fueron a meterle el sonido en el estudio de grabación. Esas cosas funcionan así, alguien se planta delante del micrófono, los técnicos le dicen "venga, un cocodrilo te pega un bocado y gritas, dale", y el hombre grita y su grito queda grabado. Así que llegó un tal Sheb Wooley, a ganarse unos duros extra, y de una sentada grabó seis alaridos, y decidieron usar la quinta versión para el soldado del cocodrilo pero, ya puestos y como el dolor es el dolor, la reutilizaron, junto con la cuarta y la sexta, para amenizar las caídas de unos cuantos indios disparados que salían antes en la peli. Terminaron de rodar esta, y la grabación quedó en los archivos de la Warner Bros. Así que cuando los técnicos de sonido iban buscando a un tipo gritar de dolor, se pasaban por el archivo y a veces utilizaban ese. Comenzó a utilizarse tanto que por ejemplo en 1954, en Ha nacido una estrella, de George Cukor, aparece no sólo como efecto de sonido de la película en sí, sino como efecto de segundo grado, mientras en una escena de la película sale un cine en el que se está proyectando otra película donde suena ese grito (La carga de los jinetes indios).

Pero un grito es un grito y nadie se dio cuenta de la proliferación del mismo hasta que llegaron los dichosos años setenta y apareció esa nueva clase social que desde entonces bendice la tierra; un friqui, de nombre Ben Burtt, que tenía algo que ver con el cine, como estudiante o como futuro ingeniero de sonido, no lo tengo muy claro. El caso es que después de ir al cine a ver montones de películas el chico, que tenía buen oído, se dio cuenta de que un mismo grito aparecía por todas partes. Y cuando tiempo más tarde lo contrataron para una película que se llamaba Star Wars, el chico se paseó por los archivos de varios estudios de cine, con su lista de ruiditos que tenían que usar, buscando algo que pegase para cada uno. Y topó con el original de Tambores lejanos, al que bautizó como Wilhelm, porque ese era el nombre del personaje que lo profería en La carga de los jinetes indios. El muchacho convirtió ese grito en su fetiche, y comenzó a utilizarlo por todas partes; a lo largo y ancho de todo Star Wars, en la saga de Indiana Jones, en Willow... primero sus amigos y compañeros y luego los amigos y compañeros de estos le cogieron el gusto a la broma. A día de hoy ilustres friquis como Tarantino (que se enteró de la historia durante la mezcla de Reservoir Dogs, imagino que por su director de sonido, e hizo para el trabajo para ir a ver Tambores lejanos) o Peter Jackson (que se enteró de igual forma durante Las Dos Torres y decidió incluir el grito en esa película y en El Retorno del Rey) lo han incorporado a su arsenal de recursos a incluir en cualquier película (inevitablemente sale en King Kong, y apostaría mi vida a que saldrá en las siguientes películas de los dos).

La lista de películas que lo utilizan es larga de narices, y tiene títulos que todos hemos visto; todos hemos escuchado ese grito, que forma ya parte de nuestro legado cultural, aunque no lo sepamos, que se perpetúa de ingeniero de sonido a ingeniero de sonido según lo van descubriendo. Y los nuevos lo abrazan con fe y pasión, y se dedican a colocarlo por todas partes. Aunque los viejos puedan terminar hasta las narices, o renegar de él, o lo que pasase por la cabeza de Ben Burtt cuando terminó su trabajo en la última película de Star Wars y, fichando por Pixar, anunció formalmente que no piensa volver a utilizar ese grito nunca más. Qué pena, ¿verdad?, después de una relación tan larga. ¿Existe el desamor con un sonido? ¿Puede uno desenamorarse de un grito grabado hace más de 50 años?

edit: Dice Pip que no cae en cuál puede ser, error imperdonable por mi parte no especificarlo, con lo fácil que es; el grito en cuestión es este.

18.1.07

1 = bares; 2 = cuervos; 3 = estados de euforia


[3] Suele pasar que cuando se va la apatía (la canción larga es para celebrarlo) de pronto había un montón de cosas detrás esperando a que uno las pensase o las hiciese o las dedicase su tiempo, lo cuál está muy bien pero hace que por ejemplo uno llegue a casa y descubra que tiene un baño, una cocina y una cordillera de platos que me río yo de los sietemiles por fregar. Así que ante la alternativa de ir racionando temas para los días en los que no encuentre de qué hablar (y en los que probablemente no me apetecerá hablar de ello) me decanto por mezclarlos todos. Así que ala, basta de introducciones que no interesan a nadie.

[1] Estaba esta mañana en la cafetería de la oficina yo solo porque hoy mis compañeros, que otros días me avisan cuando bajan, no lo han hecho. No me ha importado, porque entre la charla ligera (añadiría "y vacua", pero suena tan pedante) y vacua (se siente. Es que es una palabra mu bonita, coño) que solemos tener, y que me gusta estar solo y poder mirar bien a gusto a mi alrededor y pensar en lo que a mí me de la gana y no en lo que toque responder a los temas de conversación que saquen mis compis... pues eso, que estoy muy a gusto solo.

[2] ¿Puedes creerte que llevo MESES intentando hablar sobre cuervos? El cuervo es, sin duda, un animal maltratado. Cría cuervos, ya sabes lo que dicen. Icono de la traición, símbolo de la muerte, de la tragedia y del drama. ¿Pero qué sabemos en realidad del pobre bicho?

[3] Otra cosa que alegra sobremanera es grabarle un disco a alguien (nota mental; grabarle un disco a Pip, que anoche ya sabía yo que se me olvidaba algo) y que luego te llegue y te diga que le ha encantado. Ay, ¡es que me pasa tan poco últimamente! Yo lo entiendo, yo lo entiendo; cada uno tiene su tolerancia, sus gustos, sus necesidades. Y con lo lejos que se ha ido el mío, ya suele resultar difícil acertar y que coincida con otro. Bueno, qué leches, no lo es, pero siempre gusta que te lo agradezcan, porque al final lo que uno escucha, si le gusta mucho, termina siendo parte de uno mismo, y es casi como si te llaman guapo al niño y te dicen que ha salido a la madre (supongo; es un figurar, yo niños cero).

[1] Siempre que estoy así en un bar o en una cafetería me siento cómodo, me siento en paz, y pienso que qué tendrán los bares que me hacen sentir así. Las botellas brillando en diversos colores, el clásico espejo, la decoración de madera o de lo que toque, las idas y venidas del humo de los cigarros, el trajín de gente que va y viene a por y tras su café con leche.

[3] Y más cosas; ir a los chinos de aquí al lado y que te atienda la simpática dependienta embarazada, que te cobra mientras le grita algo al simpático dependiente teñido de rubio. ¿Serán así de simpáticos siempre, o será parte de su concepto de la hostelería?

[2] El caso es que la mayoría de la gente (sospecho, con el peligro de caer en el desconocimiento, porque para qué nos vamos a engañar, no he hecho ninguna estadística fiable a gran escala sobre cuervos) tiene a los cuervos por unos bichos que dan mal fario y que a la que nos descuidemos nos van a venir a picotear los ojos. A su alrededor hay muchas cosas peyorativas, desde su pobre color, que nosotros asociamos al luto, hasta su graznar. Graznar, ¿cuándo has escuchado esa palabra en un contexto positivo? Otros pájaros cantan, los cuervos graznan. Eso dice mucho de cómo les vemos.

[3] O que te vendan la bolsa de patatas fritas, volver a la oficina y montarte, por una vez en dos semanas, solo en el ascensor, y darte el gustazo de abrir la bolsa e ir comiendo mientras vas subiendo y viendo crecer el numerito, piso 1, piso 2, piso 3, piso 4, piso 5, piso 6, piso 7, piso 8, piso 9, piso 10 y piso 11 y vámonos.

[1] Y siempre es un plus que tienda a llevarme bien con los camareros. Antes, que frecuentaba más camareras que ahora, pensaba que era una cuestión de género y afinidad sexual (mía con ellas, que no al revés). Pero ahora, que han pasado años desde que mis camareras favoritas desaparecieron para convertirse en pitonisas o cocineras, resulta que me llevo bien también con los camareros, con quienes no me une ninguna afinidad sexual (caerá alguna coña sobre esto, porque a veces tú también eres muy previsible, pero bueno), y así termina uno, y dando gracias de que no nos vayamos más de juerga con camareros y ex-camareros, porque el mundo de la noche post-noche, la noche de los bares que están ahí para cuando los trabajadores de los bares se van de bares, es extenuante y algo dantesco.

[2] Los cuervos, en contra de la mitología popular y el miedo extendido, no van por ahí picoteando los ojos de la gente; resulta que los cuervos saben distinguir entre qué está vivo y qué no, y sólo comen de lo segundo. En lo que sí acierta el folklore es en considerarles extremadamente inteligentes (ya Esopo los pintaba así en sus fábulas); no sólo son capaces de resolver los problemillas que los biólogos les ponen para ver si son listos rápido y bien, sino que se especula sobre que tienen un lenguaje propio de carácter aprendido a base de diferentes tipos de graznidos y de repeticiones de los mismos. Y si eso ya puede parecer chocante, más lo es que fabrican y utilizan herramientas para ayudarse a encontrar comida, leo por ahí sobre unos cuervos que han aprendido a utilizar trozos de pan como cebo para pescar, o a colocar nueces en las carreteras para que el tráfico las abra por ellos... en fin, si una imagen es mejor que mil palabras un video debe valer por unas cuantas más, así que haz click aquí.

[1] La verdad es que está bien, porque en este país no tenemos mucha costumbre (al menos la gente que me rodea no al tiene, pero de todo habrá en la viña del señor) de coger e irnos solos a un bar si no hay plan. Y yo últimamente no tengo mucho problema en salir una tarde por ahí, ir a ver si veo algún libro que comprar, tomarme un café (oh, en un bar), ir al cine y luego tomarme algo por ahí (claro, en otro bar). Es una costumbre que cogí hace siglos, cuando mis amistades estaban abducidas por simpáticos novios que un día se harían divertidos tatuajes o estudiando a unos cuantos cientos de kilómetros o con alguna otra excusa como que aún no me conocían, y que mantengo desde entonces, porque está bien mantener una cierta autonomía. Me gusta estar con cierta gente, y me gusta mucho, pero siento que es bueno poder estar a gusto uno sólo... y las cosas que te pasan estando solo siempre es más difícil que te pasen yendo con gente. Y cuando luego sales con gente siempre te queda esa satisfacción interior de ser consciente de que sales con ellos porque quieres salir con ellos, no porque no seas capaz de buscarte un plan alternativo tú solito.

[3] Eso de los bares, supongo que se nota, también me hace feliz. Y curiosear cosas sobre bichos como por ejemplo los cuervos. Y mezclar temas, y entretenerme pensando que al fin y al cabo normalmente pensamos así, varias cosas a la vez o dejando que las ideas vayan y vuelvan de un tema al otro, y que cuando uno escribe intenta mantener una línea de pensamiento (por eso escribir ayuda a pensar, por eso muchas veces para pensar algo vengo a escribirlo aquí. Y de paso me ahorro el tener que contártelo después). Es entretenido pensar mucho las cosas, ¿verdad?

[2] ¡Y encima viven formando sociedades complejas que incluyen a cientos de individuos con categorías y ocupaciones bien diferenciadas! Sus depredadores naturales son los halcones por el día y los buhos de noche, grandes razones para ser negro y complicarle la tarea a quien pretende convertirte en su almuerzo (de noche por razones obvias, y de día para buscar refugio en las sombras de la maleza). Por lo visto odian a los buhos más que a cualquier otra cosa, y cuando encuentran uno de día lo atacan con toda la saña de la que son capaces; con bastante más fiereza de la que muestran con otros depredadores. Cuando encuentran un halcón lo "escoltan" fuera de su territorio volando en bandada alrededor suyo y jugando, por turnos, a acercarse y tocarlo con las alas (forma de demostrar valor compartida con los indios americanos).

6.1.07

La poesía del azar


Día diecinueve.
de la densa, indudablemente hermética, puerta.
¿ellos?
camino. Uno menos, quedan dos. Steengo, siento que realmente estarás satisfecho durante años. Empezaron a venderlo para fomentar el hábito.
Para siempre. Es su raro priviletio para ser admitido al Paraíso, tan cargado como cuando me tomé el cristal. Él lo abrió tras la jarra, lee.
¿Acechar en la oscuridad? ¿Inmovilizar una guardia armada y vigilante? ¿Qué quieres decir con lápida? ¿Y con pena de muerte?
Marcado. Saliva.

Esto me llegó ayer al correo, en versión inglesa, junto a una imagen que incluía una serie de pastillitas y precios en dólares (viagra, prozac, etcétera). Un mensaje de spam, pero tan absurdo y tan incomprensible que me dejó prendado, leyendo en inglés esas palabras una y otra vez, con una corriente de significados y de sensaciones que variaban y se transfiguraban de una lectura a la siguiente.

Qué le vamos a hacer, la poesía surrealista tiene su punto. ¿Pero eso es poesía? ¿Hay un poeta del absurdo detrás, redactando textos que copiar junto a la propaganda de pastillitas?

Parece ser que no, o no directamente. El invento es una nueva generación de spam pensado para poder colarse en nuestros buzones de correo. A día de hoy muchos de ellos utilizan lo que se conoce como filtros bayesianos para detectar qué es spam y qué no (el jamón, lo llaman). Estos filtros calculan la probabilidad de que un correo sea spam viendo la proporción de palabras típicas del spam que tiene ese correo, y en consecuencia los spammers han inventado lo que se llama el envenenamiento bayesiano de mensajes, que consiste en meterles cadenas de texto aleatorio que engañen a los filtros y les hagan pensar que ese correo no es spam. El resultado también tiene nombre, ya; spamoetry, spamoesía, el spam que resulta entretenido de leer desde un punto de vista literario.

A mí me da por pensar en Conde Cero de William Gibson, donde una mujer buscaba al misterioso creador de unas obras de arte del estilo de las de Joseph Cornell para terminar descubriendo (si pretendes leerte este libro algún día más te vale saltarte lo que queda de frase) que el autor era un robot que se dedicaba a recoger restos de cosas y colocarlos en cajas. El resultado era, contaba Gibson, de una belleza conmovedora. ¿Estamos viendo los primeros pasos en esa dirección, por cortesía de los diseñadores de spam?

Siempre es complicado definir qué es el arte, o por lo menos yo lo veo más allá de mis posibilidades, pero si aplico mi definición de andarme por casa de que el arte es aquello que tiene el poder de conmovernos (aunque no siempre, mira Miró, blerg) esto podría llamarse así, y atribuirle el mérito al programador es correcto pero no deja de ser como alabar al dueño de los infinitos monos que alguien podría encerrar con máquinas de escribir a ver si alguno escribía algo coherente. En cualquier caso por ahí van esos correos, despertando mayormente hastío, hartazgo, indiferencia y cabreos, hasta que, si son buenos y superan los filtros, topan con alguien que los lee y alza las cejas y se queda pensativo y releyendo.

Pienso también en Alan Turing y test, releo y me veo incapaz si ese montón de surrealismo fue escrito por una persona o por una máquina, y lo que es en este área no veo yo ya tan clara la línea que limita hasta dónde llega el imperio de los cables y los transistores y desde donde empieza el de la carne.

(tenía preparada y está ya subida al blog una foto al respecto, pero por alguna razón Blogger no me quiere dejar subirla. Qué le vamos a hacer)

(edit: Ah, vale, dos días más tarde sí me ha dejado. Algo es algo. Post completo)

29.12.06

Le Tissier, o cómo amar el fútbol

Ya, ya sé que entre la gente que lee esto el fútbol es algo bastante poco popular, porque es un deporte de masas atocinadas y borreguiles, porque mueve y malgasta montañas de dinero que bien podrían servir para algo útil, porque en el orden actual de las cosas es la nueva religión de la masa, porque ha dejado de ser un juego para ser un negocio.

A pesar de ello espero que siguas leyendo esto. Aunque hable de fútbol. Porque no voy a hablar de futbolistas de sueldos multimillonarios, ni de equipos que tienen presupuestos mayores que el de bastantes países, ni de los nuevos iconos del santoral moderno, sino de uno de esos futbolistas tan raros y tan desconocidos que en su propia naturaleza eran tan esencialmente distintos de lo que el futbol moderno promueve, patrocina y deifica que terminan siendo sangrantes desconocidos, pese a ser de esa clase de gente que redime este deporte y lo devuelve a lo que era en su origen (un juego, arte, espectáculo) sin renunciar por ello a esas virtudes que tenía en su origen (en los patios de los colegios, en los callejones, en los descampados, en los pasillos del instituto).

Esta mañana hablábamos de goles un amigo de bonito nombre y yo, a propósito de una votación que está haciendo el diario 20minutos sobre los mejores goles de este año, y como una cosa lleva a la otra mi amigo me ha pasado un par de videos, uno del archiconocido Ibrahimovic, y otro de un absoluto desconocido llamado Matt Le Tissier, a quien puedes ver ahí debajo haciendo click en el play de la ventanita de YouTube. Y yo, prendado de los goles y de la sutileza de ese jugador, no he podido dejar de preguntarme cómo alguien así puede ser un absoluto desconocido en este mundo que eleva a los altares a un jugador por hacer una sola de las jugadas que por lo visto hacía Matt. Y como la ignorancia es muy mala, me he puesto a raspármela a golpe de ratón.

Haciendo clicks se entera uno de que nació en octubre de 1968 en Guernsey, una isla al norte de Normandía que pertenece a Inglaterra, y que desde pequeño, como todos los chavales, le dio por jugar al fútbol, solo que lo hacía tan bien que nadie en la isla le estaba a la altura. Dice la leyenda que solía (o sea, que lo hacía ¡habitualmente!) meter goles cuando sacaba los corners, por ejemplo, y no cuesta nada imaginar la cara de terror que debía sentir uno cuando ese chaval con cara, definitivamente, de trabajador inglés, cogía la pelota y se iba al corner. Hizo una prueba para el Oxford United, que lo rechazó porque consideró que estaba demasiado gordo para jugar con ellos, y fichó por el Southampton en 1985, donde jugó toda su carrera deportiva, hasta el 2002. Allí se cambiaron el apellido de Le Tissien a Le God ("El Dios"), por su clase con la pelota y por su lealtad para con el equipo, que le llevó a rechazar las ofertas y las montañas de dinero que le ofrecieron los todopoderosos Milan y Chelsea, esos equipos que nos tienen acostumbrados (tenían, en el caso del Milan, que agoniza desde el asunto de la corrupción) a convertirse en muestrarios de megaestrellas financiados por multimillonarios caprichosos de esos que no tienen mucho problema en ir amontonando dinero con tal de traerse a quien se les antoje.

Jugó, entre unas competiciones y otras, un total de 540 partidos, en los que aun siendo centrocampista metió 209 goles, incluyendo 49 penaltis de los 50 que tiró (sólo un portero experto en penaltis, Mark Crossley, tuvo el honor de pararle uno cuando jugaba con el Nottingham Forest). En la temporada 93/94 metió 30 goles, una cifra suficiente para consagrar a un delantero centro. Sus críticos siempre le echaron en cara que era un jugador de lujo en un equipo humilde, que huía de desafíos mayores, de probarse entre la élite. Él tenía bastante con salvar del descenso año tras año a su equipo, poniéndose las pilas al final de temporada, y ser fiel a una afición que lo adoraba. Le ofrecieron los mejores escaparates, jugar la Copa de Europa, ser un icono mundial, y parece increíble que dijese que se quedaba en la que se había convertido en su casa. Parece increíble hasta que uno mira la foto de quien fue un genio con la pelota, se fija en esa cara tan absolutamente desconocida y la compara con los rostros de las megaestrellas con las que nos bombardean día tras día las secciones de deporte de periódicos y telediarios (ponle al lado de Beckham, ponle al lado de Ronaldinho, ponle al lado de Henry), y uno comprende que en un mundo de ávaros y vendidos Le Tissier fue, a su manera, tal vez el más ambicioso de todos ellos, un hombre que lo que quería era jugar al fútol (aquello y un lío con una corista le costó su matrimonio) y no perder el tiempo con todo lo demás, y que precisamente eso hizo.

Fuera de Inglaterra es un perfecto desconocido (no ayudó gran cosa que jugase sólo 8 partidos con su selección, porque Terry Venables se negaba a llevarle, a lo que él protestó diciendo que si hubiese sido francés o italiano su selección se habría llevado muchas más alegrías). Pero se intuye que a Le Tissier aquello le importa bien poco; prácticamente nadie lo conoce, de acuerdo, pero la gente del Southampton nunca le olvidará, y al fin y al cabo aquel era su equipo, su gente, su afición, y quién puede querer más que el amor de los tuyos.

28.11.06

Tool, la espiral y Fibonacci


Esto de ser adicto a la música hace que uno esté al tanto de esos discos que la gente venera, aunque sean de estilos que, a priori, a uno no le llegan a entusiasmar, o si hay suerte de estilos que uno acoge con un poco de frialdad y pasado un tiempo comprende y aprende a querer (porque la música no es sólo amor a primer oído; hay gustos adquiridos, trabajados, que a la larga se vuelven imprescindibles y geniales, y a los berridos en plan death metal me remito). Por eso cuando Tool sacó el Lateralus yo me hice con el disco en cuanto pude; Tool era una banda de culto para mucha gente cuyo gusto musical yo respetaba y algunas veces compartía. Y escuché el disco una infinidad de veces, y las canciones estaban bien, muy trabajadas, la música era impecable, todos los músicos eran muy buenos... pero algo me fallaba y el disco no llegó a prenderme ninguna mecha. Pero un día, alguien contó en el foro de Blind Guardian (un rincón estupendo para hablar de música y conocer mil cosas nuevas) una hipótesis que había leído en alguna página de internet: La idea era que las canciones del disco venían desordenadas, o que sugerían otro orden distinto de aquel en el que venían grabadas. Y para explicarlo, se recurría a los números de Fibonacci.


Fibonacci fue un matemático que, por lo visto, estaba interesado por cómo se reproducían los conejos. Uno se monta su criadero de conejos con la parejita, y estos en seguida tienen un retoño que rápidamente alcanza la edad de procrear, y entonces comienzan a nacer más y más conejitos que se reproducen, pues eso, como conejos. Y descubrió que su cifra crecía de esta forma; partes de 2, y luego hay 3, y luego 5, y luego 8, y luego 13, y luego 21, y más y más según va habiendo más conejos adultos que pueden tener crías. Y Fibonacci se quedó mirando aquellos números y se dio cuenta de que cada uno era la suma de los dos anteriores. Colocando al principio un par de unos, como partida, la serie de Fibonacci es, entonces,

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, ... , n, m, n+m, m+n+m, ...

Colocando otros números como partida en lugar de un par de unos, como el 1 y el 3, se obtienen otras series de Fibonacci, como 1, 4, 5, 9, 14, ... y luego se observó que esa serie tiene implicaciones que van mucho más lejos de lo que la cría de conejos podría sugerir. Por ejemplo las flores suelen tener un número de pétalos que corresponde con un término de la serie de Fibonacci. Se observó también que esos números están en la esencia misma de las espirales: Si vas formando cuadrados de lado un número de Fibonacci, los vas colocando unos junto a otros de forma que sus lados vayan encajando y unes sus vértices mediante curvas obtienes la más famosa de las espirales que volvía locos a griegos y moluscos. Y lo que decía aquella hipótesis era que Tool, que se dedicaba durante todo el disco a hacer alusiones a espirales y a los números de Fibonacci (la letra la canción que da nombre al disco comienza con dos líneas de una palabra, luego una de dos, luego una de tres, una de cinco, una de ocho y luego va subiendo y bajando por la serie), así que alguien decidió ponerse a jugar con las canciones, las colocó todas sobre una recta,

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13

y se puso a dibujar espirales y a ver dónde cortaban a esos números y a escuchar el disco en ese orden. Pero algo no encajaba. Pero había otras pistas, la canción 6 es una especie de introducción de la séptima, así que tal vez deberían ir juntas, y los discos anteriores de Tool incluían en su mismo medio una pequeña ida de pinza instrumental... como aquí es la canción número 13. Así que quien pensase esto las reordenó así,

1, 2, 3, 4, 5, 6, 13, 7, 8, 9, 10, 11, 12,

y se puso a dibujar su espiral que partiese del 13 y cortase primero al 6 y luego al 7. La cosa quedaba ordenada así,

6, 7, 5, 8, 4, 9, ...

Y aquello sonaba sospechosamente coherente; los finales de las canciones así ordenadas parecían encajar mejor, y el conjunto hacía parecer al disco con el orden original como carente de una coherencia a priori artificial. Pero quedaba el problema de dónde meter la canción número 13, que en teoría debería estar en mitad del disco. Pero la canción 9, que ahora ocuparía el sexto lugar, es una canción especial: Se llama con el disco, y termina con Maynard James Keenan cantando una y otra vez "spiral out, keep going"; Sal de la espiral, sigue adelante. Y el tipo que pensó todo esto lo entendió como la instrucción para romper con aquello, colocar ahí la canción número 13 y luego continuar de alguna otra forma. Entonces aquel fan adicto a lo retorcido observó que cada par de canciones, iban sumando 13, así que después de la 13 siguió colocándolas de forma que sumasen 13, y describiesen otra espiral que iría de fuera hacia dentro. Cuando terminó la cosa quedó así,

6, 7, 5, 8, 4, 9, 13, 1, 12, 2, 11, 3, 10.

Y cuando escuchó así el disco tuvo que comunicárselo a un amigo que se lo contó y la voz se fue extendiendo (siguiendo, a su manera, los patrones de las series de Fibonacci, que para algo miden crecimientos de poblaciones discretas), y al final ese rumor me llegó a mí pero ya no encontré forma de averiguar quién lo inició. Probablemente no fue sólo una persona, porque hay al menos otro par de interpretaciones sobre el orden que deberían tener las canciones (otra que considera una sola espiral y otra partiendo exclusivamente de los números de Fibonacci). Pero el resultado encajaba tan bien, el disco sonaba con ese sabor arcano y preciso que tienen los enigmas, y al final yo este disco no lo puedo escuchar en otro orden que no sea ese: Ha trascendido su orden original para conseguir otro que pudo ser pensado por la banda o ser simplemente un fruto de la paranoia de quien fuese. Se le ha preguntado a la banda sobre todo esto y ellos dicen que les han llegado los rumores pero ni mienten ni desmienten, que cada uno lo escuche en el orden que mejor le parezca, dicen, indiferentes. Lógico. Si te pones a esconder una cosa así en un disco y no lo avisas por ninguna parte no es para descubrir el truco a la primera de cambio, sino para que lo entienda quien consiga verlo, para que lo saboree quien se lo encuentre y se lo quiera creer.

Pero fuese su intención o no (y yo, medio por romanticismo medio por ser consciente de lo retorcidos que pueden llegar a ser, opino que sí lo fue) el disco se ha convertido en algo más que un simple disco. Es un pasatiempo, una cábala, un mundo nuevo en el que las canciones se enlazan de formas nuevas y las letras parecen esconder pistas e instrucciones. Y eso ha convertido al Lateralus en un disco irrepetible para mí; en un disco que se trasciende a si mismo, se retuerce, toma formas nuevas y se descubre, de pronto, como un pequeño misterio de forma redonda que venía sin avisar, escondido en su cajita, disfrazado de CD normal y corriente.

Uno de mis discos favoritos, claro.

9.3.06

DZIT DIT GAII

Bueno, lo prometido es deuda, así que algo habrá que contar del Aeropuerto Internacional de Denver, DIA, como lo abrevian por allí (siglas de Denver International Airport, claro, aunque su fecha de inauguración se fue alargando y alargando también se dijo que era por Delayed Indefinitely Airport o, esta me encanta, Denver's Imaginary Airport, que no creo que haya que traducir).

Hace poco, por un comentario casual en un foro de por ahí me enteré de que resulta que el dichoso sitio es foco de una serie de mitos conspiratorios: Cuando lo abrieron, va a hacer ya 12 años, la gente observó su aspecto, así con la distribución de las largas pistas, diseñadas para que los aviones den panzazos hasta saciarse cuando toca aterrizar en un manto de nieve, que ya sabemos todos por el cine que allí cuando nieva no se queda a medias. El caso es que la gente veía esas pistas y claro, asociando ideas, aquello les pareció una esvástica, o rizando el rizo el símbolo de la Iglesia del Proceso del Juicio Final, que es una alegre iglesia, escindida de la famosa cienciología, a la que muchos acusan de satánicos porque tienen la convicción de que Jesús y Satán pueden hacer las paces, y que cuando lo hagan en vez de irse de cañas vendrán al mundo a despachar el juicio final. ¿Te acuerdas de Charles Manson? Pues resulta que durante el jucio su abogado dijo que había cogido prestados conceptos de la filosofía de esta iglesia, cuyos miembros luego le hacían visitas a la cárcel. Gente muy pintoresca, vaya. Pero no iba a hablar de ellos, y me estoy desviando del tema.

Centrándonos, la forma no era lo único que llamó la atención del DIA. La decoración se las traía. Lo adornaron con una serie de murales que a la gente le dieron tan mal fario que algunos de ellos han tenido que repintarlos... lo que a mí me parece una pena, porque serían inquietantes, sí, pero tenían su encanto (sí, la imagen que hay al lado de este párrafo es de uno de esos murales. Hay una colección completa aquí), y entre eso y el símbolo masónico que adorna un monolito que tienen allí plantado surgieron rumores que afirmaban que el Aeropuerto tenía en el subsuelo una base secreta del Nuevo Orden Mundial, supuesto grupo de gente que controla los bancos, los gobiernos, los ejércitos y las agencias de inteligencia y que pretenden dominarnos a todos, como buenos banqueros (que van dejando rastros por el mundo, o para encima cachondearse o para que les pille la gente paranoica e inteligente, como la frase que desde 1935 adorna los dólares, Novus Ordo Seclorum). No ayudó que los empresarios y políticos locales montasen, para coordinar el jolgorio, una sociedad que se llamaba New World Airport Commission que se encargaba de los actos de la inauguración y todo eso de ir por ahí cortando cintas, dando discursos y sonriendo al por mayor. Pero los nostálgicos de Expediente X llegaron al Nirvana cuando surgieron otras teorías que reclamaban la propiedad de esa base para los extraterrestres (que, por lo que leo por ahí, han dejado de ser verdas para ser grises, y de hecho los que se divierten con todo esto los llaman así, Greys. No lo traduzco porque aquí los grises recuerdan algo aún más casposo que los estraterrestres de naves de poliestireno expandido y papel albal).

He estado buscando por ahí, y he terminado encontrando el blog de un tipo que se entretenía mandando correos electrónicos al encargado de relaciones públicas del aeropuerto, preguntando por todos esto (excepto afortunadamente por los extraterrestres). El tipo contestaba hastiado, diciéndole que los murales representaban la guerra y la destrucción que conlleva, y luego lo bonita y bucólica que es la paz, que los túneles que hay son los que se utilizan para llevar los equipajes de un lado para otro y los de mantenimiento, y que la obra, faraónica ella (el terreno que ocupa el jodido aeropuerto tiene dos veces la superficie de Manhattan, que naturalmente no sé lo que es, pero debe ser mucho), fue seguida paso a paso por todo tipo de personas y medios de comunicación que probablemente hubiesen dicho algo si se hubiesen puesto a excavar cámaras para entonar cánticos en honor a Satán y Jesús, o para diseccionar humanos o facturar equipajes para los vuelos a otros planetas. Pero claro, ¿cómo se prueba la verdad de una afirmación? ¿Cómo consigue probar quien responde así que lo que dice es cierto? La palabra se queda corta, y hay gente tan necesitada de pensar que el mundo es distinto, que el mundo no es como creemos y que ellos saben más que el resto que no hay forma de abatir esas creencias: La fe, esa mancha que nunca sale de la esquinita del monitor.

Aunque siempre queda un poso de curiosidad, como la que produce la inscripción que se puede encontrar en el DIA que reza como el título de esta entrada (¿significará "la Tierra es interesante para hacer algo de turismo, pero no te apetecería vivir aquí" para los hombrecillos grises, o algo por el estilo?), o la de por qué la gente, en vez de montarse películas, no se dedica a explorar los misterios no ficticios y tan increíbles que abarrotan este mundo nuestro.

Y sólo se me ocurre la intuición de que la gente busca misterios, pero no necesita verdades.

1.3.06

0096 2251 2110 8105

Cortázar hacía decir a uno de sus personajes de 62/Modelo para armar que uno a veces no puede saber hacia dónde conducen sus actos y que muchas veces lo único que puede hacer es abrir una puerta y dejar que las cosas se desencadenen, contemplar el vuelo de las águilas sin tener ni idea de donde van. La cita, obviamente, no es textual.

El caso es que esa contemplación muchas veces requiere un cierto esfuerzo, el tirar de una cuerdecita (un piolín, que escribiría él) que puede enredarse en vete tú a saber dónde, y yo, que de mayor quiero ser cronopio, siento un gustito algo perverso siguiendo hilos de estos, como el que me llevó hasta la muchacha de la foto de la derecha, cuyo apellido ya he olvidado... aunque aquel asunto lo dejé a medias, a falta de encontrar la forma de escribirla una carta que no sonase muy propia de un psicópata y satisfecho con una foto de una foto retocada con el Photopaint. Pero esa historia la cuento otro día, porque el hilo de hoy viene de aquí debajo, de mi publicidad para nada encubierta de Porcupine Tree, hace poco más de 24 horas.

Bueno, el hilo parte de ahí (o tal vez parta de aquella mañana en la que yo por fin comprendí que adoraba la música de Opeth mientras escuchaba los 6 minutos finales de Deliverance, y luego descubrí que ese disco lo producía un tal Steven Wilson que además tocaba el mellotron y alguna que otra guitarra, y que ese señor tenía un grupo que se llamaba Porcupine Tree). Aquel escrito vino como consecuencia de haber llegado al trabajo escuchando el último disco del grupo, y tuvo como consecuencia que lo escuchase mucho más. Pues bien, estaba trasteando con páginas de letras, por copiar un trozo, y vi la de Even Less. Esa canción termina con una voz grabada de mujer que recita unos números, "zero, zero, nine, six. Two, two, five, one. Two, one, one, zero. Eight, one, zero, five", y los repite tres veces, y curiosamente cuando la tocan en directo terminan con esa voz leyendo esos números, cosa que en su día me pareció muy curiosa, porque significaba que los números formaban una parte más esencial de la canción de lo que yo pensaba. Así que nada, le he escrito las cuatro cadenas de cifras al tío Google y le he preguntado qué me podía decir de ellas.

Y me ha dicho algo que me ha dejado a cuadros: Resulta que hay emisoras de onda corta que se dedican exclusivamente a recitar cadenas de números o letras, o letras de lenguajes fonéticos, y lo hacen continuamente. Ahora, mientras escribo en tu pasado, y ahora, según lees en mi futuro, esas emisoras están ahí, recitándole números a la luz y a la oscuridad, barriendo el mundo, la ionosfera y lo que se ponga por medio con pulsos de información incomprensibles para casi todo el mundo. A ti no sé, pero a mí me parece una idea hermosa y algo inquietante.

Leyendo un poco más corremos el riesgo de perder parte del romanticismo de esa idea en principio tan absurda, si somos de esa clase de gente que opina que las rosas son hermosas siempre que uno no sepa que son sólo un montón de protones, electrones y neutrones. Pero como tú y yo sabemos que no, y que ese "sólo" es la trampa tras la que los ignorantes intentan disimular su condición, seguiremos leyendo. Parece ser que estas radios han sido detectadas desde la Primera Guerra Mundial, y son utilizadas mayoritariamente para transmitirle información secreta a alguien que tiene un cuaderno de clave única (así muy deprisa un cuaderno de clave única son dos copias de una hoja con datos aleatorios. El emisor tiene una copia y la "añade" a su mensaje, lo envia, pareciendo aleatorio, y el receptor "resta" los datos aleatorios, obteniendo el mensaje original), y que hoy día, a pesar de ya no tener ni guerra fría, son un negocio en alza, en parte porque parece que algunos traficantes les han cogido gusto: Ahora mismo hay más o menos estas funcionando.

The Conet Project se ha dedicado a recopilar muestras de algunas de estas emisoras y es fácil bajarse 4 cds de gente leyendo números en onda corta en sitios como este. The Conet Project ha propuesto un reto consistente en intentar descifrar alguno de esos mensajes, cosa realmente complicada si usan cuadernos de clave única, pero lo único que puede intentarse si se quiere saber si realmente alguien está jugando a los espías con estos números difuminados en ondas de radio.

Mientras escribo los estoy escuchando. Cada vez que suena el final de Even Less, también. Alguna persona muy curiosa decidió grabarlo, alguien más lo puso en internet, y la gente se lo baja y lo oye. Oímos información que no se hizo para nuestros oídos, y que se hizo lo más enrevesada posible para que la competencia no la entendiese. Cada vez, siempre, esa información se vuelve inútil, su destinatario ya la recibiría o no en su día, ahora es una información vacía, inservible a su propósito inicial, que un montón de gente (no muy grande pero sí un montón) escucha por curiosidad, por gusto o por intriga. Resumiendo, se ha convertido en arte.

(Como todo termina por hacer, tarde o temprano, claro)
Con la tecnología de Blogger.

Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.