vámonos a barcelona
Barcelona es un sitio que a priori me encanta, porque empieza por las mismas tres letras que uno de mis lugares favoritos: el bar. Adoro los bares. Me encantan los bares. Sobre todo si son baratos y no te ponen garrafón y la camarería es simpática y ponen tapas y la música o está bajita o no es atroz, y tienen futbolín y papel en el baño de los tíos (no es que suela requerirlo, pero tranquiliza saber que está ahí) y muchas mujeres guapas para que Jaimito no se ponga a maldecirnos por llevarle a bares sin chavalas.
Y en cuatro horitas y pico, me voy a Barcelona, a esto, concretamente.
Voy a eso, a ver el derby madrileño con perspectiva, a hacer fotos y a cobrarme la deuda histórica que Barcelona tiene conmigo. Ah, cómo, ¿qué Barcelona tiene una deuda histórica conmigo? ¿No lo sabías? Pues cómo ibas a saberlo, si no está consignado en ningún rincón de este ancho y sobre todo profundo bloj. Remediemos eso.
Mi primer recuerdo de Barcelona es el del fondo borroso de esta foto (dale dale, sin miedo, que es una foto simpática) que me tomaron mis padres cuando yo tenía no recuerdo cuantos años, pero debían ser pocos, por la ausencia de barba o perilla. Fui tan pequeño que lo único que se me quedó en la cabeza fue que aquello era más o menos como Leganés, solo que molestamente distinto.
El segundo, más o menos tangencial, es cómo ignoré los juegos olímpicos que allí sucedieron. Justo acababa de comprarme mi primera casette de Iron Maiden, y me pasé todas las olimpiadas concentradísimo con ella.
Y el primero y medio serían Freddy Mercury chillando “Barselonaaa” con la cantante aquella gorda y simpática.
Luego pasé por allí una noche, volviendo de aquel festival en Alemania. Para ponernos en situación, el festival había durado días, la última noche no habíamos dormido, y llevaba 48 horas en aquel autobús infernal. Y al llegar a Barcelona me quedé sin sitio en el último autobús que salía un día a Madrid, y tuve que comprar billete en el primero de la mañana siguiente. Y era agosto, hacía un calor pegajoso infernal y no encontré ni hostal ni cuarto libre por ninguna parte. Me di a la desesperación, y luego me puse muy estoico y muy contento, consigné mi por aquel entonces ya apestoso equipaje en una taquilla y me dediqué a vagar por las calles. Fue muy cinematográfico durante el tiempo que esos sitios favoritos míos, los bares, estuvieron abiertos, y mientras conseguí no perderme mucho, lo que pasó como el 2% del tiempo, porque que me pierdo todo el rato sí que lo he contado ya infinitas veces.
Encontré, claro, la catedral esa que parece hecha con pegotes de barro (y que conste que eso no es peyorativo: a mí me encanta el barro), porque era grandota y sobresalía y se veía de lejos, delante de la cual vi amanecer, y deambulé por ahí, fui perseguido un rato por un tipo que no sé qué pretendería, porque le di esquinazo, y confirmé que quienes dicen que las putas son grandes habladoras o las pagan o mienten como bellacos. Intenté también llegar al puerto, pero entendí que era imposible si pretendía saber volver a la estación.
Terminé en la puerta de la estación de autobús, repasando para no dormirme las tablas de multiplicar del 11 al 20 (en plan, 15 x 14 = 210, 15 x 15 = 225, 15 x 16 = 240, etc). Y al final casi ligué y todo, con una chavala muy maja que se llamaba Remi. No cuajó por absurdeces, pensé entonces, y porque no era la Muchacha, pienso ahora.
Cuando llegué a Madrid una amiga se apiadó de mí y fue a buscarme. Desastrado, después de cuatro noches sin dormir, con la pinta de náufrago que coge uno después de un festival largo sin cuchillas de afeitar en el que encima hace más sol que en Almería, me vio la cara y me dijo que no me había visto mejor en toda mi vida.
Fue una de las noches más surrealistas y más estupendas de mi vida hasta aquel entonces, aquella.
Pero de todas formas Barcelona me sigue debiendo una visita turística y un pase fotográfico.
Ea, hasta el lunes.