6.11.09

vámonos a barcelona

Barcelona es un sitio que a priori me encanta, porque empieza por las mismas tres letras que uno de mis lugares favoritos: el bar. Adoro los bares. Me encantan los bares. Sobre todo si son baratos y no te ponen garrafón y la camarería es simpática y ponen tapas y la música o está bajita o no es atroz, y tienen futbolín y papel en el baño de los tíos (no es que suela requerirlo, pero tranquiliza saber que está ahí) y muchas mujeres guapas para que Jaimito no se ponga a maldecirnos por llevarle a bares sin chavalas.

Y en cuatro horitas y pico, me voy a Barcelona, a esto, concretamente.

Voy a eso, a ver el derby madrileño con perspectiva, a hacer fotos y a cobrarme la deuda histórica que Barcelona tiene conmigo. Ah, cómo, ¿qué Barcelona tiene una deuda histórica conmigo? ¿No lo sabías? Pues cómo ibas a saberlo, si no está consignado en ningún rincón de este ancho y sobre todo profundo bloj. Remediemos eso.

Mi primer recuerdo de Barcelona es el del fondo borroso de esta foto (dale dale, sin miedo, que es una foto simpática) que me tomaron mis padres cuando yo tenía no recuerdo cuantos años, pero debían ser pocos, por la ausencia de barba o perilla. Fui tan pequeño que lo único que se me quedó en la cabeza fue que aquello era más o menos como Leganés, solo que molestamente distinto.

El segundo, más o menos tangencial, es cómo ignoré los juegos olímpicos que allí sucedieron. Justo acababa de comprarme mi primera casette de Iron Maiden, y me pasé todas las olimpiadas concentradísimo con ella.

Y el primero y medio serían Freddy Mercury chillando “Barselonaaa” con la cantante aquella gorda y simpática.

Luego pasé por allí una noche, volviendo de aquel festival en Alemania. Para ponernos en situación, el festival había durado días, la última noche no habíamos dormido, y llevaba 48 horas en aquel autobús infernal. Y al llegar a Barcelona me quedé sin sitio en el último autobús que salía un día a Madrid, y tuve que comprar billete en el primero de la mañana siguiente. Y era agosto, hacía un calor pegajoso infernal y no encontré ni hostal ni cuarto libre por ninguna parte. Me di a la desesperación, y luego me puse muy estoico y muy contento, consigné mi por aquel entonces ya apestoso equipaje en una taquilla y me dediqué a vagar por las calles. Fue muy cinematográfico durante el tiempo que esos sitios favoritos míos, los bares, estuvieron abiertos, y mientras conseguí no perderme mucho, lo que pasó como el 2% del tiempo, porque que me pierdo todo el rato sí que lo he contado ya infinitas veces.

Encontré, claro, la catedral esa que parece hecha con pegotes de barro (y que conste que eso no es peyorativo: a mí me encanta el barro), porque era grandota y sobresalía y se veía de lejos, delante de la cual vi amanecer, y deambulé por ahí, fui perseguido un rato por un tipo que no sé qué pretendería, porque le di esquinazo, y confirmé que quienes dicen que las putas son grandes habladoras o las pagan o mienten como bellacos. Intenté también llegar al puerto, pero entendí que era imposible si pretendía saber volver a la estación.

Terminé en la puerta de la estación de autobús, repasando para no dormirme las tablas de multiplicar del 11 al 20 (en plan, 15 x 14 = 210, 15 x 15 = 225, 15 x 16 = 240, etc). Y al final casi ligué y todo, con una chavala muy maja que se llamaba Remi. No cuajó por absurdeces, pensé entonces, y porque no era la Muchacha, pienso ahora.

Cuando llegué a Madrid una amiga se apiadó de mí y fue a buscarme. Desastrado, después de cuatro noches sin dormir, con la pinta de náufrago que coge uno después de un festival largo sin cuchillas de afeitar en el que encima hace más sol que en Almería, me vio la cara y me dijo que no me había visto mejor en toda mi vida.

Fue una de las noches más surrealistas y más estupendas de mi vida hasta aquel entonces, aquella.

Pero de todas formas Barcelona me sigue debiendo una visita turística y un pase fotográfico.

Ea, hasta el lunes.

5.11.09

estadistiquismo

Se me acumulan los temas: desde esta mañana cuando al abrir el 20 Minutos me he encontrado una mención estadística digna de aplauso hasta el correo que me ha reenviado un buen amigo sobre una buena iniciativa en mi opinión mal expresada (odio los imperativos), todo lo que pasaba ante mis somnolientos ojazos era un tema para, eh, um (la hora de la verdad, ¿cómo llamo a esto?), una epístola, toma ya. Epístolas, pienso llamarle a esto de los posts. Poststs. Postststs. Vale, ya paro. Tstststs. Vaaale.

Leo la RAE y epístola se queda, por la 4ª entrada: “Composición poética en que el autor se dirige o finge dirigirse a una persona real o imaginaria, y cuyo fin suele ser moralizar, instruir o satirizar”

Pues eso. Yo finjo, me dirijo a entes imaginarios y reales, y moralizo, instruyo y satirizo, de sátiro, y poético, sin duda, soy, oh campos de Castilla, mustios collados, etcétera.

A lo que iba: ante la acumulación de temas mencionaré el primero y el último, el que ha dado al traste con todos los demás, y me dejo los otros para otros días de mayor lucided. Mental. No me refiero a que haya menos nubes, necesariamente.

Así que: esta mañana el 20 Minutos incluía un bello reportaje sobre redes sociales. Hablaba de Feisbú, de Twitter, de Tuenti y de la suya propia, Nettby, de la que siempre hacen una publicidad absurda y que ¡qué cosas pasan!, es la que sale mejor parada de su peculiar comparativa.

El caso es que hablando de las edades de sus usuarios, de una de ellas dicen: “La media de edad de sus usuarios se sitúa en 24 años, pero  la mitad de los registrados en los últimos 45 días se sitúan por encima de esa media”.

Yo lo leí en el metro y tuve que parpadear y releer varias veces, así: parpadeo, relectura, parpadeo, relectura, parpadeo, relectura, etcétera.

¡Y es brillante!

A primera vista parece que la autora del reportaje ha dicho una soberana estupidez, pues si la mitad tienen más de la media, la otra mitad, evidentemente, tienen menos, y las medias es lo que tienen, que andan por el medio, así que el parrafito parece una tontería como un piano de cola. Para el profano, al menos. De hecho he hecho de hecho un estudio de campo consultando a las ochocientas veintitrés personas que compartían conmigo dos metros cuadrados de vagón de, valga la redundancia, metro, y todos ellos así lo han visto salvo una oportuna licenciada en Estadística (que vienen a ser unas matemáticas de segunda división, sin glamour ni espectáculo), que me ha visto venir (para no verme, si estaba al lado) y me ha dicho “veo por dónde vas, pero lo que está haciendo ese párrafo es diferenciar, implícitamente, entre la media geométrica y la mediana de una distribución.

Después de pedir permiso a doce personas para que me hiciesen hueco para operar la he dedicado un aplauso y la he regalado un sugus rancio que alguien llevaba pegado a sus posaderas. Porque en efecto el párrafo en sí no es una tontería, sólo algo nada llamativo y bastante probable, pero no incorrecto. A no ser, claro, que la redactora no sepa qué es una media ni una moda, ni tenga ni idea de estadística, y haya metido la pata hasta el fondo a la hora de enmascarar un publirreportaje sobre la maldita Nettby de las narices.

Y el otro caso, el que ha puesto fin a la sucesión de cosas epistolables (ya le he cogido el gusto a esto, que tiene la ventaja adicional de no haber sido propuesta, creo, y por lo tanto no requiere que recuerde qué variantes se propusieron, tarea siempre peligrosa, porque siempre que intento recordar alguien termino cantando Hunting Humans de los Misfits o algo por el estilo): he iniciado la crispación del derby (cuando sea superpoderoso, también la tomaré con esa palabra) madrileño, escupiéndole esta mañana a Que No, atlético de pro. En mitad de la espalda, zzzup. Creo que es la primera vez que escupo a un atlético, por cierto. Y diría que ha sido sin querer, pero viendo la gracia que me ha hecho sospecho que eso es una mentira que cuenta mi parte cobardica a mi resto de yo, que decide no creerse la excusa. En plena espalda, plaf.

Y ha sido divertido.

Y con el rigor estadístico, lo consigno. Epistolado queda.

4.11.09

una planta menos

Bien visto no sé cómo demonios se las han ingeniado las plantas para sobrevivir hasta hoy. Quiero decir, desde un punto de vista evolutivo un ser que no tiene patas para correr o ir a buscar comida o apartarse del fuego, ni sentidos para ver cómo va la vida alrededor, no parece muy bien dotada.

Si estuviésemos al principio de la vida y estuviesen saliendo las plantas yo, francamente, no apostaría un duro por ellas.

Claro que entonces no había duros. Había doblones, piezas de a ocho, sextercios y esas cosas.

En fin: la semana pasada terminó trágicamente.

O con tragedia. Trágicamente terminó para mi pobre aloe barbadensis, vulgo aloe vera, que ya sé que no hace falta ponerlo porque aquí lo sabemos todo sin mirar la Wikipedia ni nada, pero bueno, a lo que iba. Que no fue precisamente el mejor día de la vida de mi plantita. Porque yo, que parezco tan ogro y doy tanto miedo y escribo sistemáticamente cuentos donde necesariamente tienen que morir niños de disparos en el cráneo (es mi época, oye. ¿No tuvo Picasso la suya azul? Pues yo tengo la de los tiros en las cabezas de niños), tenía una plantita, que me hacía sentirme un poco más humano. Un poco más “vaya mierda de ser vivo que eres tú, cosa verde”, que sube mucho la autoestima.

La verdad es que con el transcurso de los (dos) años, mi aloe se ganó mi respeto. Demostró una notable capacidad para sobrevivir a oscuras y sin agua, la jodida plantita. Y bueno, fue el único ser vivo que me hacía compañía en aquellos tiempos en los que yo vivía pared con pared con una bruja piruja. Y luego demostró un considerable buen gusto al ajustar su balance de blancos y volverse verdísima cuando Juanito se vino a vivir con moi y la sacamos a la luz. Tenía sus cosillas, como eso de crecer de manera cubista, ¿pero quién no las tiene? Jamás protestó por nada, a diferencia mía, por ejemplo, que me paso la vida quejándome por todo. En ese sentido, ayudaba a equilibrar la balanca, a tirar de la media de la cordura del universo fuera de la zona roja. Poco, pero con entusiasmo y de manera irreprochable, porque no se le puede exigir gran cosa a una plantita de mierda.

Y el domingo volví a casa y me encontré ahí la tragedia vegetal delante de los morros: la maceta estaba vacía, en su estante. Y metro y pico por debajo, espanzurrada en el suelo, estaba mi aloe vera. Se había suicidado. A mí se me escapó una lagrimita y todo mientras la recogía, acariciaba por última vez sus desagradables y deformes hojas y la tiraba al cubo de la basura.

2.11.09

diez personas muertas que me caen bien

No sé por qué analgésica razón acabo de tener un momento de epifanía y he decidido que voy a escribir, aquí en el blog, para alegría tuya oh mortal, un texto sagrado para la nueva era (que no sé cuál es, aliñar al gusto). Pero resulta que esa epifanía la tuve otro día y sigo dándole vueltas, y como aún no parece haber acabado de centrifugarse, he dado al botón de siguiene epifanía, que tengo debajo de la oreja derecha. Y me ha salido: inventarme una memez, o sea, un meme, y me ha dado este título, o sea, el que titula este post.

Post, post, post: ¿no le podemos poner a esto un nombre en español? ¿Posto? ¿Posta? ¿Aposta? ¿Apostó? En fin. ¡Vamos allá!

1. Carl Sagan: porque de pequeñito vi Cosmos, y luego mi tio se lo compró y yo me lo leí. Y leí aquella cita que es una de las dos que recuerdo ("me he convertido en muerte, en el destructor de mundos"), y vi también la primera demostración matemática rigurosa de mi vida y aplaudí como quien ve hacer magia (en el apéndice, la de la irracionalidad de la raíz de dos). Luego, además, le robé el libro a mi tío, y ahora lo tengo yo escondido en algún lugar debajo de mi cama.

2. Mi abuelo, por su filosofía vital, que no practico porque no me sale pero que considero cojonuda: en un mundo en el que la mayoría de la gente se queja por tonterías, el aguantó la enfermedad que lo llevó a la tumba respondiendo siempre "mejor" a la pregunta de todo el mundo de "¿cómo estás?". Hasta que fue tan flagrantemente falso que rectificó y paso a decir "igual".

3. El Migue, el ex-cantante (porque, en fin, muerto no se puede cantar) de Los Delinqüentes. El Aire de la calle me parece, aun adoleciendo de su patente defecto (de no ser death metal), una canción desgarradorísima.

3. Sir Isaac Newton, porque representa, para mí, el paradigma del sujeto a colocar en un altar. Un maldito genio, del que no se puede separar su aura de rastrero, gruñón, mal perdedor, barriobajero y cruel. O sea, un ser humano.

4. Cliff Burton, por fundar a los difuntos Metallica (no confundir con el grupo actual), y por cosas como esta:



Que ya se le podía haber caído el autobús encima a Lars Ulrich, en vez de a él, en fin.

5. A Ernest Shackleton, por ser el mejor explorador fracasado de la historia. Y por el texto de su "oferta de empleo" para reclutar gente para su viaje infernal. Era algo como (cito de memoria, uuuh, peligro) "se busca gente para misión heroica, mal pagada y con pocas posibilidades de sobrevivir".

6. A Kafka, pese a que diese pie al libro "Kafka en la orilla", décadas después, por ser un escritor sublime y morir sin haber publicado una maldita palabra. Creo que no hace falta explicar más. Sólo con pensar que nos ahorró el martirio de las entrevistas a escritores sería para pensarse la canonización.

7. A Ernst Lubitsch, por tener sus atributos tan grandes y peludos como para hacer la que quizá sea la mejor comedia de la historia riéndose de los nazis y hacerla cuando, encima, parecía que los nazis iban a ganar la guerra.

8. A Heráclito de Efeso, por aquello del panta rhei (y a la mierda la constante y helada estática del platonismo, ala) y por aquella anécdota, probablemente falsa pero igualmente graciosa, que contaba Luciano de Crescendo: la ciudad sitiada, los nobles ignorándolo y viviendo como siempre, a cuerpo de rey, hasta que ven que van a quedarse sin víveres y se reunen en consejo en la plaza para ver qué hacen. Y ahí están, que si llamamos y que nos traigan unas pizzas, que si nos rendimos, y va Heráclito y se planta entre todos ellos, se come dos albóndigas, sin decir ni mu, y se va. Es que me encantan las albóndigas, ¿nunca lo he contado?

9. A Petri Walli, cantante y guitarrista de Kingston Wall. Hacía una música tan alegre y tan vital que tuvo que tirarse por un puente de Helsinki, por compensar.

10. A H. P. Lovecraft, por inventar unos bichos tan, tan malos y tan, tan poderosos y tan, tan feos que han causado, a su vez, genialidades como el Unspeakable Vault of Doom, o los cuentos de Neil Gaiman de acólitos tomándose pintas en el bar del pueblo, o esta cosa, hija también, supongo y a su manera, del número 4 de esta lista (Vanbrugh, ¡esta no la escuches, que me puedes mandar un escuadrón de la muerte, por hereje!):



Y ya está. Si se te ocurren un par de personajes que no estén en esta lista, podemos convertir esto en un(a) meme(z) en regla.

30.10.09

ahí se marcha el tren, sin mí

Miradle, ahí se va, humeando, atravesando profundos valles boscosos, rumbo a paraísos que jamás serán los míos.

Ahí va el último tren que perdí. Ah, mis ansias por sufrir por fin una pandemia. Ah, mis suspiros por una baja laboral decente. Todas para nada, todos en vano.

Todo el mundo padeciéndola, pasando alegremente un par de días de fiebre y luego unos cuantos más de baja diciendo aquello de “¡pues vaya mierda de gripe, si la normal es peor!”, y yo aquí, sorbiéndome los mocos, mitad de pena, mitad de enfermedad cutrecorriente (bueno, más que mitad y mitad el reparto es 3% vs. 97%), descubriendo por qué al simple resfriado común de mierda (he tenido que ponerlo, lo de “de mierda”; con “simple” y “común” no bastaba) a veces se le llama trancazo.

Lloro, desconsolado, y la gente de la secta se acerca a darme palmaditas y esperanzas, “no te preocupes, David, seguro que la próxima pandemia global te infecta”, o “chico, quizá esta cepa del resfriado se extienda y se haga pandemia también por ahí lejos”, o “como no viniste el miércoles, te he mandado al correo el himno del Alcorcón” (esto último lo ha hecho Que No).

Y yo lloro, desconsolado, pensando la cantidad de veces que estos días me he podido medir la temperatura, entusiasmado ante cada décima de más, y como casi lloré, también pero de alegría, cuando por error creí ver que por fin superaba los 38 (y qué va, por debajo de 37, estaba).

En fin. Se fue el tren. Sin mí.

Y yo aquí, agitando mi cleenex saturado, infectado de la enfermedad más cutre el catálogo médico.

Qué vergüenza, qué ordinariez, un elitista como yo.

En fin. Se fue. Sin mí.

La muy pandemia hija de puta.

28.10.09

doc


Antes de que llegase Microsoft, es decir, en la Prehistoria, doc era gracias a las pelis yanquis una forma corta y cariñosa de llamar a los doctores, porque los yanquis son así, cariñosos y concisos, excepto cuando ponen nombre a sus farras militares, donde curiosamente son poetiquísimos, en fin, estoy empezando a desvariar y creo que ya ha quedado claro que con "doc" no quiero hacer pensar a nadie que voy a hacer un análisis sobre el formato clásico del Microsoft Word, líbreme Linus Torvald de la tontería. Aleluya, amén.

Tras la escalada de violencia enfermedadiana que sufrí ayer, tras los avisos estornudiles del lunes, hoy me he despertado diciendo ufff, con los ojos dos tallas más grandes que sus cuencas, la garganta como el asfalto de una carretera secundaria, el Madrid perdido 0-4 con el Alcorcón, la cabeza como un tablao flamenco y la nariz tan llena de mucosidades que para caminar debía apoyarla en el suelo y después arrastrarla. Tremenda lista apocalíptica, la de mis síntomas, en especial lo del Madrid. Así que en vez de ir a trabajar y a soportar a Que No mofándose de mí todo el maldito día me he quedado en casa quejándome, ay, ay, ay, viendo capítulos de Modern Family y yendo al médico de la mano de la Muchacha.

Es todo un hallazgo, para mí, la cosa esta de los médicos, porque con el desprecio a lo carnal que se nos presupone con acierto a todos los hartistas hiluminados yo siempre me he hecho mucho el tonto cuando a mi cuerpo le ha dado por renquear y dolerse y segregar cosas. Ah, no, disculpa, querido cuerpo, creo que está claro que el alma, bien sea una propiedad emergente emanada de la complejidad del entramado neuronal, bien sea un parásito extraterrestre, en realidad es otra cosa, y yo no soy eso que los espejos me reflejan con descaro, sino otra cosa cálida, pequeña, húmeda y genial, faltaría más, o menos. Así que ha sido todo muy sorprendente, en mi visita al médico.

¿Y cómo son las visitas al médico? Contarélo, por si alguien, como yo, no es ducho en estas cosas: el médico es un tipo que te mira dos veces, te pasa un estetoscopio por la espalda y luego hace un cuestionario, asumo que de los de Facebook, cuyas preguntas te hace a ti y respondes tú, que si de qué color son tus babas, que si cuántos litros de agua bebes al día. Como si alguien en su sano juicio los fuese a contar, o a seguir su sugerencia de beber el agua directamente de botellas de litro para facilitar la cuenta.

Y en fin, me ha recetado medicamentos varios que supongo que pasado mañana olvidaré tomar, y nos ha despachado con viento fresco, y cómo no, si ya estamos casi en noviembre.

Pero que conste que yo he salido maravillado. Tras tanto ver capítulos de House, todo eso de que esté todo tipificado, que el tipo se base en lo que vea en su pantallita del ordenador, que estemos ya a un paso de que directamente uno pueda seguir una aplicación desde su casa y hasta publicarlo en su perfil, me hace sentir terriblemente moderno.

¡Qué tiempos fascinantes estos!

Y pensando esto y pensando en que estoy pensando esto me dice una vocecita mía que sí, claro, por eso al volver a casa me ha dado por escuchar música de 1974. Claro, la modernidad. Pero por una vez tengo con qué darle en los morros a esa vocecita tocapelotas, porque a ver a cuénto de qué iba yo a poder escuchar ahora así, de repente, por capricho, una canción de 1974, si no fuese por la modernidad de marrás. ¡Touché!

Me lo apunto en mi marcador. Va así: David 17453 - David 17455. ¡Me estoy cogiendo ventaja!

27.10.09

los ojillos y sus cosas (y mis narices, al final)

Aviso: antes de leer este post hay que leerse el anterior, y seguir las instrucciones de ir a esta página y ver el vídeo de 30 segundos que sale, donde se ve una serie de jugadores de baloncesto, unos con camisetas negras y otros con camisetas blancas, y contar cuántas veces se pasan la pelota.

Así que si sigues leyendo tienes que haber ido ahí y todo eso, ¿verdad?

¿Verdad?

¿Verdad?

No me fío.

¿En serio?

Vaaale. Venga, voto de confianza.

En fin: la pregunta, en realidad, no es cuántas veces se pasan la pelota los unos a los otros, sino ¿has visto el gorila? Sospecho que darnok (con discreción y elegancia) y confirmados Microalgo y a filla do mar lo han visto. Lo normal es que concentrados en la escena, no nos demos cuenta de que mientras los jugadores andan ahí trasteando con las pelotas de baloncesto hay alguien que aparece en escena hacia el segundo 11 disfrazado de gorila, se coloca en mitad de la escena, saluda a la cámara aporreándose el pecho y sin prisa sale de la escena.

Estaremos de acuerdo en que ver a alguien disfrazado de gorila aparecer y hacer un rato el tonto debería llamarnos la atención, ¿no? Y sin embargo la inmensa mayoría de la gente no lo vemos (si alguien lo ha visto a la primera, que pruebe a ponerle el vídeo a gente), pese a que miramos la escena concentrándonos en ella. O eso creemos.

Queda la conclusión de que no nos podemos fiar de ese tándem al que le tenemos tanto respeto injustificado que forman los ojos y el cerebro. Solemos asumir como hechos las cosas que vemos. Y sin embargo si alguien nos preguntase ¿has visto al gorila?, la mayoría de nosotros responderíamos ¿qué gorila?

Luego nos sorprendemos cuando alguien ve platillos volantes alienígenas o la cara de alguna deidad suya flotando en la espumilla del café. Luego pensamos que la realidad es eso que creemos ver.

Y nuestros ojillos y nuestro cerebro, simplificando como les da la gana, escamoteándonos información.

Es algo a recordar, a tener en cuenta.

Como dice Dawkins en el libro que me estoy leyendo, hace pensar en los testigos oculares de los juicios, y en cuánta fe les concedemos.

Por lo demás, te cuento que estoy malito. Anoche estornudé en un bar y ya no paré de moquear y toser y soltar espumarajos por la boca, fue un comienzo de resfriado demoledor.

Y hoy en la secta, nada más llegar, he ido ilusionadísimo a echarle un ojo al documento interno que tenemos sobre la Gripe Puerca. Y nada: no tengo fiebre y sí tengo mocos, ergo no es Gripe Puerca. Cagüenlaleche, no hay forma de que me pille ninguna pandemia, con la ilusión que me hace a mí estar en cuarentera, o en su defecto una semanita de baja.

Pobre yo, con mis enfermedades cutres y aburridas, soltando mocos como se ha hecho toda la vida. Qué doble asco.

26.10.09

la venganza de mi cerebro

Aviso: este post trae deberes. Pero son divertidos, útiles y se hacen en lo que tarda en cargar una página más treinta segundos. ¡Mañana pasamos lista!

El sábado salimos Juanito, Jaimito (resumiendo, los señores Jotas) y yo por Lavapiés. Las mujeres (la Muchacha y, por eso del plural, otras mujeres) habían decidido montar una cena de género, así que nosotros salimos así, de género.

Jaimito lo llamaba noche de solteros, por matizar más allá del género.

Y la noche estuvo graciosa excepto por la copa que me mató precisamente después de haber hablado largo y tendido (tendidos en las sillas de una terraza, concretamente) sobre las borracheras dignas.

Dile yo un sorbito a aquella última copa, slurp, y el mundo descarriló.

Apenas me dio tiempo a palidecer, donar mi copa y salir de allí a la carrera zigzagueante.

Pero lo de mi cerebro sucedió antes: me acompañaron los señores Jotas a un cajero, a que sacase dinero para financiar copas como por ejemplo la que después me mataría, la muy puta. Pero en fin, era hora de optimismos y de rellenarse la cartera, por si la noche. Y así nos pusimos a la cola del cajero, porque en sitios como la Latina no existe noche ni fin de semana sin cola delante de los cajeros. Y delante de nos, dos chavalas, intentando sacar dinero. Y no podían. Y uno de los Jotas, al que no nombraré por no arruinar su estupenda reputación cívica (aunque sí diré que no era Juanito, que es un cacho de pan y no merece la sospecha), se puso a carcajearse al respecto, que si no tienes pasta no te va a dar, que si bla bla bla.

Así que cuando por fin se iban y nosotros nos acercábamos, cuando nos las cruzamos, se despidió preguntándoles “¿habéis olvidado el pin o qué?”

Y el efecto inmediato es que a mí se me olvidó mi pin.

Metí la tarjeta, probé dos veces, nada. Se morían de la risa, los señores Jotas.

–¡Pero cómo no te vas a acordar!

–Pues ya ves, así, no acordándome. Si es que para qué le dices nada a las chavalas, con lo empático que es mi cerebro con el olvido.

–¡Pero hombre, para la tarjeta hay que tener un pin del que te vayas a acordar!

–Sí, sí, claro, hasta que se te olvida. Yo me acordaba hasta hace cinco minutos.

Y en fin, se rieron mucho y luego Juanito me prestó un dinero que encima después medio perdí, sospecho.

Y encima a mi móvil le dio por pedirme el dichoso puk. Que pins vale, pero ¿puk? ¿Quién coño se sabe el puto puk de su teléfono?

Así que se rieron muchísimo.

Al día siguiente se lo conté a la Muchacha y nos acercamos al banco. Me salió el pin a la primera.

Si es que el cerebro es una máquina rara y caprichosa, pensé, a la que el mundo real le viene importando más bien poco, y que almacena y pierde la información como le da la gana. Y entre eso y que leí sobre él en un libro, recordé un experimento curiosísimo sobre el que leí alguna vez por alguna parte, que es el que si te parece podemos hacer aquí.

El experimento tiene dos partes: en la primera, hay que ir a esta página y darle al vídeo que tiene en el medio. Es un vídeo de 30 segundos en el que unos chavales vestidos de blanco y otros vestidos de negro se pasan unos balones de baloncesto, y consiste en contar la cantidad de pases que hacen.

¿Alguien sería tan amable de perder en total 1 minuto de su vida yendo, viéndolo y posteando aquí la respuesta?

Si me hacéis el favor, así sigo otro día con la segunda parte, que es la que esconde chiste.

24.10.09

lo que pasa cuando los niños prodigio se juntan y sacan muchos discos



¿Cuántos bombos tiene la batería de Mike Portnoy, y por qué?

Tres. Porque cuando se apuntó al proyecto de Transatlantic se apañó una batería más pequeñita y coqueta a la que le cogió gusto, y a la hora de volver con Dream Theater y su batería descomunal no supo qué hacer y decidió que, bueno, siempre podía pegar las dos y llevárselas juntas.

¿Cuántas cuerdas tiene la guitarra de John Petrucci?

Siete.

¿Y cuántos pedales?

¡Uno!

¿Y el bajo de Myung?

Seis.

¿Y qué tiene el teclado de Jordan Rudess que le llena de orgullo?

Que gira.

¿Y qué se puede esperar cuando Dream Theater toca sin teloneros y se arrancan con una versión de un grupo que, casualmente, sea la primera canción del disco en el que sale la versión?

Que versioneen el disco entero.

¿Y por qué Liquid Tension Experiment no pretende sacar más discos?

Porque, básicamente, son Dream Theater sin LaBrie cantando.

¿Y cuál es el fan más feliz de Dream Theater?

El japonés de la camiseta blanca que en el DVD del directo en el Budokan pasa de la última fila a tocar la batería con Mike Portnoy.

¿Y cómo suena James LaBrie?

¡Como un gato al que le pisan la cola!

Si hubiese exámenes de Dream Theaterismo, sacaría mínimo un notable sin estudiar. Dream Theater, aparte de el grupo más grande del metal progresivo, es un mito con (ocho) patas (y tres bombos). Una leyenda viva, y probablemente la mayor concentración de talento interpretativo por metro cuadrado de escenario que existe. La gente que tiene su grupito y toca metal suele estar loca por ellos al margen del género particular que toque. Conocí a un cantante de death metal sevillano que contaba con lágrimas en los ojos el viaje que hizo con su novia a verles a París, por ejemplo. Y la gente que monta un grupo a veces, con mucho esfuerzo y meses practicando, aprende a tocar una canción suya. Pero ellos, los tipos geniales, se las saben todas, los condenados, y además suelen tenerlas ensayadas (las suyas y, en fin, otras, porque siempre pueden aparecer y tocarse entero el Master of Puppets de Metallica, o el The Number of The Beast de Iron Maiden, etc), porque cuando Mike Portnoy planea el setlist de cada concierto va cambiándolo a conciencia, por si a algún fan le da por asistir a dos conciertos de la gira, para que no vea dos noches lo mismo. Teniendo en cuenta la cantidad descomunal de notas que tienen sus canciones, la cantidad de trastes de las guitarras de siete cuerdas y los bajos de seis, las mil teclas del piano y el incontable número de timbales, platos, cajas, tambores y bombos de la batería, que toquen todo bien y que toquen como tocan es, en realidad, algo sumamente improbable, pero que sucede en cada concierto.

Además, por darle algo más de mérito, lo complican más. Por ejemplo, ¿para qué tocar el Pull Me Under como siempre, con lo complicado que es, cuando se puede complicar más metiéndole en pleno centro el solo de otra canción y acelerándola al doble de velocidad?

Y van y lo hacen, los músicos geniales. Y sus dedos rompen la velocidad del sonido. Y Portnoy, además, saca tiempo para saludar, ponerse de pie, pasearse alrededor de la batería sin dejar de tocar, tirarle una baqueta a un tipo que pasa por allí para que se la devuelva y seguir tocando.

En fin. Debería hablar del resto del concierto (porque, además, estaba Opeth, con Mikael Akerfeldt diciendo "buenas noches, ¡feliz navidad!" y "we are Opeth, from Stockholm. And we are very popular... mostly with the ladies... we are trying to understand why"), pero no hay manera, porque el viernes vi a Dream Theater, que ni siquiera me gustan tantísimo, pero es que son Dream Theater. Que viene a ser como si uno es creyente y una tarde llama Dios a su puerta diciendo que trae cervezas y patatas, que viene a ver el fútbol, por ejemplo.

En fin, para qué decir con unos cientos de palabras lo que se puede escuchar y ver en unos miles de notas; échales un ojo. Aunque sólo sea por ver al mejor batería del mundo (acompañado por unos de los mejores teclistas, bajistas y guitarristas del mundo, y sin el gato maullando):


21.10.09

¿dónde está la calle mayor y qué pasa con google?

Esta mañana hemos desayunado en el local que, en ese idioma particular que desarrollan las parejas, la Muchacha y yo denominamos como El Bar de la Esquina.

Es una cafetería típica de café mañanero y desayunos con churros. Típico excepto por la pintura colores crema y marrones y por el cartel que, sobre la cafetera, avisa de que no se sirve alcohol antes de las 12.30. Supongo que eso nos hace perdernos la parte más cañí del amanecer madrileño, pero lo convierte en un lugar tranquilo. Curiosamente tenían la televisión apagada y la radio puesta. Sonaba una cancioncita rockandrollera, voz de mujer. No me gustaba, pero era de agradecer. La Muchacha y yo, como decía, desayunábamos.

Está malita, ella, de la espalda. Alguna lumbalgia, o algo así, agudizada anoche por ese empeño suyo en desafiar a la adversidad y a los músculos y ponerse a fregar bañeras en su condición.

Que no es que ella estuviese ahí puesta a limpiar baños y yo estuviese tirado en el sofá viendo capítulos de House, que conste; mientras yo ponía una lavadora.

Eso fue antes del Gran Ay, claro. Después a lo que me dediqué fue a tumbar a la Muchacha en la cama, regañarla a cada movimiento que hacía (y se seguía empeñando en hacer miles), arroparla bien, buscar en Google Farmacias abiertas las 24 horas o farmacias de guardia y empuñar un paraguas y salir a la noche.

Resultó que la primera farmacia que Google me dijo que estaría abierta no lo estaba. La segunda tampoco. La tercera estaba más lejos, así que fui en taxi, y el taxista me informó de la derrota del Barça (en serio, qué gran labor informativa tan poco reconocida la de esta gente) y me dejó en la puerta de otra farmacia, en la Calle Mayor. Toqué el timbre entusiasmado, pero nada: también cerrada. Así que blasfemé un rato, me cagué en Google, herético perdido, y decidí ir caminando a la siguiente de la lista, en la calle Toledo.

Y cuando llegó el momento de empezar a caminar me di cuenta de que a Madrid le había pasado una de esas cosas que les pasan a veces a las ciudades; se había laberintizado. Porque yo estaba allí, en plena calle Mayor, preciosa bajo la lluvia nocturna, pero ¿dónde quedaba Sol? ¿Dónde la Plaza Mayor?

Y me descubrí perdido en un rincón en el que recordaba haber estado miles de veces.

Es una sensación maravillosa que, pese a la urgencia del papelito que llevaba en el bolsillo con una lista de medicamentos posibles y necesarios, me hizo sonreír como un demente, apresurar unos cuantos pasos por cualquier calle, esquivar charcos y mirar y descubrir todas esas fachadas que conozco rutinariamente. Hay que aprovechar esos momentos en los que la ciudad se olvida de que uno la conoce y se revuelve y se vuelve exótica, un cruce de París, una calle de Lisboa, un avenida de Amsterdam despojada de tranvías y coffe shops, un callejón de Budapest con las grietas valladas en el suelo, en lugar de en las paredes, y sin Danubio ronroneando por ahí detrás, en alguna parte.

Llamé a la Muchacha, que más que indicarme me animó para que saliese de allí. Y ante mis pies se desplegó con una facilidad absurda la Plaza Mayor, con sus terrazas vacías y atestadas de gotitas de lluvia y sus escaleras brillantes, y bajé un trozo de Calle Toledo.

Tardé un rato más en comprar los medicamentos, principalmente porque había un tipo en la cola empeñado en desmenuzar un debate exhaustivo sobre no sé qué con la resignada farmacéutica, y secundariamente porque nos llevó un rato a la farmacéutica y a mí desgranar de mi lista aquellas medicinas que no necesitaban receta y podrían ser apropiadas para los dolores de la pobre Muchacha.

Al fin conjuramos unas pastillas, pagué, decidí volver en metro, cenamos pizza, vimos un capítulo de How I Met Your Mother, se durmió, terminé de ver House, me dormí.

Y me he despertado al segundo sorbo de café, mirando ese cartel que dice que no se sirve alcohol antes de las 12.30.

¿Por qué las 12.30, me preguntaba yo esta mañana? ¿Por qué no las 11, o las 2?

Y he comprendido que alguna frontera tenía que tener, por tempranez, la hora de las cañas.

Y sintiéndola acotada así, por delante, me ha dado algo de pena, la hora de las cañas, aunque no me ha importado mucho, porque total, cuando quedamos una mañana para irnos de cañas jamás nos despertamos antes de esa hora.

Y total, si lo hiciésemos hay otro bar cercano, al que en nuestro idioma de pareja se llama El Bar de los Platos Combinados, donde probablemente puedas pedir una ginebra a palo seco a las siete y media de la mañana sin ningún problema.