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14.11.07

anton volkov

Pero ¿quién diablos es Anton Volkov?

Yo normalmente hago muchos comentarios sobre pornografía. No es que sea ningún gurú del tema ni que tenga una vastísima colección al respecto (aunque tampoco creo que, a día de hoy, existiendo internet, haga falta), pero siempre estoy diciendo cosas al respecto. Está bien, es divertido, y me da un cierto aire políticamente incorrecto y basto, porque ver pornografía, hasta donde yo sé, se sigue considerando algo basto y no es algo que la gente vaya haciendo por ahí con la frecuencia con la que yo lo hago, hasta donde yo sé. Pero ese aire le hace pensar a cierta gente que, como sucede con tantísimos aires que yo me doy, no es más que un farol, un complemento del disfraz que me pongo para encarar al mundo y a ti, su habitante, y así, sospecho con bastante certeza, hay gente que, precisamente porque no paro de mencionar el porno, piensa que yo no veo nada de porno en absoluto.

Pero sí, de hecho sí que lo veo. Aunque lo veo de una forma un tanto rara. Y ya, ya sé que lo de ir de raro por la vida también lo exagero y tal, pero tendrás que concederme que eso de disfraz no tiene mucho, porque raro sí que soy. Como lo somos todos, por otra parte, pero en fin, espero que no sea prepotente hacer gala de alguna que otra extravagancia pública más de las habituales en el común de los mortales.

Al grano. Mi relación con la pornografía se restringe a la fotografía. De nunca me han llamado ni los vídeos ni las películas, que veo súmamente irreales, y que yo siento invadir mi intimidad de una forma que la fotografía no amenaza: Ver cómo una persona se mueve le da un volumen, una vida. Escucharla le da un carácter. Sólo por eso, dejando de lado la mecánica del própio sexo, que yo siempre he visto tan alejada del porno que he visto (o de casi todo él; siempre hay un par de excepciones), el porno animado le quita a uno gran parte de la cantidad de fantasía que el porno fotografiado puede proporcionarle, es decir, en mi caso le quita bastante de la gracia del tema. Y en cualquier caso supongo que gustándome tantísimo como me gustan las mujeres y gustándome tantísimo la fotografía era inevitable que a mí me gustase particularmente la parte fotográfica de la pornografía. Pero cuando digo que me gusta me refiero a que me gusta igual que me gusta la música, el cine o la literatura: Hay estilos que están de puta madre, y otros que aborrezco.

En cualquier caso eso que he dicho de que la imagen en movimiento le da "una vida" a la pornografía creo que es esencial para entender qué me gusta a mí de ella y qué busco yo: Yo en la pornografía no busco realidad, y por no tanto no busco realismo. Yo lo que busco es sugerencia y la inmovilidad que le permite a uno construirse un antes y un después o directamente renunciar a ello y servirse una ración de presente estático. Sospecho que todo esto implica que yo en realidad ando más cerca del gusto por lo erótico que por lo pornográfico, aunque no veo del todo clara la relación y no me voy a andar entreteniendo en explorarla, que luego dices que escribo demasiado. Así que a lo que íbamos.

El problema con la fotografía en internet es que, en general y por contradictorio que suene, la aborrezco.

Este problema tiene dos razones. La primera es que, como sucede en cualquier campo, hay multitud de conceptos y cada fotógrafo tiene el suyo, y los hay que opinan que para que una foto porno sea buena tiene que mostrar carne de la forma más explícita posible y ponerle a uno cachondo mediante la presencia de tías con las tetas enormes que están siendo penetradas de alguna forma supuestamente estimuladora de mi líbido por un tipo con una verga megalítica, y desgraciadamene esos son la mayoría. Claro que, recomponiendo analogías, las películas de mayor audiencia suelen parecerme nefastas y no por ello reniego del cine.

Y como en el cine, hay gente que entiende la pornografía de otra manera, porque al fin cada cual, supongo, hace lo que le dictan su conciencia y sus gustos (o las imposiciones del márketing o la orden del jefe, o lo que sea), y al fin, si uno busca lo suficiente, termina encontrando platos a su gusto.

A mí esto me ha costado siglos: Durante noches y noches he matado las horas viendo pornografía y buscando fotos que me llegasen, y suele ser un asunto jodido. Al final, si uno busca un rato, termina por dar con las fotos de alguna muchacha que encaje con mis gustos. Por lo general estas fotos van en series, y por lo general las fotos que a mí me gustan suelen ser minoría porque el gusto del fotógrafo o el dictado del márketing ponen a la buena muchacha a poner posturas ridículas o se empeñan en meterle cosas por el culo o pringarle la cara, pero como hay tanta oferta la búsqueda nunca es desesperada y uno siempre puede admirar las fotos que le gustan y obviar el resto.

El caso es que con el tiempo un comienza a reconocer ciertas pautas, a recordar ciertos senderos y sobre todo a sentir ciertos nombres como familiares, y evita lo que sabe que probablemente no le guste y busca lo que probablemente sí. En ese sentido, hay un par de sitios, o de nombres de sitios, que son garantía de que, al menos, han hecho la intención de buscar a una mujer guapa e intentar hacer con ella algo que, aparte de todo lo demás, quede bonito. En ese sentido creo que ya estoy bordeando el nivel de elitismo desquiciante que a mí me encanta alcanzar en cualquiera de mis gustos y, de la gente que conozco y a falta de completar la encuesta con algo más de rigor, soy el único que algunas veces busca pornografía por el nombre del fotógrafo. Y aquí es donde entra en escena Anton Volkov. A Anton Volkov yo lo empecé a leer asociado al nombre de las modelos de una página de las que intentan currárselo. Nunca suelen ser fotos escandalosas, y hay algo en ellas que a mí personalmente me transmite buen rollo, algo en las sonrisas que salen en ellas que me hace pensar, y no deja de ser irónico en esto del porno, en calma y en familiaridad. Y con el tiempo, cada vez que leo su nombre, compongo una sonrisa que tiene algo de expectación y también algo de reencuentro, pero por alguna razón que desconozco aunque sí que he buscado fotografías suyas a menudo, hasta hoy no me ha dado por buscarle a él, al tipo detrás de la cámara.

No he descubierto gran cosa (que lleva poco tiempo haciendo fotos, que ve en ellas un cierto punto de irrealidad y que tanto él como los y las modelos de sus fotos se sienten muy naturales, lo que no deja de ser evidente en las mismas fotos), pero sí lo suficiente para irme a dormir contento: He descubierto que tiene una página web, donde tiene más fotos que las que yo le he venido viendo últimamente, lo cuál es estupendo porque le deja a uno disfrutar de algo más y matar mucha curiosidad, porque permite ver a Anton fuera de lo que para mí es su papel profesional, explorando otras inquietudes, probando cosas y, en muchas de sus fotos, tratando de sugerir más que de mostrar. Y de estas últimas las que más me han gustado son sin duda unos dípticos que a mí personalmente me han hecho reír bastante. Y con uno de ellos me despido y doy por cerrado el día de hoy, y lo etiqueto como un día fotográficamente provechoso.

2.7.07

por qué hacer fotografías

La respuesta es tan fácil que casi da vergüenza decirla: En realidad no hay ninguna razón para hacer fotografías. El mundo no se va a parar si no coges tu cámara y sales a la calle a fotografiar a una viejecita que pasa, un abeto, un alero gris o una muchacha pelirroja tomando el sol. Como arte, la fotografía, en realidad, no es algo precisamente necesario, no es un puente, ni un hospital, ni una solución al integrismo, ni a esos animales que matan a sus mujeres, ni la cura del cáncer. El arte siempre es prescindible, y precisamente ahí radica una parte fundamental de su encanto: El arte no es una mera cuestión de supervivencia, y al no ser una necesidad es algo infinitamente más libre que las cosas que de hecho sí son necesarias. Y por poco necesario que sea para vivir, para sobrevivir, tiene la gran virtud de que hace, o tiene el potencial de hacer la vida más llevadera, a veces para el público, y muchas más veces para el artista. O aprendiz de artista, en mi caso particular y para nada generalizable, supongo, pero en el que me baso para ponerme aquí a soltar este mi mitin de hoy.

Y esa dualidad, el que el arte pueda afectar o bien al artista o bien a su público crea una dualidad interesante. Vale, vale, de acuerdo, también puede afectarlos a ambos, pero si afinamos los suficiente siempre podremos clasificar a los artistas en dos clases, los que hacen arte para el público, y los que lo hacen para sí mismos: Arte exibicionista frente a arte masturbatorio.

Yo creo que la fotografía suele encuadrarse en el segundo caso, excepto si estás fotografiando la plaza de Tiananmen cuando un obrero con su bolsa del desayuno anda frenando una fila de tanques, por ejemplo (mi foto favorita -en la versión sin farolas, que hay otra de la misma escena con un racimo de farolas blancas que no es igual-, por cierto, por mil razones que no creo que haga falta explicar). Entonces, la razón por la que se fotografía se puede entender como el puro egoísmo de hacer una foto por el placer de hacerla.

Es algo más complicado, porque una fotografía es una (¿per?)versión de la realidad que se aprovecha de que la vista es el sentido del que más nos fiamos, sobre todo a largas distancias, y uno de los más fáciles de engañar. Tendemos a creer que lo que vemos es real, en parte porque llevamos toda la vida confiando en nuestra vista y en parte porque no somos muy conscientes de todo el "software" que utiliza nuestro cerebro para unir las señales dispersas que le transmiten las células que capturan la luz en la retina y darles un aspecto coherente. Pero si vemos una imagen de algo, imaginamos ese algo como algo con una cierta entidad, algo real; aunque sea algo salido de la fantasía de alguien en cierto sentido se convierte en real al plasmarlo en una imagen. Pero muchas veces olvidamos que en realidad la fotografía no es una imagen del mundo real tal cuál, sino una imagen de la realidad (o de lo que sea) filtrada a través del ojo del fotógrafo. En parte lo marginamos porque día a día vemos mil fotos anónimas o fotos en las que el fotógrafo no tenía nada que decir o no tenía forma de decirlo, o le pagaban por decir otra cosa (y pienso en los folletos publicitarios de los supermercados y en las fotos de los paquetes de detergente mientras escribo esto). A mí eso me hace pensar muchas veces que un fotógrafo puede hacerse invisible, convertirse simplemente en un canal que transmite una imagen a los ojos de alguien, un canal que puede estar manipulado o alterar la imagen, pero que puede volverse invisible, si se hace bien; pensemos en un buen retrato, un buen retrato ¿es aquel en el que el retratante deja su huella, o en el que el retratado aparece con ese aire natural, real, casi palpable que tienen algunos retratos? (y ahora pienso en Sarcozy y Bolaño).

Preguntas sesgadas y respuestas con truco, ni una cosa ni la otra, habrá retratos que sean buenos por lo primero, otros por lo segundo y otros que tengan parte y parte. Pero el punto de vista del fotógrafo siempre está ahí, más o menos evidente, decidiendo encuadres, enfoques, luminosidades, contrastes, postprocesando, preparando. Y detrás de todo eso es donde realmente está mi motivo para hacer fotografías. Pese al egoísmo del placer que supone hacer una buena foto (o una foto que te guste), también hay algo irresistible en la posibilidad de poder compartir el punto de vista propio, tremendamente subjetivo, íntimo y personal, con cualquiera que pueda ver la foto. Y sospecho que precisamente por eso tengo un fotoblog; a veces es genial poder coger una imagen e intentar plasmar en ella un estado de ánimo, o compartir la visión de algo que me gusta, y sobre todo es increíble cómo eso se convierte en algo totalmente irrelevante y ver cómo cada persona que ve la misma imagen que tú viste y que tú has dejado a tu antojo y la convierte en algo propio, la reinventa y le busca sentidos que igual uno mismo no llego ni siquiera a imaginar.

Resumiendo y dándole la vuelta, en el fondo, la mejor razón para hacer fotos es que plantándole a alguien una imagen delante le estás obligando a ver por tus ojos: Te da el poder inmenso de mostrar lo que te de la gana, de enseñar qué te parece hermoso (o qué te parece horrible, o lo que sea). Y la mayor virtud, que cada cuál puede robarte, mientras mira la foto, tus ojos para enseñarte su forma particular de ver el mundo.

Entonces ¿por qué hago yo fotos? Pues en parte por pura pereza, porque es mucho más fácil y rápido y últimamente divertido hacer una foto que escribir un cuento. Pero también para compartir esas imágenes, lo que veo cuando voy por ahí, cuando miro las cosas. Y en parte para perder, ejerciéndolo, ese monopolio que tengo yo sobre mi punto de vista, para regalarlo al mundo y que sea libre y se interprete y pueda pasar al monopolio visual de quien quiera que la vea.

Se termina haciendo fotos porque muchas veces, al final, no queda otro remedio sino sacar la cámara y hacer clic.

19.6.07

los brazos en alto



No es el ver al Madrid ganando la Liga de la única forma en que podía ganarla, de la forma en que debía ganarla, remontando y apelando a la lógica, al desenlace feliz de tragedia griega, Ulises llegando a casa todo sonrisa canina, barbas disfrazadas y arco en ristre dispuesto a ensartar pretendientes penelopeianos, aunque también tuvo su parte de culpa. Empezaba el Mallorca atacando, tirando balones a los postes, y yo estaba tranquilo, sabiendo que la fatalidad este año estaba de nuestra parte, y aquí ha estado la grandeza del Madrid este año; sin jugar bien, de hecho muchas veces jugando de pena, decidió en el Camp Nou ganar la Liga y le ha importado tres narices que el Sevilla jugase mejor, o que el Barça tuviese a Messi, Eto'o y Ronaldinho. Y si metían un gol pues valía con meter dos, y si metían dos pues venga, al menos tres, y así sucesivamente, empeñándolo todo a una confianza que asustaba a los rivales y que les daba a los jugadores unos aires proféticos, qué más da perder el tiempo, qué más da que corra el reloj, qué más da todo, total, si nos falta tiempo para meter el último gol algo tendrá que pasar que conjure el destino, y pop, el marcador de la televisión se iluminaba y Raúl Tamudo acababa de marcar, a cientos de kilómetros de distancia, el gol que faltaba. En mi vida he visto una Liga tan interesante como esta, y desde luego no por juego, ni por acumulación de talentos, sino por la trama, imprevisible, cruel con tantos, y sin excepción, amable, este año, con nosotros. Y cuando parecía que las cosas se complicaban (el empate in extremis de la semana pasada sin tiempo para más, la lesión ayer de nuestro último y único hombre-pólvora), era sólo para darle al asunto una gracia y una emoción que la fe, ese recurso que yo pensaba exclusivo de los fanáticos y los extremistas, apagaba sin ningún problema. La lección es que en el fútbol muchas veces no gana el mejor que mejor juega (el Sevilla) ni quien mejor equipo tiene (el Barcelona), sino quien decide ganar, lección genial que naturalmente nunca más se cumplirá y que no podremos aplicar a nuestras vidas.

Pero no era eso.

Tampoco era la ocurrencia genial de haber convocado una pequeña horda para ver, primero, si los guiris apoyaban a Hamilton e inflarnos a Guinness a la espera del fútbol, y luego el fútbol en sí, esa idea repentina del sábado por la tarde que comenzó a materializarse con un par de mensajes a móviles y que terminó moviendo diez pies hacia lo que resultó ser un pequeño Bernabeu donde ya cuando el balón echó a rodar comenzaron a temblar los cimientos ya gritar las gargantas, y que en cada gol (en cada aldabonazo del destino) se convertía en un tronar de voces y un mar de brazos y un suelo que temblaba y mesas que volaban por los aires y bebidas que surcaban el espacio aéreo del local, pero que sobre todo fue un grupo de cinco amigos con una excusa para juntarnos y estar contentos y hermanados, porque podía interesarnos más o menos el sinuoso correr de la pelotita hacia la cita con la Liga número 30, pero allí anoche era imposible no ser absorbido por la masa social y no sentir los jadeos propios como ajenos (las apreturas en estas cosas ayudan muchísimo) y las taquicardias de aquel señor de allí como nuestro nudo en el estómago. Tampoco era el salir a la calle y ver una ciudad ruidosa y festiva (mal día para ser atlético o culé, mi más sentido pésame, de corazón), a una multitud que tomaba calles y se subía a los semáforos y cantaba cosas que al final siempre terminan haciéndole a uno pensar que por qué no seremos como los del Liverpool, y tendremos un repertorio decente, pero dándole un poco igual por una noche. Tampoco fue aquello.

Ni tampoco fue la sobredosis de Ensiferum y Lilitu, o que me hayan regalado un libro que tengo que esconderme para no dejar el que estoy leyendo a medias, o el hechizo de la velocidad del sábado volviendo de Toledo intentando no pasar mucho tiempo a la vista de cierto coche de la Guardia Civil que se empeñó en poblar mi retrovisor más tiempo del que la urgencia de la música podía soportar, o la lluvia festiva y bonita que nos saludó a la salida del cine y nos acompañó hasta la puerta del taxi, ni la cocina de la abuela, ni las sonrisas, las miradas, los gestos, las palabras. Ni siquiera, aunque casi casi, la dedicatoria del libro-regalo, que me provocó una sonrisa de la que aún me vienen ecos cada diez o quince minutos.

En realidad, han sido las fotos. Las fotos que ayer hice camino del Pequeño Bernabéu, las fotos que usaba para matar la histeria cuando Juan no aparecía y pensábamos que nos íbamos a perder la salida (que es uno de los cuatro momentos clave, y uno de los tres fijos, que al fin son los únicos que hay que ver en una carrera de Fórmula 1, que al final uno se traga entera a la espera del cuarto momento, que siempre esconden donde uno menos lo espera). Las fotos que echaba a conciencia a los caballos que galopan sobre los tejados de esta ciudad, rampantes bajo cielos wagnerianos, o a furgonetas que pasaban como un relámpago junto a mi paso de cebra, o a la agente de movilidad o la gente que esperaba conmigo o los peatones que cruzaban o el cielo, siempre el cielo. Las fotos que después de una semana de rascar fondos y tirar de interiores ya pensaba yo que no iban a venir, con ese miedo tonto e infantil que tenemos a perder lo que nos hace felices. Si algo me ha salvado la vida, si algo le ha dado sabor al mundo este fin de semana (a mi mundo, para mí), más allá de los goles de Diarra y Reyes, más allá del señor Michael Romeo, en palabras de un amigo "jebi como una lluvia de hachas" y resultando sorprendente aún después de cien repeticiones de su disco a todo volumen en mi coche volador, más allá de esa copa transgresora de domingo por la tarde, más allá del levantarme tarde o el ver a los amigos o todo lo demás, este fin de semana han sido seis, siete u ocho fotos. Y bueno, vale, también el libro de Baricco, que me mira ansioso y cómplice desde debajo de la cama. Paciencia, libro, paciencia, recuerda a Machado, y paciencia. Que en seguida te toca.

31.5.07

el análisis fotográfico

Ojeando hoy las últimas noticias de El País, me he encontrado con un análisis fotográfico, de los cuales yo, con eso de ser un paleto total, la verdad es que he visto más bien poco. Pero me causan los mismos efectos que en su día me provocaban los análisis de texto: Salpullidos, mareo y ganas de salir a la calle a tomar el aire.

La foto en cuestión es la foto oficial de Nicolas Sarkozy, flamante nuevo presidente francés (ese cuya versión de irse a un monasterio a meditar sobre su victoria se convierte en un crucero en el yate, por no decir navío, de un empresario coleguita suyo). Esta es la foto, y así hablan los analistas:

El presidente aparece de pie, junto a dos banderas -la francesa y la europea- y delante de una biblioteca de volúmenes encuadernados en piel. "La europea la sugerí yo", dice Warrin. Eso sorprende pero aún sorprende más el tamaño de las banderas. Junto a ellas, Sarkozy aparece empequeñecido. "Lo importante es la relación entre Francia y Europa con el presidente. Y Francia y Europa han de pesar más que él", dice un analista.

La opción "biblioteca" no es nueva. Charles de Gaulle, Georges Pompidou y François Mitterrand eligieron igual fondo. Valéry Giscard d'Estaing, la bandera tricolor, y Jacques Chirac, los jardines del Elíseo (...).

(...) En la foto, el presidente lleva un traje gris antracita y una camisa azul claro a rayas. En la solapa, la rosette, que identifica a los poseedores de la Legión de Honor. Sarkozy, que mira de frente al objetivo, tiene en cambio el cuerpo en posición de tres cuartos respecto a la cámara. La luz es más poderosa a la altura del rostro y tiende a apagarse por encima de la frente y por debajo del vientre de Sarkozy. Ningún lomo de los libros es legible, como tampoco es identificable el único volumen colocado de frente, a la altura del rostro del presidente, en el centro de la imagen, más allá de su mirada y con una decoración dorada en su cubierta. La duda sobre el carácter auténtico de los libros está fuera de lugar: estamos en la biblioteca del Elíseo. Otra cosa es saber cuántos de esos libros serán ojeados por Sarkozy, de momento más interesado por el footing que por las letras.


Yo leía a rachas, con la atención dividida entre la prensa, la navegación errática por internet y esos brevísimos instantes que al final uno termina dedicando a esto del curro. Y en otra pestaña del navegador tenía yo cargada otra foto, la que iba a encabezar lo que pensaba escribir hoy, y al final he desembocado en ella y he estado pensando en Sarkozy, en los analistas, en su autor, Philippe Warrin, y en la foto que yo contemplaba, que era esta,

(desconozco el autor, pero el link va al lugar del que he sacado la foto, por si alguien quiere seguirle el rastro)

Bien, ese de ahí, por si cabe alguna duda, es Roberto Bolaño, que se ha convertido de pronto en mi asesor literario, lo cuál siendo un hombre que a) no he conocido nunca y b) está muerto no deja de tener cierto mérito, aunque sí una explicación muy fácil. No es la primera vez que, leyendo, conoces algo, o que un texto te siembra una cierta curiosidad por algo: Por Cortázar me brotó aquí dentro una curiosidad con el jazz que ha conseguido sobrevivir a los (sinceramente) pocos y caóticos que he hecho por intentar meter el dedo gordo del pie en ese mundo musical tan remoto y tan místico, visto desde aquí. Por Neal Stephenson, la del Linux, que originó aquella serie de derrotas que escribí aquí hace ya tantas palabras. Y con Bolaño, apenas he llegado a la parte de Entre paréntesis que dedican a poner las columnas que escribió para un periódico de Gerona y otro de Chile y en poco más de 24 horas leyendo a ráfagas (en el metro, mientras debería estar durmiendo, con el café de después de la comida y en el baño) he apuntado ya 19 libros que probablemente querría conseguir, por lo que ayer decidí cambiar mi actitud hacia ese libro y en vez de leérmelo del tirón limitarlo a una ración semanal, lo justo para llegar a un título y un autor que me despierte la curiosidad, y parar ahí y darme tiempo para buscar ese libro y leerlo, porque si no me veo con el libro terminado y con lecturas pendientes para cinco años. Y luego me veo olvidándolas o abandonando esta educación parasitaria que tiene muchísimo encanto porque en cierto sentido consiste en seguir un sendero de miguitas de pan que Bolaño fue tendiendo, y contemplar paisajes literarios a los que él se asomó y que le gustaron. Y a mí eso de seguir sendas de migas me parece algo estupendo, más aún desde que descubrí, leyendo y escribiendo sobre cuervos, que definitivamente tengo algo de pajarraco. Así que al salir del trabajo me fui con mi lista de cacería literaria, y en un rato de caza abatí tres presas de cinco tiros; sólo se me escaparon Lichtenberg y Jonathan Swift, porque creo que no busqué los libros donde debería, aunque con 40€ gastados ya en munición me pareció que bien podía dejarlos para más tarde junto con los otros 14 libros que llevo apuntados.

Y otro rodeo: Como Elena siempre me tortura, cuando se está leyendo algo que le gusta, con aquello de "me estoy leyendo un libro superchulo pero no te voy a decir cuál es" (supongo que porque así nunca se queda sin ideas sobre qué regalarme en mi cumpleaños... y por las veces que me ha dicho eso yo podría llegar a los 240 años con regalo preparado año tras año), la llamé para decirle que me había comprado tres libros superchulos pero que como yo no era tan capullo como ella yo, al menos, le diría el nombre de pila de los autores; Enrique, Rodolfo y Antoine. Ella aventuró unos apellidos para Antoine y falló, y yo dediqué el resto de la charla telefónica a meterme con ella y ella a meterse conmigo, en fin, la adorable rutina de siempre, el fingirnos gruñones y estúpidos para ocultar cuánto nos queremos el uno al otro. Luego, más tarde, yo me fui a dormir tan feliz de la vida: por una vez sabía más que ella de algo relacionado con los libros, aunque fuese haciendo trampa y tirando de referencias. Pero no me ha durado mucho mi victoria moral. Hoy me ha llamado por teléfono, y según la he contestado al saludo me ha soltado, a quemarropa y sin preámbulos "¿Enrique Vilas-Mata y Rodolfo Wilcock?", y según yo he asentido me ha regañado porque no es Rodolfo sino Juan Rodolfo, y me ha dicho que anoche no pudo ser porque la pillé por sorpresa, y ante mis sospechas me ha asegurado que lo ha adivinado de cabeza, sin consultar internet, aunque ha apuntado la idea para tratar de adivinar quién es Antoine y así devolverme la chiquillada con un pleno. Como la he dicho, no sabía qué decirle, si lo mucho que la admiro o el asco que me da. Fin del rodeo, volvamos con la foto.

Quería yo contar todo esto, la cacería de ayer, los libros de mi lista de objetivos, pero me he topado con la foto de Sarcozy mientras tenía en mente y pendiente de colgar la de Bolaño, y no he podido dejar de ver lo diferentes que son la una de la otra (y a su vez, que parece que me ha dado por los retratos, con la foto que subirá esta noche al fotoblog, pero eso es tema aparte). Y pensaba escribir sus diferencias, cómo una parece un anuncio publicitario mientras la otra es un retrato, y por otra parte hablan por sí mismas, basta mirar cada foto durante unos segundos para entender los mundos de diferencia que existen entre la una y la otra, qué busca cada una, qué ofrece cada una, cuál vende, o lo intenta, y cuál enseña, y lo consigue. Y además, como los analistas son los analistas, venga, vale, voy a hacer un estudio de la foto como el suyo.

Roberto Bolaño aparece de pie, ligeramente inclinado hacia delante, con la cabeza algo gacha. No como si le hastiase la fotografía, pero sí con el gesto de quien está siendo fotografiado y no se preocupa mucho al respecto. Tras él aparece, desenfocado, un fondo de luces y sombras en el que se adivina un ventanal, una rama, unos escalones: Da igual, añade profundidad pero da igual. Se quiere fotografiar a Bolaño, no enclavarlo en ninguna parte. ¿Iba hacia ahí, volvía de ahí, simplemente pasaba por allí? ¿Qué más da? Imagina lo que quieras, hazte la foto a medida. Y cada cierto tiempo, cambia el paradigma, por qué no.

En la foto aparece con una cazadora de cuero con el cuello subido al descuido y un jersey que se adivina gris, verde o marrón oscuro. Las partes más brillantes de la foto no están sobre su cara, están detrás, tras la ventana, o cristalera, o lo que sea. Sobre él cae una luz más natural, para nada eléctrica, que le resbala también sobre las arrugas y los pliegues de la cazadora. Se le adivinan las manos en los bolsillos. Lleva las gafas caídas y tiene unas cejas anchas, melancólicas. No se ha molestado ni en peinarse ni en afeitarse para la foto. Todo ello, junto con la cazadora (le he visto con americana por ahí, en otra foto) le da a la imagen una textura cotidiana, habitual, para nada forzada; la vuelve sincera. Uno casi espera que de un momento a otro saque del bolsillo un paquete de tabaco y un mechero y se ponga a hablar de Castellanos Moya o de Rey Rosa, que diga algo que resuelva el enigma de esa sonrisa horizontal, invisible pero sin embargo evidente.

A diferencia de la foto del presidente francés, Roberto Bolaño no tiene los libros detrás. Se le adivinan todos en ese brillo de los ojos que las gafas no consiguen disimular. Sarkozy posó ante ellos, Bolaño los devoró.

23.4.07

porno


No voy a ser un hipócrita, y tampoco voy a vender ficciones de niño bueno; Yo, como tanta otra gente, soy uno de los que utilizan el recurso más común y más esencial de internet, la pornografía. Pero por lo visto dentro de la misma, como por otra parte era de esperar, existen ramas y ramas, estilos y estilos, formas y formas.

Parece ser que a día de hoy no puede concebirse una despedida de soltero como otra cosa que no sea una continua referencia al sexo, aunque no tengo muy claro si eso tiene algo que ver con que al fin y al cabo se está celebrando, en cierta manera, el fin de la época en la que por lo visto somos todos unos depravados y unos eyaculadores compulsivos (la soltería), para pasar a esa otra etapa de la vida en la que por lo visto son todos gente de bien, moderada, comedida, responsable y con tendencias de voto centroderechistas (el matrimonio), o si simplemente ocurre porque estás juntando a catorce tíos en una casa.

Nadie se puso a adornar las paredes con las imágenes de una revista porno; nadie convirtió nuestra casa en una especie de galería expositoria del contorsionismo sexual. En lugar de ello, la televisión se ha pasado unas 20 horas al día emitiendo pornografía. Nos íbamos a dormir y la dejábamos puesta. Nos despertábamos escuchando gemidos y jadeos amplificados y conducidos por pasillos, escaleras y rellanos. Y tan felices de la vida, porque la alternativa, que solía ser el chunda chunda, era bastante más incompatible con el sueño. Aunque yo me despertaba preguntándome qué clase de cosas recordaría haber soñado, con tal banda sonora, si pudiese haber recordado mis sueños.

De cualquier manera, como decía, hay estilos y estilos, y mi estilo, como buen adicto a la fotografía, busca sus pijotadas propias. Que para algo soy un elitista y un snob, digo yo. Cuando yo me pongo a buscar pornografía estoy buscando, básicamente, buenas fotos. En serio. Y cuando no las encuentro a veces tengo la necesidad de crearlas yo. Asumo que después de un fin de semana como este tiene que resultar extrañísimo. Entiendo, también, que la escasa representación de las fotos así en el vasto universo de la fotografía responde a algo más que a la escasez de buenos fotógrafos. Yo voy buscando una mujer guapa, un fondo interesante, un equilibrio de colores, una buena composición, algo original, algo diferente, algo que haga recordar esa foto. Tengo interés cero en las fotos cuyo único objeto de existir es coger a una tía con las tetas cuanto más grandes mejor y ponerla de forma que revele lo máximo posible de su entrepierna, o cómo finge cara de gusto mientras se introduce objetos variopintos por algún orificio. Y me pasa como con todo, con la música o con el cine (aunque con el cine no tanto; puedo ver casi cualquier cosa), que termino aborreciendo lo que por lo visto es más democráticamente apreciado, al menos en mi entorno. Sinceramente, los nombres de Nacho Vidal o Poli Díaz no me llaman a la hora de ver una película. Pero como soy un optimista de mierda, uno termina encontrándole su lado bueno a tanta pornografía, y como soy un niño malcriado uno termina convirtiéndolo todo en un juego, y cuanto más estúpidas sean las reglas mejor.

Por esto último al final podía terminar siendo yo el que dejaba puesta la pornografía en modo repeat cuando me iba el último a dormir, y por lo primero terminamos algún amigo y yo elaborando curiosas teorías que relacionaban la sobredosis de carne a la que nos hemos visto expuestos por vía ocular con la densidad de mujeres guapas que encontrábamos a nuestro paso por Salamanca.

Por lo general, estas teorías sostenían que uno salía tan acostumbrado a la carne desnuda que la imaginaba por cualquier parte, y que cuando uno veía una chavala se la imaginaba convertida en actriz porno.

Pero yo me entretenía pensando que lo que pasaba, simplemente, es que después de tanta parafernalia, tanto montaje, tanta falacia de fricción, percusión y embuchamiento, cualquier mujer normal me parecía un ángel.

20.4.07

la ausencia

Ayer por la mañana, antes de salir de casa, dejé un dvd grabándose con unas cuantas pelis que me he bajado por la cara de internet, circunstancia esta que probablemente atraiga las iras de, no sé, los bandoleros de la SGAE, incluso considerando que tales películas no las he encontrado por ninguna parte, y cuando llegué de vuelta a la hora de la comida el ordenador estaba apagado. "Qué raro", me dije yo, "juraría haberlo dejado encendido grabando un DVD, dum di dum di dum di dum", porque a veces tengo mis momentos de lucidez y porque a veces voy por ahí canturreando cosas estúpidas, y pensé que igual antes de irme le había dado al botoncillo de apagar, porque a veces tengo mis momentos de írseme la pinza. Así que nada, le di al on, y me fui al baño o a la cocina o a alguna otra parte. Cuando regresé a la habitación, el interruptor parpadeaba como los intermitentes de esos coches que siempre ponen tan nervioso por ir a toda leche, y aquella era toda su actividad distinguible. Mala señal que a mí, avezado personaje de las tragedias de los ordenadores, no me preocupó mucho. Lo sometí al proceso estandar de resolución de errores de la materia (apagar, encender) y pasó lo mismo. Así que me lo traje al trabajo, donde tras un rato de destornillador y otro rato de chateo el informático local y un técnico de HP me dijeron que era un problema de algo relacionado con la entrada de corriente y que fuese corriendo a la tienda con el ordenador bajo un brazo y la garantía en la otra.

Lo que significa que no tengo ordenador en casa (lo cuál no es excesivamente dramático en un trabajo en el que tienes otro portátil para lo que te de la gana), y que hay una cantidad de entre 4 y 6 GB de fotos de las que faltaban bastantes por pasar a DVD. Pero por lo visto no hay mucho peligro de que el disco duro haya sufrido daños (estoy viendo demasiado cine bélico últimamente, lo sé), así que una compi de oficina se ha llevado mi maquinita para ver si entre ella y su friquihermano consiguen rescatar mi directorio de fotos antes de ir con el ordenador a la tienda, así como precaución extra.

Al final lo más curioso del asunto es que precisamente esa mañana le contaba yo esta compi de curro que la gracia del fotoblog era subir una foto al día pa lo bueno y pa lo malo que cantaban los Platero, y que por eso aunque anteayer hiciese ochenta fotos sólo tenía por ahora una subida, y que por eso aunque me vaya este finde de despedida de soltero o el que viene de puente o en agosto a Dubrovnik esos días seguirán subiendo fotos puntualmente, si no pasa nada terrible relacionado con servidores ardiendo, coches atropellándome y demás imprevistos. Y justo ese día voy y me encuentro sin fotos por subir y con el fin de semana ocupado.

Una foto al día, pa lo bueno y pa lo malo: Pues nada, habiendo ordenador, habiendo cámara y habiendo Photoshop instalado, había que tirar p'alante.

Ayer hice unas ocho o diez fotos, por entretener las manos, mientras esa misma compañera (la tengo explotada a la pobre) me servía de chofer a la hora de comer; así que había que tirar de ahí. Y entre postprocesarlas un poco, subirlas y el curso de Photoshop terminé a las mil anoche, habiendo dejado 4 fotos que yo considero malas para que se subiesen anoche, esta noche, la noche del sábado y la del domingo. Son malas, pero en cierto sentido yo creo que son curiosas; Son las fotos que hago cuando no tengo delante un blanco claro, algo así que me den ansias de fotografiar. Son la respiración de la cámara y de mis manos. Son una pequeña muestra (pero supongo que un ejemplo representativo) de lo que voy mirando por la calle. No sé, visto así yo creo que el asunto tiene su interés. Porque a veces, ya lo sabes, soy un optimista.

En fin. Por lo demás el mundo sigue estando loco; los cachorros de osos polares reciben amenazas de muerte, el Partido Popular emprende con entusiasmo la campaña electoral, mirar fotoblogs a estas horas puede matarle a uno de hambre, y sigo sin haber visto el mar en invierno, leñe.

20.3.07

donde dije digo digo... uh, otra cosa

Imposible escribir nada en plan escoplo por ahora. Entre que no soy capaz de robarle ratos al trabajo y que las horas de ocio se me van en comprar regalos (qué orgía de cumpleaños y de días del padre y de historias, joder), trastear con el photoshop, dormitar, vagar por ahí, hacer de chofer y atender llamadas telefónicas transoceánicas que pretenden y consiguen matarme de envidia... Además la historia con la que me he puesto a crecido para ser cuento de más de un día y esas cosas hay que respetarlas.

Así que ala, a darle vueltas a la vida, al día a día. Hoy los termómetros se han puesto súbitamente mustios, han decidido que ya no tienen ganas de fingirse primaverales y han invocado un previoso manto de nubes furiosas que amenazan de todo (sombra, lluvia, nieve, castillos a los que trepar vía judías transgénicas; de todo).

Yo bostezo, medito sobre esta nueva tendencia mía a dormirme durante las películas y sobre todo durante las retransmisiones de la Fórmula 1, escucho música que restriega limones recién cortados sobre los múltiples raspones de mi sangrante alma, trabajo y pienso en fotos.

Es curioso. De pronto las últimas noticias de El País han sido monotemáticas, respecto a la fotografía. Primero con unas fotos de Elsa Pataki, qué guapa ella, que andaba haciendo un inocente reportaje para la revista Elle, posando en topless de espaldas... y a la que cazaron de frente para Interviú. La fotografía hecha frivolidad e invasión de la intimidad. La fotografía como reflejo del pajillero adolescente que, imagino, todos llevamos dentro, más o menos apaleado. Segundo con la foto de la bandera del pollo en la manifestación archidemocrática de Rajoy. Por lo visto medios moderados y cabales como Libertad Digital y la Cope argumentan que es un montaje y/o que la foto es de una manifestación previa del Foro de Ermua (donde por lo visto no pasa nada porque vayan fachas). La fotografía como conflicto con la realidad, aunque esta foto da más que pensar en la capacidad del ser humano, en especial del ser humano de derechas, de negar la realidad cuando no le conviene, de fabular un mundo alternativo propio, donde ETA se transfigura en una célula de Al-Qaeda y Bin Laden y Zapatero hacen un trato para arrebatarle al PP el poder de Su País para hacer guarrerías como la ley de los maricones, traerse a los soldados de Iraq y demás felonías. Claro, claro. Y ya puestos, distribuyeron fotos desde distintos ángulos para que otra gente pudiese retratar al señor en cuestión desde otro ángulo. Y tercero una foto que valió un Pulitzer, a costa de una niña moribunda... y que luego se llevó también la vida del fotógrafo. Y leyendo el reportaje se ve otro punto de vista de la fotografía: La fotografía como escudo frente al mundo. La cámara como línea divisoria. Lo que pasa delante de la lente es el exterior, sólo es el objetivo, el mundo queda simplificado al encuadre, a la profundidad de campo, a la luz y a la velocidad del obturador. El fotógrafo, convertido en pura insensibilidad, para que el mundo pueda sentir la tragedia. La vida como objeto a ser fotografiado, y cuanto peor esté la vida, mejor la foto.

Yo mientras voy por ahí, haciéndole fotos a las nubes, las piedras, los edificios, mi Madrid, tan pequeño cuando me lo comparan con Sudamérica, con Londres. Pero es mi Madrid, y yo la quiero, porque es por donde yo camino, donde yo respiro, donde yo vivo y sobre todo donde vive tanta gente a la que quiero. Una ciudad que contiene y que se alimenta de los reflejos de sus miradas, de los alientos de sus respiraciones, tiene que terminar siendo un lugar especial, a su manera triste y resignada de la chica más fea del baile.

19.2.07

ráfagas


En el apartado de noticias; hace un tiempo que renuncié, definitivamente, a las mayúsculas en los títulos de este blog, salvo para nombres propios, que no sé si habrá alguno. Ídem con el fotoblog. Me gustan las minúsculas. No tengo problemas con poner mayúsculas al principio de las frases, pero cuando van unas pocas palabras solas, me gustan las minúsculas. Las mayúsculas me dan la impresión de desequilibrar el texto, de inclinarlo hacia babor.

En el apartado del estádo de ánimo; supongo que pasa en todas las cabezas, pero como sólo conozco la mía no me atrevo a generalizar. Pienso a varios niveles. Está lo que pienso aposta, que ocupa varias capas, ese flujo de datos, de información, de sensaciones y de lógica que fluye empujada por la voluntad o producida por el medio inmediato exigiendo atención. Ejemplos: Tengo que apuntar lo del consumo del gas, tengo que recordar hacer sitio en el disco duro, tengo que apartarme para que no me atropelle esa furgoneta, mira qué chica más guapa, etc. Luego están los otros niveles, los que van revolviendo y recociendo cosas y de vez en cuando sacan un cucharón de producto refinado no siempre al gusto de la consciencia. Esas capas están muy atareadas, y se entretienen, ahora, repasando estos últimos hechos, presentándome visiones apocalípticas que me encantaría poder ahorrarme. La curiosidad se infiltra con un martillo prestado a la lógica y produce deducciones, tal cosa debió ser así, tuvo que hacer esto para, probablemente entre tal y tal pasase aquello. Es como cuando estás en casa de alguien que está viendo una película que no quieres ver, y tú te entretienes leyendo o pensando en cualquier cosa o haciendo lo que sea y aún así a veces tu atención se empapa en la película. No es una película nada agradable.

En el apartado de terapias; al salir del trabajo llovía, hecho simpático número uno. Se agradecen los gestos celestiales de tristeza, y más aún si son gestos que siempre me han sentado como una medicina, un limpiador, el agua bendita de los cristianos encerrada en cada gota de agua. Yo no tenía ninguna prisa por llegar a casa, así que el metro también me ha hecho un favor averiándose. Haz un transbordo, haz otro, corretea, trepa escaleras, coge un autobús y contempla como se satura, como en cada parada se forman motines entre los pasajeros que pretenden bajar y los que, hacinados en las marquesinas, aspiran a tomar un sitio al asalto. Y entre parada y parada correr como locos mientras las capas manejables de la mente se entretienen pensando en el peso de tanta humanidad y en lo que eso debe suponer para los reflejos a la hora de acelerar y sobre todo de frenar sobre asfalto mojado el maltrecho autobús. Como había montado en la primera parada, mientras leía, otra forma de terapia, y confiaba al azar la selección de canciones del iPod. Porque el azar es el amo y es bueno querer a quien se te impone quieras o no. Así que me ha premiado con The Decemberists, Sólstafir, Primordial, Neutral Milk Hotel, Lúnasa, Nevermore, Oceansize, Muse, The Shins, Moonsorrow, The Old Dead Tree e Isis, que recuerde a bote pronto.

En el apartado de la pura lucha por la supervivencia; la cosa pinta fatal. Tengo que mandar dos cartas y ya no tengo ni que darme a la impotencia motriz para no enviarlas, es que directamente las he olvidado en casa. Así que mañana tocará mantener una lucha tipo "tengo que hacerlo" / "no puedo" / "por qué no puedo" / "no lo sé, pero es imposible" / "no es imposible, es levantarse, moverse y decir cuatro gilipolleces" / "qué titánico todo" / "muévete" / "no puedo" y a partir de ahí repetir las dos últimas cosas. Si alguien tiene un látigo que me mande un currículum, necesito que alguien me motive. Como puestos a recibir azotes la cosa puede ser peor o mejor, adjuntar foto, y se valorará apariencia personal, simpatía y carácter mordaz.

En el apartado fotográfico; la semana va a ser siniestra. Ganas de hacer fotos = 0. Así que igual una tarde me voy al cine a ver la de Clint Eastwood, que el cine siempre anima. Y una reflexión de hoy, a la vista de una escena increíblemente hermosa, con gotas de luz azules y amarillas salpicando una marquesina y una muchacha guapa encuadrada en la ventana de un autobús; lo peor de la fotografía es ver una escena preciosa y saber que, por encuadre, por luz y por falta de reflejos va a ser imposible sacarle una foto. Y entonces llega el placer egoísta de aceptar la escena como algo exclusivo para disfrute privado. No consuela mucho, porque al fin y al cabo fotografiar es intentar acaparar ese tipo de cosas, pero al menos alguien ha visto esa escena.

En el apartado literario; sudo sangre intentando recordar el gran fallo que Elena me dijo tener la noche del viernes. Pero el cansancio me comía la memoria y no consigo recordar nada excepto la impresión de que no deja de ser bonito que alguien siga esperando que yo, algún día, intente escribir algo, e intente ayudarme a que llegado ese día me ahorre alguno de los errores de ahora.

En el apartado físico; mi cuerpo ha desarrollado un nuevo método para recomendarme que duerma más, los dolores de espalda. A ver si esta noche consigo hacerle caso sin que la parte sombría de mi cabeza me monte su película y sin que la parte apática se empeñe en decir que sin nadie que blanda un látigo va a ser demasiado difícil.

30.1.07

¡He ganado! ¡He ganado!


¡He ganado mi primer concurso de fotografía!

(entiendiendo "mi primer concurso" como el primero al que me presento, no que espere ganar más)

Era un concurso pequeñajo y humilde del pueblo, con unas 40 fotos a concurso de unos 20 fotógrafos (cifras estimadas por un servidor), y he ganado con (según yo) la peor de las tres fotos que mandé (y la más convencional), pero ¡he ganado!

Así que nada, el premio, que es una cámara digital compacta, habrá que encasquetárselo a alguien. Y el premio por el tercer puesto (he hecho un empate en ese puesto, con las fotos que sí me gustaban, je) habrá que prestárselo a quien lo viene necesitando desde hace siglos.

Y yo me quedo con algo bonito y humilde con lo que estrenar mi currículum fotografil. Y pensando que es genial esto de que te toquen como premio cosas que en realidad no necesitas, para que puedas ir dándoselas por ahí a la gente, y yo con mi alegría y el resto con lo que ha tocado y todo el mundo un poco más feliz y más contento.

En fin. Un buen día, a pesar de que por segunda tarde consecutiva me han dado unos mareos y unos escalofríos de lo más funesto, a pesar de la orgía de trabajo aburrido de picapedrero que me han encasquetado, a pesar de los madrugones y del frío que ya remite. Pero no hay forma de quejarse últimamente, anoche llovía, hoy se ven las estrellas, me dan premios, y el futuro aún no termina de pintarse de negro y erizarse de espinas. Un buen día, sí.

Pues nada, habrá que celebrarlo. Entre eso, los ascensos y la ristra de cumpleaños que ya se intuyen en el horizonte de marzo caray, qué primavera de fiestas se ve venir.

(por cierto, el link de la foto en sí no debería funcionar hasta las doce y cuarto, por esas cosas de la actualización y querer subir al fotoblog sólo una foto al día)

21.1.07

Pensamientos de domingo


No debería pensar los domingos.

Los domingos son malos, si ya lo sé.

¿Por qué pienso los domingos?

¿Por qué pienso todo el rato? Qué cansancio.

Debería haberme afeitado.

Debería empezar a plantearme algo respecto a la cena.

¿Cenar albóndigas? ¿Por qué no?

¿Freír patatas? Qué pereza vs qué ricas.

Apuesto por la pereza.

Pereza existencial. Parte de la naturaleza de los domingos. Por eso no se puede pensar en domingo.

Pero en este Fin de Semana de Requiebros a La Naturaleza de las Cosas he terminado encontrándole una utilidad a la pereza.

Algo fácil, algo sencillo, algo adictivo: Leer. Leer, empezar a leer uno de los libros que secuestré ayer noche. Leer, seguir leyendo el manual del photoshop.

Ya sé utilizar Las Curvas. Tiembla, mundo, tiembla.

Bendita fotografía. Bendito hobby. ¡Tengo un hobby!

Tener un hobby es bueno.

Escuchar música no es un hobby, de la misma forma en que respirar no lo es.

Es un vicio que me hace feliz.

Cosas que uno lee por ahí; "Photography is not about the thing photographed. It is about how that think looks photographed".

Y más cosas que uno lee en el mismo sitio; "If your goal seems blocked, continue shooting".

La filosofía de la fotografía. La filosofía derivada de la fotografía.

Aprender de un hobby. Continue shooting. Seguir apretando el disparador.

Confiar en el azar, en la insitencia, en el caos, en la constancia.

Por si se cruza algo, o por si se despeja el blanco.

Tal vez debería freír esas patatas.

Café. Tengo que quedar para tomar muchos cafés esta semana (dos son suficientes).

Tengo que afeitarme, eventualmente.

Tengo que mandar cartas, tengo que imprimir papeles, tengo que comprar sellos.

Tengo que, tengo que. Mala cosa para alguien convaleciente de apatía y aquejado de domingitis.

Tengo que recordarme que no estoy fatal.

¡Tengo que cambiar de disco!

¿¡Ya son las diez y veinte!?

Quiero albóndigas, eso está claro. Falta decidir hasta qué punto son imprescindibles las patatas.

Quiero albóndigas.

Calentaré las albóndigas. Y si luego me da por ahí, freiré patatas.

Suena como una buena opción. Ir paso a paso.

Rendirse a la pereza, la apatía, el vacío, haciendo como que uno no se da cuenta.

Tengo que pensar menos.

Tengo hambre.

Tengo ganas de que sea lunes.

Tendría que hacerme mirar eso, ja ja.

18.1.07

¡Por fin!


¡Vade retro, apatía! Una de las consecuencias más horribles de la apatía es que no hay quien haga fotos decentes mientras se sufre. Así que estos días los he pasado hurgando entre las fotos viejas, tirando del fondo de armario, como quien dice. Y eso no puede ser porque se corre el riesgo de quedarse sin ropa limpia y habría que suspender esa deliciosa costumbre de subir una foto al día. Y los juegos sólo son divertidos mientras se siguen sus reglas, sobre todo si son reglas autoimpuestas, porque si no siempre queda el regusto de la trampa.

Así que hoy al volver al trabajo después de comer me he plantado en mitad de la calle, he mirado a mi alrededor, he intentado no pensar en nada y me he dicho "apunta, dispara". Y zas, y otra vez zas, porque no tenía muy claro si sacar enfocado ciertas ramas o cierto edificio. Eso ya ha servido para hacer la tarde algo más soportable. Pero ha sido ahora, al meter las fotos en el ordenador y ponerme a trastear con ellas, cuando se me ha ocurrido esto, ¿para qué enfocar una cosa o la otra cuando puedo sacar las dos cosas? Tengo pocas fotos compuestas, y las que tengo, por lo que recuerdo, eran composiciones de una misma foto, con alguna zona ampliada o desplazada o rotada o reflejada, así que esta es mi primera foto de este estilo; como quien dice estamos de inauguración. De parto. Y el bebé ha salido grandecito, 58MB de archivo, la foto más grande que he procesado hasta ahora, 3800 x 2280 pixels. ¿Se nota que estoy contento?

En fin, a ver cómo la veo mañana, después de dormir un rato (porque claro, ya con la rutina de dormir cinco horitas por noche, y con la adrenalina dando desfiles triunfales por mis venas, habrá que celebrar esto viendo un capítulo de Samurai Champloo y poniéndome una copita). Por lo pronto, como parte de la celebración, una canción alegre del grupo este que (junto a The Killers y uneXpect) me tiene loco estos días.

Con la tecnología de Blogger.

Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.