4.3.09

exorcismo

Hay un niño y una muchacha cogidos de la mano en mitad de la llanura infinita. Sopla el viento y la hierba es un oleaje verde, el desfile de incontables estandartes que brillan bajo el sol. El niño y la muchacha miran las plumas que rematan las dos flechas. Cuando un golpe de aire es particularmente violento el telón de briznas se corre y los dos pueden distinguir algún miembro doblado del muerto, o su espalda ensangrentada, una vez la pupila negra y opaca de un ojo que ya no ve.

La chispa que es esa imagen lleva persiguiéndome desde hace un tiempo (cuyo alcance, como el de casi todos los tiempos, no alcanzo a medir, pero que sospecho que es largo) y, obviamente, pretendía prender en forma de cuento. Por fin lo ha conseguido, enganchando ese principio casi tal cual (quitando una palabra y poniendo dos) con otra escena que también me ronda desde hace mucho (aunque esta, pensando, sí que soy capaz de remitirla a un pasado de al menos 13 años, mutando y creciendo y engordando); una mujer atada llorando en las sombras, asistiendo a un ritual salvaje, sabiendo que no hay posibilidad de evasión, y que el ritual terminará con ella, en las dos acepciones que se me ocurren de la expresión “terminar con ella”.

Todo eso ha conseguido coagularse como mi quinto westerncito. Sumando, llevo 5 cuentos del oeste, 8300 palabras que suman 32 folios a doble espacio. Cuando lleve 12, 15 o 20 no sé qué haré con ellos, quizá lo propio fuese rociarlos en whisky y prenderlos fuego, pero lamentablemente el pragmatismo, que tan antinatural me es a veces y que tantos dientes de sierra tiene dentro de mí (fuera de zonas donde debería estar, y emperador coronado de regiones en las que no debería ni haber pisado), me convierte en una de esas personas que saben que el whisky arde fatal, como en general todas las bebidas pardas menos el ron, que aparte de arder de maravilla hace una llama azul preciosa y deja un olor estupendo en el aire. Pero en el fondo da igual prenderles fuego o no. Los cuentos, y con ellos sospecho que toda la literatura y muchas otras artes, tienen una propiedad que la gente no se suele a pasar a considerar, supongo que porque principalmente y ante todo somos todos lectores (pocas personas, quizá sólo futbolistas y toreros, podrán jactarse de escribir más libros de los que leen): la del exorcismo. A no ser que uno se pase toda la vida escribiendo y reescribiendo un libro (como leí que alguien que yo pensaba que fue Dante hizo, aunque por más que miro no doy con nada que me de la razón en esto: en fin), cuando uno termina de escribir algo, sobre todo si consigue publicarlo, encerrarlo entre portada y contraportada y sepultarlo en un estante, es libre de ignorarlo y seguir caminando. Cosa que no se puede hacer, por ejemplo, con el teatro y la música, al menos si la música se toca en vivo, y que es lo que a mí me produce escalofríos del teatro y me hace recelar cada vez más de la música en directo, por raro que incluso a mí me parezca.

Hasta he recogido evidencia empírica: el viernes Lara miraba su último libro de cuentos con un hastío culpable, harta de él pero algo avergonzada por ello. Ya le dije yo, te has ganado el derecho al desapego: para algo ya lo tienes escrito.

A mí me parece algo bonito, algo intrínsecamente vivo, porque vivir es eso, dar pasos en dirección a la flecha del tiempo, nunca para atrás. Los segunderos, excepto el del reloj de la película de El Curioso Caso de Benjamin Button y algunos cronómetros locos, desenroscan siempre el tiempo en la misma dirección.

Así que yo miro mi cuento (o ni eso: miro el archivo que lo contiene, ahí plantado en su carpetita, mirando receloso a mis otro cuatro westerncitos) y suspiro y pienso que eso era un trozo de mí que ahí queda, y que ya puedo seguir adelante, y me pregunto también si esto no deja de ser una especie de escalada en la que cada cosa que uno escribe, cada cosa que uno se saca y cuaja como palabras, no es sino un anclaje que va quedando detrás. Donde no se puede ir pero sí mirar. Por eso yo miro las dos escenitas de mi cuento, miro de dónde han venido y cuánto, a una, le ha costado salir, desde aquellas fantasías de hace unos trece años.

Entonces yo me imaginaba a las mujeres que me gustaban indefensas, atrapadas, en peligro, vencidas. Me las imaginaba así y me imaginaba a mí mismo apareciendo, héroe liberador. Luego me imaginaba más cosas, y en fin, era un adolescente, más o menos, y los adolescentes evocan cosas cuando invocan la erección.

Ahora leo lo que he escrito y pienso que me estoy haciendo mayor: no terminan follando, el héroe y la rescatada. Y pienso: vaya cosas deprimentes y tétricas que me saco de encima.

Pero luego les miro, a ella y a él, veo la chunguez que se abate sobre ellos, y veo que los dos han tenido la oportunidad de elegir la huida, la carrera, la vida, pero que algo, a los dos, les ha empujado al rechazo, al estamparse, a la valentía.

Y me parecen dos perfectos imbéciles, y me caen bien. Y me descubro pensando que qué pena que sólo duren cuatro páginas de cuento. Y me descubro pensando que escribir es conocer gente, también, siempre que a uno le de un poco igual que no sea gente real, que sean personajes que uno más o menos se inventa.

Y por último caigo en el pensamiento final del que ya no hay por dónde salir, que ni escalada ni exorcismo ni depuración ni reciclaje ni nada, que si la literatura no será, al fin, una excusa para pasar el rato pensando bien surtidito de bobadas en las que pensar.

Yo asiento, asiento.

2 comentarios:

  1. Quizás me gustara leer ese cuento. ¿Es posible? Si no lo es ¿tienes algún proyecto para que lo sea en algún momento?

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  2. brutal la imagen del principio

    déjalos salir

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.