24.10.08

lo peor que le puede pasar a una mujer

–Es que lo que me ha pasado a mí es lo peor que le puede pasar a una mujer –dice una señora.

Es un día cualquiera y yo voy volviendo del trabajo a casa, pero por una vez voy sin el iPod conectado, pues acabo de hacer una llamada de teléfono y por lo general cuando voy a hablar me quito la música. Porque además de hablar a veces uno, no siempre, escucha, y en fin, cualquier ayuda es buena. La señora que acaba de hablar va delante de mí, caminando junto a otra y bloqueando toda la acera, así que yo llevo unos metros a rebufo de ambas cuando dice eso. No he escuchado nada de lo que dicen antes, y una vez dicho eso no añaden más. La frase ha quedado ahí, flotando entre ambas, y yo me la apropio, y la asimilo, y miro a la mujer.

A primera vista parece sana. Tiene dos piernas, dos brazos, dos ojos, orejas, pelo. No tiene cicatrices visibles, parece que no tiene problemas de movilidad, el tono de la piel es sano, articula su lenguaje, y parece que no le faltan dientes.

No parece que haya sufrido ningún atropello traumático, ni enfermedad degenerativa, ni accidente que involucre una radial o productos químicos o medicamentos en mal estado. Tampoco parece que nadie la haya hurgado con herramientas de bricolage o de carpintería o de cocina o de ingeniería genética. No parece que le haya caído un rayo ni que una prensa hidráulica le haya aplastado las piernas o que una sesión de submarinismo profundo le haya reventado el cuerpo por dentro. Tampoco parece que la hayan metido en un microondas, ni rociado con ácido.

Ella ha dicho eso, y yo he repasado todas esas posibilidades en lo que he tardado en parpadear un par de veces (en fin, uno tiene fondo cinematográfico del que tirar). No es obviamente que estas cosas sean lo peor que le puede pasar a alguien: Lo peor es un elemento maximal, y lo peor que le puede pasar a alguien probablemente sea algo que está más allá de mi imaginación, pero son cosas que, en todo caso, la señora no parecía estar sufriendo y que sospecho que empeorarían su situación.

Y ahí se ve lo que tiene que soportar uno por llevar a cuestas un cerebro matemático: la señora ha hecho una afirmación, “tal cosa es lo peor que le puede pasar a una mujer”, él por su cuenta se ha puesto a buscar –y encontrar– formas en las que su situación podría ser peor que la actual, ergo lo que le ha pasado no es el elemento maximal en la categoría de “lo peor que le puede pasar”. En otras palabras, su frase es falsa.

Así que no pierdo tiempo y le doy a la señora unos golpecitos en el hombro. Ella se gira y me mira sorprendida.

–¿Sí?

–Señora, eso que usted ha dicho es falso.

–¿Qué?

–Lo de que lo que le ha pasado es lo peor que le puede pasar a una mujer. Es falso.

–Oiga, ¿qué coño sabrá usted?

–Pues de lo que a usted le pase nada, pero sé que no le pasa…

–¿Y a usted qué le importa?

–Bueno, nada, pero el rigor lógi…

–¿Qué hace escuchándome?

–Pues verá, mi teléf…

–¿Pero quién se cree que es?

–Ah, hola, me llamo Da…

–¡Cotilla!...

–…vi…

–…¡Miserable!...

–…d.

–…¡Imbécil!...

–…

–…¡Patán!...

–..

–…¡Gilipollas!...

–.

–…¡Cretino, animal, cerdo!

Hizo una pausa para respirar, y yo aproveché el momento para intervenir.

–Las cartas sobre la mesa, Marta. Llevo años buscándote por todo el puto mundo. Y te he encontrado. Sé dónde estás. Y esta vez no podrás huir, y no podrás esconderte. Nos veremos.

Y me fui.

O intenté irme, porque en ese instante me pegó con el bolso en la cabeza y fue ella quien se fue gritando ¡policía, policía, hijo de puta, policía!, escoltada por su acompañante, que me ametrallaba con miradas bien cebadas de odio, ratatatatá, pero también de temor, blam blam blam blam. Y desaparecieron doblando una esquina y yo me quedé muy feliz y muy contento de haber podido hacer algo de divulgación lógica, sabiendo que acababa de probar mi razón. La señora tiene ahora el consuelo de saber que a fin de cuentas, le pase lo que le pase, su situación podía empeorar. Sé que es un triste consuelo, porque le consta a posteriori, y ahora que cree que alguien la acecha y la persigue por su barrio se siente aún peor, y que el alivio sólo es aplicable a su situación anterior, pero pronto, cuando se familiarice con el concepto de la inducción matemática y se vaya dando cuenta de que cada día iré a buscarla y a hacer que su vida ruede un pequeño peldaño más abajo por la escalera del drama, espero que se de cuenta de que las cosas no son tan terribles, que por malo que tenga el día seguro que al día siguiente le verá algún consuelo, que cada día será mejor que el que sigue y por tanto tendrá algo que disfrutar. Y así, y este es mi sueño, espero que llegue el día en el que la vea sonreír, en silencio y sin queja alguna.

Ese día no sé qué haré. Tal vez la deje en paz. O tal vez por afán de superación la meta cristales rotos en los yogures de la compra, o vaya a por la lijadora de mi padre, o conecte un cable de alta tensión a la cerradura de su portal. Ya veremos.

 

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.