6.6.08

informe del untergrundkommando

Pues he aquí el informe del Untergrundkommando que ayer el S. S. Bremen envió tras las líneas enemigas. Iré al grano, aunque tenga que omitir la entretenida e instructiva parte del adiestramiento en el uso de explosivos, el arduo entrenamiento físico, las clases para resistir la tortura, la construcción de nuestras identidades falsas, el salto nocturno a gran altura con apertura retardada tras las líneas enemigas y el aprendizaje de las más letales técnicas de combate cuerpo a cuerpo. Aunque como va a quedar un poco largo, de todas formas, voy a hacer dos versiones, la completa y la compacta, la 1ª empezando aquí debajo donde pone “1” y la otra, más abajo, donde pone “2”. Prometo que la 2ª no llega a las cinco palabras.

 

1

 

Al grano: En la librería, sin contar al personal que trabaja allí, había cuarenta y dos personas. Así, cuarenta, ellos, y dos, nosotros. Un miembro de la Escuela de Escritores hizo una breve presentación, explicando que aquello era una especie de ceremonia “fin de curso” de su ídem (curso) de escritura, y que para la ocasión habían seleccionado seis textos de los escritos durante el taller por un grupo que, de más estaba decirlo, rebosaba calidad por los cuatro costado, etc etc. Los relatos, dijo, habían sido adaptados para ser leídos en público, y acortados, en ocasiones, para no matar de aburrimiento a nosotros los oyentes, comentario este que luego recordé yo unas cuantas veces mientras contaba las pilas de folios y folios que cada lector manipulaba con garbo. Después, por fin, en dos tandas con breve pausa para fumar un cigarro y divagar sobre el polvo centenario (no malinterpretar, aunque lo dijese quien lo dijo), los autores leyeron sus cuentos.

Y ahora enumero los pensamientos que fui teniendo mientras leían.

Primer pensamiento: “somos mejores”.

Segundo pensamiento: “bridas. Aparejos. Correajes. Ataduras”.

Tercer pensamiento: “si señora, la librería está llena, o cree que estoy en la puerta porque me gusta estorbar”.

Cuarto pensamiento: “¿¡esto es un relato, un cuento!? Qué relata, qué cuenta!?”

Quinto pensamiento: “¿cómo era eso que decía Andrés Neuman sobre que cada cuento tiene su final y se encarga de manifestarlo, y que normalmente los cuentos terminan antes que la vanidad de sus autores? Porque este cuento ya ha pedido a gritos un final unas catorce veces”.

Sexto final: “O sea que este tipo que lee se llama Conde-Duque –no pensé “Conde-Duque”, sino su nombre, pero en los blogs, somos blogs–. Habla de Roma. Pero no es Conde-Duque. Qué más quisiera. El nuestro le da mil vueltas. ¡Farsante! ¡Copiota!”

Séptimo pensamiento: “¿Será una constante universal, la existencia, en cada taller literario, de un tipo que se llama Conde-Duque, que alguna vez hable de Roma?”

Octavo pensamiento: “Plan de infiltración social abortado. Plan de irnos de cañas a marujear: preferible”.

Y ahí terminó todo.

Cuento a cuento:

El primero: demasiado largo. Chica consigue muñeco de látex que pasa a ser su hombre perfecto. Se lo folla continuamente (risas varias: el efectismo, en fin). Vecina cotilla que se entromete y grupo de amigas con las que de distancia. Al final empieza a desvariar. Igual sin haber visto Lars y una chica de verdad me habría parecido mejor.

Segundo: La crueldad de descubrirse diferente durante la infancia, el ser tildado de monstruo y sometido a la crueldad de los niños “normales”. O como coger una idea medianamente buena y la mar de interesante, como una abuela con tentáculos (¡tira por lo lovecraftiano, por dios!) y convertirlo en cuento costumbrista mil veces leído.

Tercero: Amiga-rottenmeyer sale de marcha con amiga-putón-verbenero. Putón-verbenero baila y se lía con un italiano. La otra se emborracha, rechaza una raya de coca en los baños, conoce a un tío muy guapo que no para de hablar de un trabajo insoportable, se lo lleva a casa, se lo tira, y en cuento se termina sin que realmente haya pasado nada digno de contarse.

Cuarto: Este me gustó más, pero igual fue porque me distraje ojeando libros de Monterroso y de Pàmies. Es que en la misma estantería estaban los dos libros de cuentos mejor titulados de la historia de la humanidad, “El último libro de Sergi Pàmies”, de Pàmies, obviamente, y “Obras completas (y otros cuentos)”, primer libro de Monterroso. Hablaba de un oficinista que habla con su exmujer o examante, muerta o huida o algo que implicaba blancura en los labios, mientras tontea con una compañera del trabajo y se siente muy culpable al respecto.

Quinto: Este sí; fue divertido y fue el primero que no estaba narrado en primera persona: todo un respiro. Contaba la historia de un hombre normal al que de pronto todos los medios decían que era el ganador del Nóbel de Química. Incluye un suicidio, que siempre quita puntos, pero me gustó bastante.

Sexto: Un tipo habla mucho de roma y de las fotos, esas cosas que, mentía él, congelan el tiempo. Hacía muchísimas. Por lo visto lo ha dejado con la novia, ha quemado todas menos cuatro, y le habla, en una carta, de las cuatro que no ha quemado y que le envía. Demasiado texto para cuatro fotos. Que lo de que una imagen vale más que mil palabras no era literal, joder.

 

Las conclusiones que sacamos fue que a nosotros, el Untergrundkommando, nos dio la impresión de que esa gente estaba encorsetada, sujeta a recetas y normas que probablemente sean una consecuencia de la estructura de su taller. Miro en su web, y leo su programa. Tiene puntos, que si el ritmo, que si la naturalidad, que si el conflicto, que si el cambio, qué y cómo contar, recursos, visualización, composición, narrador y autor, escenas, tensión, metáforas, diálogos. Nosotros no hemos hecho absolutamente nada de eso porque, aunque en rigor nos llamamos “taller”, no somos un taller. Nadie nos ha dado ninguna clase de nada. Simplemente leemos y escribimos. Esto probablemente pueda implicar una serie de inconvenientes que yo, que siempre he opinado que a escribir se aprende escribiendo y, sobre todo, leyendo, no veo muy importantes (todo es cosa de releerse libros buscando eso, estructuras, formas, métodos, técnicas), pero también nos da una libertad anárquica en la que yo siento que reside nuestra mayor virtud. Al no tener quien nos dirija (qué cosa más metafórica el hecho de que las dos organizadoras desertasen del cargo y pasasen a ser miembros de la tripulación, sin más), buscamos dónde ir. Además lo hacemos por dos vías, mediante la elección del tema, que a veces nos impone unas formas o una meta y que, por lo general, suele ser más una excusa para buscarse nuevos métodos de romper la forma y esquivar la meta, y mediante la propia inquietud personal, que ejercemos sin freno y sin piedad. Esto igual nos hace ser menos formales, o menos teóricos. Aunque quien más y quien menos lo suple aprendiendo del innegable talento general que hay en el grupo. Honestamente, creo que en lo referente a ritmo, naturalidad, conflictos, cambios, etc, nuestros seis mejores cuentos ganaban por varios cuerpos de diferencia a los que escuchamos ayer.

Resumiendo, mi conclusión fue que somos libres, salvajes y audaces. Que esas son nuestras virtudes. Y que son unas virtudes bellísimas, que han de ser, también, nuestro orgullo.

Vamos, ...

2

 

...que somos la hostia.

 

 

Y después, hablamos de lo humano y lo divino, comenzamos a pensar en buscarnos más complicaciones a futuro, de las que ya se está hablando hoy en una bonita riada de correos electrónicos, y la Muchacha y yo nos fuimos a ver un concierto donde un amigo suyo tocó la guitarra como un ángel. O un diablo. El blues tiene más de diabólico que de angelical. Mejor un diablo, sí.

Y luego un poquito de higiene personal y ala, a dormir, que hoy alguno, ejem, tenía que trabajar.

5 comentarios:

  1. Acuerdo total (casi).
    En un taller dirigido no se puede aprender otra cosa que "acercarse" al modo de escribir del jefe/jefa.

    Por eso nosotros estamos aprendiendo, porque somos libres. Pero también, y esto es muy importante, porque hemos aprendido a querernos en esa libertad y a alegrarnos de cada avance que vemos en los demás. Lo que no quita que, después de emocionarnos con el avance del amigo o la amiga, digamos "¡qué cabrón/cabrona, no puedo quedarme en mi mediocridad", y avancemos.

    El casi es porque aunque es cierto que este fue o es un taller de Lara y Rebeca, jamás fueron jefas ni dirigieron nada. Solo organizaron los encuentros.

    Por eso tu punto 2 es verdadero.

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  2. Una vez asistí a un taller de escritura "dirigido" por un señor que, además de escribir y para mi desgracia, era psicoanalista. Cuando leí mi primer relato uno de los miembros del equipo dijo que aquello no era un relato, que era una carta. Otro dijo que al principio había pensado que aquello sería una carta más hasta el momento en el que la que lo escribía -o sea yo- había elegido para asestar la primera puñalada en el estómago -o algo así como los puñetazos de los que hablaba Cortázar, o esas veces en las que uno lee tan confiado y desprevenido y el giro entra tan silenciosamente que se le pone a uno la carne de gallina-, y que a partir de entonces le había gustado más. Es que en esto de la escritura a veces somos un poco masoquistas. Pero a lo que iba, que el que me puso a mí la carne de gallina fue el director de aquel despropósito, que me psicoanalizó en directo y delante de todo el mundo cuando acabé mi lectura. Aunque no sufrí por aquello; la verdad es que no fue desagradable. Después comenzó a señalar todas las veces en las que los finalse de mis palabras se repetían. Le encantaba hacer eso. Y yo nunca estaba muy de acuerdo.

    Aquella primera lectura no fue tan mal. Luego se comentó con la caña de rigor. Pero el grupo no cuajó como grupo, el director se dormía mientras algunos leían y un iluminado día consideré que las 4 oportunidades que ya le había concedido a esas reuniones que acababan en torno a una barra en la que no acababa de prender la mecha -con lo difícil que es eso cuando hay cerveza y cuatro o cinco personas quieren- ya habían sido suficientes.

    Años antes había asistido a otro taller dirigido por un estupendo hombre orquesta. Y fue maravilloso. Lo mejor era, como tú dices, saltarse las formas para esquivar la meta.

    Enhorabuena por la crónica (muy ilustrativo lo de los pensamientos, sobre todo el segundo) y por vuestra disciplina de taller de iguales.

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  3. jijiji. Leo con sonrisilla maligna, frotándome las manos de gusto. En el párrafo de las conclusiones incluso se me cae la babilla. Y estoy de acuerdo.

    Somos la hostia, sí.

    Y me acuerdo de unas palabras de Javier en la conversación en La Buena del viernes pasado. Hablaba de un amigo suyo que restaura muebles en un taller. Contaba cómo se pasa horas lijando la madera hasta que queda completamente lisa. Horas frotando con un cepillo sobre la superficie. Parece aburrido y cansado, pero al cabo de toda una tarde de pasar la lija arriba y abajo lo que antes no era nada de pronto es algo bello, pulido.

    Eso es lo que se hace en un taller. Aprender un oficio. Eso es lo que hacemos nosotros. Trabajamos con palabras, las lijamos. En total libertad, experimentamos, arriesgamos. Y salen cosas buenas. Estamos empezando y queremos seguir, queremos crecer.

    Eso, en lo literario. Pero es que además está lo personal. La conciencia de grupo. La amistad incipiente. Las afinidades. Las conversaciones. Todo cuenta.

    En fin, que somos la hostia.

    gracias por la crónica.

    bss

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  4. Nán; bueno, la verdad es que al principio nuestras capitanas hacían algo más que recordarnos que había cita cada dos semanas. A las pobres las teníamos fritas con los temas de cada sesión. No fue hasta que se arrancaron los galones que nos pusimos a pensarlo nosotros. Y aunque fuese por esa minucia yo a partir de ahí veo o quiero ver unas ganas de hacer cosas y un empuje compartido que antes estaba, pero más latente, digamos. No sé si me explico. Espero que sí.

    Lui, ¿¡pero cómo se puede jugar al psicoanálisis por algo escrito!?, si escribir es fingir, jugar, mentir. Y encima eso, psicoanálisis. Me gustaría conocer a ese tipo y decirle cuatro cosas sobre las pseudociencias de nuevo postín venidas a más, hum.

    Y no te sabía yo talleril.

    Por nuestros lares se estilan las invitaciones. Así que si te apetece repetir, da una voz.

    Y Marina, un placer. Aunque no me reconozco yo mucho como desbastador. Yo más bien creo que lo dejo todo lleno de aristas y de astillas. Pero es que me gustan las astillas y las aristas. Son tan... góticas, a su basta manera...

    Acabo de cometer una falacia lógica, hum. Me siento culpable. Y me condeno al silencio.

    Pero eso, que fue un placer ser ojos malignos del taller, ji ji.

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  5. Toda la mañana esperando la crónica y aparece publicada cuando ya me he ido de la oficina en un finde de locos y sin pasar por el ordenata...
    Pero más vale tarde que nunca, me he reído mucho.
    Y tenéis razón Nán y tú sobre la dirección (timón) y esas cosas!

    Nos vemos pronto

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.