10.8.07

leyendo a Alan Pauls

Me estoy leyendo El Pasado, de Alan Pauls, que como su nombre indica clarísimamente es argentino, y viene "recomendado" por Bolaño, que habla maravillas de él, de cierto cuento suyo relativista y de las cartas increíbles, incomprensibles y geniales que le mandaba en Entre Paréntesis, y yo, mientras leo, rendido por cómo escribe aquí el amigo, encuentro ratos para filosofar sobre lo que es el amor, cuando muere (libro, por ahora, para nada recomendable para parejas en apuros. Demasiado real, demasiado perverso, demasiado explícito, demasiado poco literario, a pesar de ese envoltorio que es literatura destilada gran reserva, de la de quince años macerándose y sabor a barril de roble), y también, ante todo, sobre las velocidades de la lectura.

Así iba yo hoy en el metro, a ratos leyendo, a ratos mirando alguna muchacha guapa de esas con las que el verano nos bombardea a los que no tenemos ni pan ni dientes y sí mucha hambre, a ratos pensando, y por lo general con una neura definitivamente contagiada por Rímini, el protagonista del libro, capaz de desatar sobre sí las odiseas más nimias, más rutinarias, más vulgares y a la vez más apocalípticas, más invencibles, más trágicas. Lo iba pensando luego por la calle, por el centro de Madrid, que en el día de hoy ha sido escenario de una de esas peripecias casuales que están pensadas para ser contempladas en vista aerea, con musiquita de Benny Hill y señalando presencias con puntitos parpadeantes, hacen que de pronto un montón de gente conocida se encuentre de pronto, con razones o sin ellas, en un área de 100 metros cuadrados, a la misma hora. Y pensaba mientras cruzaba calles que hace pocos años me parecían fronteras a la nada y que ahora cruzo con la soltura de quien ha pensado la ciudad, o al menos de quien, alguna vez, ha cruzado esa calle y ha descubierto que lo que parecía una boca al vacío, a lo deconocido y al abismo era simplemente un atajo jalonado de portales a cuál más desvencijado, a cuál mas genial (y naturalmente uno los cruza siempre cuando la luz ha huido y es imposible sacar la cámara sin desencadenar la frustración y la concatenación de intentos optimistas e inútiles). Venía pensando que es curioso como algunos libros uno los devora, incapaz de detenerse para cosas como dormir, subir en el ascensor a la oficina, cocinar o mirar una falda especialmente audaz, y otros simplemente los lee, animales inofensivos y pacientes que le esperan a uno pastando en la estantería (o similar, que yo no tengo estantería) hasta que uno se decide a seguir un rato con ellos, y otros se dejan leer a fragmentos diferenciales y hasta piden ser abandonados de cuando en cuando para que uno filosofe y se cruce con amigas que acaban de cruzarse con otras amigas con las que, si uno no anda un poco fino, puede terminar cruzándose, y que inevitablemente comentarán que qué coincidencia porque se acaban de cruzar con otras doscientas mil amistades comunes. Este libro pertenece a esta última clase.

Cuando empecé a leer recomendaciones de Bolaño, me espanté. En la primera semana me había metido para el cuerpo tres o cuatro novelas, y me daba tiempo a hacer alguna que otra actividad vital de cuando en cuando. Y con este llevo unas cuantas semanas. ¿Es que no me gusta?, me preguntaba yo. Pues bueno, el estilo es increíble, sus descripciones de las cosas me desarman, me hacen tener ganas de decirle al señor del asiento de al lado que me sujete el libro en el metro para poder ponerme a aplaudir y a gritar ¡bravo, bravo!, pero la historia, me decía... Debe ser la historia lo que me frena.

Pero no. No es una odisea en plan salvemos el mundo, ni una novela de intrigas internacionales donde el destino del mundo libre bla bla bla. Habla de Rímini, el neurótico, y de las mujeres que se cruza, sobre todo Sofía. La vida de un traductor, y su relación con las mujeres. Y aún así, con medio libro por delante (¡todavía!), la historia, de hecho, sí que llama. Porque aunque sea, hasta cierto punto (y por ahora, que no me fío yo), convencional, es una historia que, como decía antes, se escapa de lo literario para convertirse en algo real, algo tangible. Es uno de esos libros en los que los personajes dejan de ser palabras para ser carne y sangre y lágrimas y pelos y arañazos y uñas mal cortadas y calcetines y ojeras y sudor. Que es algo que más libros consiguen, pero que en pocos he leído yo tan sueltos, tan sinceros, tan naturales. Y al fin y al cabo es una historia sobre el amor, y no una historia boba o deseable o romántica, no: Es una historia sobre el amor entre las personas que no son un corazón rojo y figuras de actores de época dorada Hollywood, sino entre personas hechas de carne, sangre e ídem que antes. Y ¿a quién, a qué clase de persona, no puede interesarle el amor sin caer en el más triste y miserable de los patetismos?

Así que he seguido pensando. Mientras esperaba el cambio en una tienda (la dueña ha tenido que ir a desvalijar una farmacia, navaja en ristre y media por capucha, para encontrarme cambio de 50€), mientras miraba las piernas infinitas y bucólicas de una guiri, mientras le intentaba explicar a un segurata de la FNAC, estúpido de mí, que el libro pitaba pero que no era robado, que lo había comprado otro día (y el guardia miraba el libro, que ya ha padecido sus semanas en el bolso junto a la Nikon y tiene los bordes algo mellados y algo manchados, y sus ojos decían "evidentemente"), mientras entraba al asalto en el domicilio de la amiga más cercana para ilustrarlas a ella y a su patrona en los divertidos usos de las teclas ctrl y mayúsculas en windows y sobre todo mientras mi amiga me invitaba a una cerveza para luego tener la delicadeza de dejarme con ella y mis pensamientos con la generosa excusa de tener que atender a su madre al teléfono.

Y al fin, camino de casa, descendiendo un desfiladero de escalones a riesgo de mi vida por culpa de una de tantas escaleras mecánicas que no funcionan, he comprendido por qué estoy leyendo tan despacio, aparte de por querer deleitarme con cada maldita palabra que el señor Pauls ha decidido regalarnos a mí y a todo el que tenga el valor y la dicha de leerle: Porque no quiero terminarme el libro. Porque quiero que dure. Porque si la dosis es pequeña, la droga dura más.

Genial, y lo digo a media lectura, cosa bastante rara. Genial. Si no tienes problemas conyugales, definitivamente recomendable. Y si los tienes probablemente también, que no todo el mundo va a ser tan empático como tu humilde servidor.

2 comentarios:

  1. como mi humilde servidor no sé, ahora como tú...

    jajaja lo del ctrl mayúsculas es una cosa q utilizo yo mucho con mis alumnos...

    y el libro tiene buena pinta, me lo anoto (aunque yo como buena compulsiva dudo que pueda hacer eso que tú haces de guardar la droga para luego...) pero está Wasabi primero en la lista, q tb es suyo y ya me recomendaron antes...

    en fin... desde la empatía: felices vacaciones!

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  2. Wasabi está en mi memoria subrayado en rojo varias veces en la sección busca y captura, pero este fue el único libro suyo que encontré. La idea era comprar todo lo que pillase, y lo sigue siendo, pero me temo que va a esta jodidilla la cosa.

    Y gracias por lo de las vacaciones, pero no te adelantes a la declaración institucional :P

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.