27.1.07

Hoy es sábado, hoy es sábado



Detrás de esa doble afirmación tan obvia, tan innecesaria, se esconde el canto alegre e insoportable de cierta compañera de trabajo que me sienta a mi flanco de babor (léase izquierda por aquellos no versados en terminología naval) que cada día, durante la semana laboral, nos tortura con un cantar matutino que recuerda qué día es con un buen humor que, a esas horas de la mañana, despierta sobre todo instintos homicidas. Pero como la citada compañera a tenido a bien el intentar acercarme a Ópera esta mañana, dejándome en Cibeles, lo que al final ha sido un hecho muy afortunado, y como esa alegría suya matutina, por mucho que uno gruña, ruja y propine patadas a su silla al final termina siendo contagiosa, pues uno se siente en la obligación de escribir algo al respecto, aunque esa obligación tiene más de gratitud por la oportunidad que da cada mañana de fingir odios y maldades que de compromiso adquirido porque le intenten acercar a uno a Ópera, aunque se termine bajando en Cibeles.

Hoy hemos hecho los de la empresa la cena oficiosa de navidad. La navidad pasó hace tiempo, pero la verdad es que nos ha dado igual, y como decíamos hace un rato no deja de ser algo fabuloso el poder irte de cena y de borrachera con casi todos tus compañeros de trabajo y no ya pasártelo pipa, sino terminar volviendo a casa con gente del trabajo comprometida en invitarnos a todos a cenar y con la alegría que da salir por ahí de juerga con los amigos, solo que esta vez con quien uno ha salido es con la gente que trabaja. No suele pasarme que tanta gente de mi trabajo me caiga bien. No suelo dejarme convencer para participar en este tipo de historias. Debe gustarme mucho este trabajo y la gente que lo comparte para hacer cosas así.

A todo esto, estoy bastante borracho, todavía. Me he dado cuenta cuando me he bajado del taxi que, previa visita al barrio de cierta ex de recuerdo menos frustrante y más ambable de lo habitual, me ha dejado en casa, y en el que he dejado cerca de dos euros de propina. Al bajarme del taxi el conductor me ha dicho que gracias no por la propina, sino por la conversación, y yo, bautizado por el aire helado de esta mañana de sábado, me he dado cuenta de eso, de que estoy bastante borracho todavía.

Debe ser curiosa, la profesión de taxista. Uno puede ser silencioso o hablador, pero llega un momento que aunque sólo sea por combatir el aburrimiento el taxista lanza un comentario, una frase para romper el hielo, que suele ser algo sobre la ruta a seguir. Luego la conversación puede morir o puede crecer en alguna dirección, y los taxistas, como buenos relaciones públicas que son, tantean qué ideas tiene su pasajero para ver qué dicen o qué no, con qué están de acuerdo o con qué no. Es lógico. Te cobran por llevarte a casa, no por discutir. El caso es que a veces, si uno hurga y tiene paciencia y va lo suficientemente borracho, puede terminar deduciendo cosas del taxista, en función de cómo va cambiando la conversación, en función de cómo los tópicos terminan olvidados y el pasajero, yo esta noche, escucha al taxista enfervorizado, diciendo lo que piensa sobre algo.

Así que he terminado descubriendo, con mucha alegría, que mi taxista de hoy es ateo como nadie y anarquista como pocos. La patria y la religión han sido descuartizadas una vez que él empezó y se vio libre de opinar por mis comentatios relativamente afines. Las guerras, la política, Telemadrid, los cambios de sentidos y trazados de calles provocados por las obras, todo ha terminado siendo debatido en el intervalo que va de Cibeles hasta aquí, incluyendo paseo por una de las zonas turísticas de mi maltrecho coraoncito. Y uno termina bajándose del taxi lamentando el azar que hará imposible tanto el reencuentro como el recuerdo exacto de ese taxista concreto. Uno termina caminando los últimos metros hasta el portal pensando en taxistas, en compañeros de trabajo con los que vale la pena salir, en política, en inmigración, en escotes (la cabra tira al monte, es lo que tiene).

Y da cierta fe pensar que ahí fuera hay gente así, sintiendo unos principios, aplicándolos aunque en el día a día, en el volumen salarial que mueben las grandes empresas. Siempre hay esperana cuando uno constata que queda el menos UNA instuciñon inaudita.

En fin. Voy a domir de puta madre esta noche. No me esperes levantado.

3 comentarios:

  1. Yo tengo que lamentar decir que éste sábado es como uno de esos domingos desanimados y plomizos que tanto odio.

    Pero tú hablas con taxistas y eso debe de ser algo interesante. Yo no hablo con taxistas, no me sale.

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  2. Vaya, lamento leer eso. Espero que mañana que sí es domingo la cosa no vaya a peor.

    Los taxistas son gente interesante. Aunque le paseen a uno por zonas de la memoria que igual no quería visitar (al menos lo hizo corriendo a toda hostia).

    Hmmm, he conseguido dormir ocho horitas, hmmm, y tengo esa ligerísima resaca que es como las agujetas después de jugar al fútbol (supongo, que no es que juegue yo precisamente al fútbol), algo así como el recuerdo de una noche divertida.

    ¿Y ahora qué tocaba hacer?

    Ah, sí. Ducharme, comer, ver una peli, recoger un rato, y ver cuál es el plan para hoy...

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  3. ¿Cómol? ¿Es posible? ¿Un taxista que no escucha la COPE ni llama vendespañas a PetaZeta (Quequé dixit)???????
    Penitenciágite!
    The end is nigh!
    So long and thanks for all the fish!

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.