27.3.08

palabras

"Durante mi larga estancia en Francia, sólo recuerdo una ocasión en la que un dignatario de la Iglesia católica apareció en las primeras páginas de los periódicos: fue cuando el cardenal Jean Daniélou murió súbitamente "en epectasis de santidad", según explicación de un teólogo (pocos días después, Le Canard Enchaîné aclaró que el epectasis en cuestión se llamaba Mimí y era una bella bailarina de streptease ante cuyos encantos el cardenal había sucumbido del modo más literal de los posibles)."

(Javier, El dedo en la llaga)

 

Meditaba yo hace poco con la Muchacha sobre el valor de las palabras. De determinadas palabras. De lo que significa intentar expresarse con ellas, con estas cosas que uno apila con la esperanza siempre un tanto absurda (todo escritor, supongo, es bastante consciente de ello) de usar a estas pequeñas tramposas para explicar algo que, en esencia y por mucho que queramos engañarnos, tiene un grandísimo componente no verbal. Hay tantos matices en el sentimiento, hay tanta intimidad y tanta complejidad en ellos que uno se ve intentando construir una representación fiel del Conjunto de Mandelbrot con ladrillos. La herramienta común, el idioma compartido, está lastrado de partida precisamente por ser común, por ser compartido: Es algo que todos debemos utilizar, y por utilizarlo todos, no me sirve para expresar lo que es esencialmente mío. Podré construir con él aproximaciones más o menos fieles, pero al final todo se queda en una aproximación, en una proyección de la idea sobre el plano de lo decible, que podrá ser más o menos afortunada, pero nunca exacta. Y eso, a la hora de intentar decir ciertas cosas, es frustrante, porque son cosas que merecería la pena decir con exactitud, describir con todo su nivel de detalle, pintar con toda su belleza.

Hasta ahí llego habitualmente cuando pienso estas cosas, lo que como suele ser normal en mí pasa más veces de las que quizá debería. Lo raro es que siga pensando a partir de ahí, y bueno, estos días lo he hecho, y he llegado a dos bonitos peros a la teoría esta de la frustración.

El primero viene de la intuición: La comunicación no es sólo que uno se ponga a intentar decir lo que realmente quiere decir: Eso es menos de la mitad del negocio. Al interlocutor, a mi lectora, a mi oyente, le corresponde la otra parte del negocio. Y ella tiene más información que la que llevan los borrones de las palabras; ella recuerda cómo la miran mis ojos, mis sonrisas de bobo, recuerda abrazos, caricias y tonos de voz. Dispone de todo un arsenal de información no verbal, y además, cuenta también con el instinto.

El segundo viene de un blog/comic del que soy adicto, xkcd.com, en el que el otro día salía el zombie de Richard Feynman, ¡ni más ni menos!; Precisamente pensando en esto recordé yo ayer esa tira cómica, y con ella a ese genio y su empirismo declarado, todo aquello que decía de la teoría y la práctica, y que si los experimentos no concuerdan con la teoría es que la teoría está mal, y me dije pues ea: vamos a tirar de mundo real, a ver qué pasa. Si las palabras son ordinarias e incapaces de transmitir la totalidad de un sentimiento, a su reacción, a la respuesta, debe pasarle lo mismo. Así que al salir del trabajo esgrimí mi teléfono, marqué el número de la Muchacha, y cuando respondió le solté un rollo confusísimo sobre palabras, valores y recordatorios de divagaciones previas, le conté mi teoría y mis planes experimentales y, finalmente, le dije

−Te quiero.

−¡Daviiid! ¡Pero qué diceees! −me respondió.

Y como me lo dijo contentísima y muerta de risa, y como eso, al margen de las palabras, era bastante evidente, ya puedo ir dándole la patada a mi teoría sobre lo grises que son las palabras. Bueno, no sería igual desde el punto de vista literario, donde uno escribe sin toda esa información extra, sin que la intuición tenga una base sólida sobre la que trabajar. Pero, a fin de cuentas, ¿a quién coño le importa la literatura?

2 comentarios:

  1. "Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
    acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma"

    de todas formas, qué salidas tiene la muchacha esa, ¿no?

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  2. De todas formas, de todas formas. Y de colores, y sabores, y temperaturas, pero en fin, no me hagas caso, la quiero, qué voy a decir.

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.