16.1.07

Enemigo de Dios 2



Creo que ya he contado alguna vez que yo estoy acostumbrado a vivir dudando; me valen cuatro certezas para ir tirando. Por eso no suelo preguntar muchas cosas a mucha gente, lo que supongo que hace que la gente me tome por alguien a quien las vidas de los demás importan un pimiento, y no es así, es sólo que al fin y al cabo nunca puedo evitar preguntarme ¿quién soy yo y qué derecho tengo para preguntar nada?

Y por eso preguntar me cuesta horrores, y por eso ciertas cosas sólo puedo preguntárselas o a quien me importa un carajo o a quien tengo tan cerca y con quien me siento tan a salvo como para que esa duda eterna con la que siempre encaro las cosas se caiga convertida en cenizas y sepa que sí, que tengo derecho a preguntar y, muchas veces, que preguntar va a ayudar a la persona preguntada. O al menos eso pienso a veces, nunca se sabe.

El caso es que con ese panorama yo salí de fábrica con el perfil del agnóstico ejemplar; ¿cómo voy a pronunciarme sobre si creo que existe o que no existe Dios, si no me pronuncio sobre muchas otras cosas mucho más simples y mundanas? Así que yo tuve el contacto con la religión típico de nuestra generación; te cuentan de qué va la historia, te hablan de la fé, de ese ser superior que nos quiere y que nos vigila y cuida de nosotros aunque de forma tan sutil y maquiavélica que a veces es difícil darse cuenta de que está ahí. Cuando era pequeño, un tío mío me regaló una biblia infantil. Yo entonces ya leía todo lo que se me pasaba cerca, y tenía entendido que la Biblia era un libro importantísimo, pero aquella versión para niños me dejó bastante frío. Tal vez fuese que, acostumbrado como estaba a leer como un poseso, me tomé aquello no como una crónica histórica, sino como una historia más, que desde luego no figuró entre mis favoritas de por aquel entonces.

Crecí, pensé en todo aquello y cumpliendo con el destino me hice agnóstico, que era lo razonable, pero por lo visto iba algo pasado de frenada y cuando me quise dar cuenta era ateo por intuición. No entiendo muy bien por qué en un primer momento me declaré ateo; probablemente porque nunca me sonó muy coherente el discurso religioso del catolicismo que esta socidad tiene enquistado en los huesos y porque ya que tanta gente se declaraba convencida de algo tan poco claro alguien tendría que saltar al otro bando para equilibrar un poco el asunto (ah, la justicia poética, si el infierno existiese que gran herramienta demográfica sería). Por la misma razón por la que en su día flirtee con el comunismo, aunque aquello fue básicamente por darle en los morros cada vez que discutíamos a un amigo que tuve en el instituto que era muy pro-yanqui (lo que es la vida, ¿qué será de él ahora? ¿Votará al PP?). A mí es que me gustaba mucho discutir y se me daba bastante bien, así que siempre tendía a simpatizar con las opiniones contrarias a las que veía por ahí, qué tiempos. Ahora, como cara a cara sólo discuto con gente que es más lista que yo (Vero, Elena e Irene, básicamente) me va bastante peor, pero bueno.

El caso es que de todas formas yo discutía argumentos y escuchaba argumentos, y nunca me convencieron de todo aquello de la fé y de esa presencia divina que se podía notar vigilante y protectora. Sólo hubo un momento en el que por unos instantes deliciosos me sentí unido a Dios, y fue cuando siendo un chaval tuve mi primer orgasmo... en circunstancias nada bien vistas por la Iglesia, y cuando comprendí qué era aquello se desvaneció esa impresión sorprendente y me quedé con lo que había, que ya de por sí era mucho.

Luego vino la curiosidad, el intentar entender el mundo, el leer y aprender de él como podía; con libros de física, con las matemáticas. Aprendía qué es lo que sabemos del mundo, y lo contrastaba con la imagen que nos venden de Dios, con esa respuesta que a cada golpe que se lleva de cualquier teoría se retuerce, se retira ad hoc hacia las sombras. No puedes tener un dios omnipresente ni omnipotente si tienes en cuenta la Teoría de la Relatividad. No puedes tener un dios omnisciente si tienes en cuenta el Principio de Incertidumbre. No puedes tener un Creador que hiciese nada si el tiempo comenzó en el Big Bang. No puedes tener ninguna vida eterna una vez comprendes que no hay lugar para ella, y que asumir vidas eternas es una solemne insensatez. No puedes tener un dios tal y como está montado el espaciotiempo, y fuera de él no existe nada.

Y lo mejor, lo más maravilloso, es que no se necesita ningún Dios para que el mundo sea como es y para estar en paz en él, y que la existencia de uno le privaría de la gracia y la belleza que tiene, que es la gracia y la belleza del azar, de las leyes que lo gobiernan y que hacen imposible cualquier premisa, cualquier dogma que alguna vez se haya formulado sobre Dios.

Al final, a Dios, sólo le queda una alternativa posible; prescindir, una vez más, de las capacidades que se le suponían. Primero fue el antropomorfismo, la barba, la mala leche. Luego, lo de ir haciendo milagros por ahí. Luego el hablarle a la gente. Luego sus reinos. Y así, pieza a pieza, hemos ido desmontando todo lo que en su día se pensó que era Dios, para transformarlo en ese despojo huidizo que se refugia detrás de lo impreciso, y para el que el único rincón posible terminará siendo el que la genialidad de Gödel le deje en el último rincón de la gente que a pesar de todo necesite creer en algo. Y al final incluso yo, que soy la duda hecha carne, tengo que ver qué insinúa todo aquello, y puedo entonces contemplar la belleza del cielo nocturno, del brillo de tus ojos, de las nubes y de la música sabiendo que nada de eso es un decorado puesto por nadie para jugar su partida y matar su divino aburrimiento, sino algo de lo que yo formo parte, que es consistente por sí mismo, que es hermoso, y que gracias a nuestros ojos, a falta de los de nada superior, se convierte en la obra de arte sin autor que todo apunta que es.

5 comentarios:

  1. Eso sí, nadie responde a esta pregunta: ¿Para qué coño se molestó Dios en crear un planeta a toda pastilla cuando podía haberse estado tranquilito, haciendo cualquier otra cosa? ¿Tiene sentido?

    Será que yo soy como soy, pero en absoluto me agobia la idea de que después de morir no hay nada. Nada de nada. ¿Vida eterna? Eso es cosa de quien ignora por completo las virtudes del aprovechamiento de ésta que vivimos ahora, que puede ser plenamente satisfactoria.

    ResponderEliminar
  2. uy, plenamente satisfactoria... como "algunas" relaciones sexuales :º

    david, te vas a quemar en el infierno por toda la eternidad, aluego no digas que no te avisé ;P

    ResponderEliminar
  3. Sip, es verdad el bicho humanoha tardado muy poquito en despojar de divinidad a Dios, el oficial y tal unos 2000 años y los no oficiales llevan un record de casi tres millones de años...yuju!el ser humano es super rapido eh?;P
    De todas formas eso de encontrar repentinos halagos y más asociados a discusiones mosquea...¿que vas a pedir? o_O

    ResponderEliminar
  4. Yo te diría que nosotros, los hombrecicos siempre pedimos sexo, pero creo conveniente no mezclar a Dios con el sexo.

    Uhm... Scarlett Johansson...

    Quiero decir: que para creer en algo, yo soy partidario de creer en cosas útiles como palos de escoba o gas metano extraído de excrementos de vaca.

    ResponderEliminar
  5. Pues yo he intentado varias veces dejar de ser atea, básicamente por egoísmo, para tener "Alguien" en quien ampararme en los momentos de angustia y a quien echarle la culpa de tantas y tantas cosas...Pero mis esfuerzos fueron en vano, sigo pensando que el hombre creó a Dios a su imagen y semejanza y no al revés....

    ResponderEliminar

Con la tecnología de Blogger.

Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.