24.7.06

Las chanclas, joder, las chanclas

Eso era lo que se me olvidaba el viernes, y lo que sólo conseguí recordar a los 100 kilómetros de viaje. Pero fue un pequeño consuelo saber que efectivamente había olvidado, recordado y vuelto a olvidar algo, que ya sabemos cómo se las gasta el cerebro y haber sufrido todos esos procesos resulta más tranquilizador que no haberlos experimentado y pensar que sí, no sé si me explico. Bueno, da igual: Que eran las chanclas, para alegría de mi agente, que dice que chancla es una de sus palabras favoritas y se pone muy contenta cada vez que la escucha, a pesar de la manifiesta tristeza de quien la dice en el deprimente contexto de la toma de conciencia de haberlas dejado abandonadas en Madrid.

Es cruel, pero además de mi agente es mi amiga y a las amigas se las quiere como son, qué le vamos a hacer.

Curioso cacharro este del cerebro. Una amiga me contaba que le habían estado hablando de unas operaciones en las que tenían que quitarle a los pacientes un trozo de algo (que podría ser cualquier cosa porque no lo recuerdo) y para ello tenían que hurgar en el cerebro. Pero como en el cerebro hay que hurgar con cuidado, antes los médicos y cirujanos, si es que no son lo mismo (nunca vi suficientes capítulos de Urgencias como para aclarar la duda), trazaban un mapa del cerebro. Así que le abrían la tapa de los sesos al paciente, literalmente, y se ponían a preguntarle cosas como que dijese colores, o contase ("uno, dos, tres", etcétera), y que cuando apretaban con alguno de esos utensilios brillantes que usan los médicos y que dan tanta grima en algunos puntos de nuestra esponja pensante pasaban cosas como que el paciente decía "uno, dos, treeeeeeee..." hasta que dejaban de hacer presión y seguía "...es, cuatro, cinco...", o que empezaba a desvariar y se escuchaban cosas como "rojo, azul, amarillo, y entonces ella le dijo que no podía quedar esa tarde pero que marrón, verde, negro...", sin que el paciente fuese consciente de que se había parado o había empezado a desvariar.

Conclusión: No hay que fiarse del cerebro. Pero el cerebro es lo que nos contiene y lo que contiene lo que para nosotros es el mundo, es decir, lo es todo, y como asumimos el mundo a nuestro alrededor como algo consistente terminamos fiándonos de lo que sentimos o creemos sentir sin pararnos a pensar que ese montón de neuronas apelmazadas son un mecanismo que tiene sus fallos y sus desvaríos.

Y a veces es útil tener esto en cuenta, cuando una noche de copas uno se siente fatal y el mundo se le viene encima y el alma empieza a resquebrajarse en mil fracturas cortantes y afiladas, y asumir que al fin y al cabo no pasa nada, que todo sigue igual, que el cerebro estará haciendo de las suyas y que el alcohol siempre le hace funcionar de maneras no habituales.

El problema, claro, es que todo esto sólo puede verse y pensarse a posteriori, y que mientras uno ladra, gruñe, muerde, busca los rincones y reacciona, en general, como cualquier otro animal herido, aunque la herida sea inventada y esté tan por dentro, y que luego sólo se puede recurrir a la humildad, a los coches detenidos en las cunetas, a amargarle la resaca a la gente con las disculpas y a seguir actuando como el perro que todos llevamos dentro (yo con tanta naturalidad que da que pensar) y gimotear y mendigar entre lágrimas una sonrisa de disculpa que a veces no aparece y uno se siente morir, sabiendo que sin esa sonrisa dormir, ese placer tan ajeno ya, será imposible por los siglos de los siglos.

Pero bueno. Como me rodeo de gente tan estupenda, y como, supongo, esa gente sabe que además de un idiota dentro de mí hay unas cuantas personas, algunas de las cuales valen la pena, y que uno no es sólo la suma de sus traiciones y sus estupideces porque algo más hay y algo más queda, pues al final la gente se descubre con una paciencia que probablemente les sorprenda hasta a ellos, y yo consigo dormir otra vez. Así que gracias a todas las personas que en su día me habéis perdonado, de corazón, en serio: gracias.

Y también muchas gracias a los pájaros que andan por ahí probando sus alas, que por tarde que llamen siempre aseguran que uno, aunque interrumpa su sueño para oírles cantar, va a seguir durmiendo con la mayor de las sonrisas.

3 comentarios:

  1. Diré que los médicos no son siempre cirujanos, pero que los cirujanos sí que son médicos siempre.

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  2. Hmmm, sí, bueno, en realidad eso lo tenía bastante claro, sólo quería dármelas de ignorante de la vida. Pero gracias de todas formas ^__^

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.