19.2.10

cine

Mis mil disculpas, mil mis disculpas, disculpas mis mil, mis mis milculpas: ando un poco offline (lo pronuncio offflainnn, conste) últimamente. Son por cosas que pasan: va uno y piensa ¡coño, voy a escribir en el blog, que lo tengo abandonado (lo pronuncio abandonaíto, conste bis)!, y suceden cosas como que son las dos de la mañana de un lunes y tengo sueño, o voy en el metro, o es miércoles y se acaba de bajar Lost. Los dramas del día a día. Y la cama sin hacer y el blog sin actualizar. Me sonrojo y me arrodillo y clamo al cielo por tu perdón (y que Vanbrugh no se emocione: clamo al cielo porque me gustan las estrellas, y también los asteroides y los satélites de observación precisa de las agencias gubernamentales).

Dicho eso me arremango y cuento: con tanto tiempo sin escribir nada de nada se me han ido acumulando absurdeces que decir que, mayormente, he ido olvidando, pero que me han provocado un nada curioso síndrome de desagüe atascado. Temo que pueda salir de ahí. Bueno, va, no lo temo, qué voy a temer eso, prefiero temer que el equipo francés ese de mierda nos meta cuatro goles en el Bernabeu: hay que concentrar los miedos en lo que realmente no importa.

Y no sé, por ejemplo en algún momento he pensado contar los presagios lúgubres que están surgiendo en la secta. Son culpa de un tipo que, irónicamente para currar donde lo hacemos, se llama Ángel, que un día (en realidad esta mañana, pero digo "un día" para que parezca que he estado pensando cosas que escribir aquí más a menudo. Mentirijillas de esas inocentes) vino a quejarse de lo alto que estaba el aire acondicionado, como si fuera raro eso en un sitio que, bueno, pretender reflejar fielmente los efluvios del patio de Satán, diciendo que una planta que tenía debajo del aparato emisor de calentura había echado a arder en una combustión espontánea espantosa.

La gente le sonrió incómoda y dijo ja ja, exageras, y Ángel les enseñaba el extintor vacío y su camisa manchada de espuma antiincendios y todo el mundo mirando para otro lado, je je, Ángel, cómo eres. Porque claro, el tema de las plantas que de pronto echan a arder, consulta tu Biblia de cabecera, es un tema exclusivo de la Competencia. En los momentos de más calma (es decir, media hora después de la hora de la comida, cuando andan las sangres circulando por alrededor de los sistemas digestivos) se escuchan los temblores de las rodillas repiqueteando, claclaclaclaclá.

Pero bah, qué más da, un apocalipsis más, un apocalipsis menos. Paso de darle a eso el protagonismo de este post tardón. En su lugar, que se lo lleve el cine, ese invento mágico al que tan abandonado tengo por culpa de las series (que no es culpa mía, oiga, que es que me he puesto a ver The Shield y es un no parar. Otro día la hecho flores, que ese es otro tema pendiente). Tan abandonado en general, aunque últimamente estoy yendo más de lo que iba en ese tiempo que sería el "últimamente" anterior al últimamente anterior. Hace dos ratos, vaya. Este lunes, por ejemplo, fuimos un comité de fanáticos de Cormac McCarthy a ver The Road, con la amable intención de poner a la peli a caer de un burro por no respetar la novela (por ejemplo podríamos quejarnos de que se escuche hablar a cada personaje, en lugar de intentar emular el estilo de los diálogos del señor McCarthy, qué sé yo, haciendo que todo lo que se dice en la peli lo diga una voz en off átona y chunga). Mis secuaces no pudieron porque les gustó la peli. Yo no pude por la iluminación y la escenografía, fan como soy, ya sabes, de la imagen decadente y detallista y decrépita y deshecha, me pasé la peli diciendo "oooh, un coche lleno de corrosión y de roña" y "aaah, qué maravilla de carretera destrozada" y "uuuh, qué gloriosa casa derruida". Pero antes de esta peli las otras tres que vi, del tirón, fueron Avatar, The Hurt Locker y Sherlok Holmes, que comparten la curiosa característica de ser tres películas hechas por tres directores cuyas ex-parejas conozco: la de James Cameron es Katryn Bigelow, la de Katrin Bigelow es James Cameron (en serio: los Oscar van a estar graciosísimos este año, entre los premios gordos que se van a jugar y las caras que van a ir poniendo) y la de Guy Ritchie quedó gloriosamente retratada en aquel corto que, en sus tiempos más chungos, nos recordaba que algo de gracia le quedaba.

Eso me ha entretenido bastante porque yo soy mucho de darle vueltas a las ideas tontas por razones sobre las que, la verdad, prefiero no pensar mucho, pero mientras veíamos The Road, que es una peli oscurísima (porque si no, bueno, supongo que se le aparecería el Juez de Meridiano de sangre al director y le cosería a tiros), me di de pronto cuenta de una de esas obviedades que el cine tiene la grandeza de escamotearnos: el negro que uno ve proyectado en una pantalla de cine, o lo que vemos como negro, es algo que está sucediendo, en realidad, sobre una superficie blanca, mediante el simplísimo método de dejar que nuestra vista, que es muy suya para calibrar contrastes, lo finja negro, cuando cualquier punto de la sala en el que pongamos la vista (exceptuando, claro, las lucecitas que indican las filas de asientos y las pantallas de los móviles de esos tipos infectos que reciben y mandan mensajes en los cines, los tíos cretinos) es, en realidad, bastante más negro.

Y pensé: he ahí la magia del cine. Toda su esencia, hacer pasar por real aquello que no lo es ni de coña (¿quién, del negocio, fue quien dijo aquello de que lo bueno del cine era que para que saliese un coche estrellándose no hacía falta ni un accidente ni, en rigor, un coche?), viene en esencia resumido en eso: vemos negro donde no lo hay, cómo no vamos luego a tragarnos que el Titanic se hunde, o que los dinosaurios corretean intentando mordisquear los tobillos de Sam Neill, o que Tom Hanks ataca, malherido e impotente al pie de un maldito puente francés, a un Panzer con su Colt M1911?

3 comentarios:

  1. lo ha dicho usté muy requetebién. Pero sepa que, mientras están proyectando la peli, el negro es negro y el coche en llamas es un coche en llamas.

    Todo lo demás es cosa de intelectuales resabiaos.

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.