16.6.08

viaje al centro de la tierra

Digo yo que si tenemos algo que se llama Planeta y nos posamos en su superficie y descendemos a su mismísimo fondo, entonces, ¿estaremos en el centro de la Tierra, no? ¡Viva Julio Verne!

Pues a eso se terminó dedicando el viernes los integrantes del Untergrundkommando. A eso, a ingerir todo canapé que pasaba cerca, a beber todo lo bebible (mezclando, claro, que cunde más) y a echar a codazos a todo el que quiso acercársenos a compartir las vistas desde la barandilla de la azotea. Pero de buenas maneras, ¿eh?, que venían diciendo eso de “oh mira Paquita, ¡qué bellas vistas, si desde aquí se ve el hospital donde está la abuela!” y nosotros les explicábamos pacientemente al grito de ¡fuera, coño, que estamos haciendo fotos! Espido Freire era bajita, Lucía Etxebarría, bueno, es Lucía Etxebarría, con perdón por lo peyorativo, y ambas dos se vestían de una forma tal que distinguirlas desde un avión a gran altura fuese sencillo para aquellos observadores que, no aquejados de daltonismo, se dignasen a dirigir su vista al nivel del suelo. Del suelo de quienes no están en el avión, o sea, no al suelo del avión. Porque los suelos no son únicos. Cada par de pies tiene el suyo, excepto cuando uno salta o hace el pino o los deja colgar de un taburete, o dos, cuando por ejemplo reposan a alturas distintas. Y no descarto otras posibilidades pero, supongo que se nota, tengo un poco de prisa y, qué le vamos a hacer, el cuerpo me pide correr. Igual es por solidaridad con la Eurocopa, y con esos futbolistas (ojo, no todos) que se pasan el partido corriendo que parece que el entrenador los ha castigado, ale, Sköhhansker, dese usted ochocientas catorce vueltas al campo mientras el resto de sus compañeros juegan el partido, y la próxima vez que se coma usted todo el helado de chocolate del postre se lo piensa antes, por si lo quiere compartir, y si no le vuelvo a ayudar con otra carrerita.

En fin, volviendo a los niveles, no hicimos gran cosa. Ni arrojamos desde la azotea a ningún autor de prestigio ni nos zambullimos en ningún recipiente de ponche ni le bajamos los pantalones a ningún editor todopoderoso. Es más, andábamos tan distraídos que la capulla de Virginia, cuya tarea era inmortalizar los escarceos amorosos de los asistentes por si sacábamos alguna foto digna de chantaje, hizo todas las fotos de ese palo encañonándonos a la Muchacha y a mí. Y no sé, da una cierta cosa estar en una fiesta ajena atestada de gente y sentir sobre el cogote de uno el repiqueto constante de un flash, yo creo que con unos cuantos cientos de millones de euros en el banco igual podría acostumbrarme.

Y volviendo a volver a los niveles, cuando terminamos de no hacer gran cosa, que vino a ser cuando terminamos con los canapés y las bebidas gratis, nos fuimos. Pero es que van provocando, oye, y uno no es de piedra: para subirnos a la azotea, unas azafatas profesionalmente hipersonrientes (lástima que no tenga planeado usar las palabras azafrán, azada y azaroso en breve, qué de azas juntas podría poner) nos llamaron un ascensor, nos embutieron en él y como en la pelis de espías activaron el botón del ático con una llavecita, pero para bajar nadie le recogía a uno y nada impedía dar a multitud de botones, así que por esas necesidades de hacer el ganso que a veces tiene el ser humano cuerdo terminamos en el cuarto sótano, contemplando una caja fuerte cerrada que había allí, en mitad de un pasillo, y pensando qué maravillas podría contener. Pero como nadie tenía bolsillos del tamaño y la resistencia adecuadas la dejamos allí y nos fuimos a un bar en el que las copas eran infinitamente caras, así que nos limitamos a entrar, ir hasta la barra, gritar por mí, por todos mis compañeros y por mí el primero y luego irnos a otro bar, más barato, donde nos dieron las mil hablando de viajes transoceánicos, de vidas tormentosas y de Naranjito, aunque no sé si eso último lo soñé, porque yo soy perfectamente capaz de malgastar una noche de sueño así, mientras a mi lado la Muchacha nos sueña de vacaciones en México, que yo no sé quién es el que nos vende los sueños pero vamos, que en cuanto pueda yo me cambio de operadora.

 

Y más o menos eso fue todo, aparte del 2-1 a Suecia, pero vamos, que para hablar de eso ya tenemos a Juanma Trueba, y yo soy indigno.

4 comentarios:

  1. Oiga,



    una pregunta: ¿Por qué "y la cama sin hacer"?

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  2. Pues porque cuando empecé todo esto del blog y demás ya pasaba yo demasiado tiempo pegado a la pantalla, y tenía los cacharros por fregar, un afeitado pendiente, los filetillos de lomo de mi madre semiextintos y congeladísimos... y la cama sin hacer.

    No sé, me pareció un buen sumario, un presagio, y una bonita cosa para tener ahí bien clarita.

    Además, me gustan más las camas deshechas que las hechas.

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  3. Por cierto, que dice aquí la Muchacha, a mis espaldas, que te diga hola. Hola. Para mí que ya se ha vuelto a dormir. Qué envidia.

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  4. Con vodafone, si eres cliente oro (o sea de esos que se dejan la mitad de la nómina), te mandan a soñar a Marbella. Yo nunca lo he entendido muy bien.

    Lo de las operadoras de sueños es un gran tema...

    Me invitaron a esa fiesta de Planeta... pero me fui a Sevilla a beber cerveza en botellín y a comer caracoles. Si alguna vez podéis colaros en la fiesta de la Residencia de Estudiantes, no lo dejéis escapar: los canapés son inacabables y maravillosos; hay un puesto de cerveza de abadía; un centro con ensaladas; champagne nada más llegar y mini cornetos durante la noche y otra vez canapés, más cerveza, ensalada... Creo que tengo que desayunar.

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Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.