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25.4.11

tengo correo

Me escribe tan poca gente que cuando me llega un correo me emociono y me pongo supercontento y me da un ansia tremenda de responder con todo el ímpetu posible.

Así que me he puesto contentísimo cuando he recibido un correo del señor de la foto o de alguien que se llama exactamente como él. Me ha escrito en portugués, así que yo le he respondido en inglés.

Su correo, en portugués, decía esto (salvo por la imagen del calendario, que era otra, pero yo pongo esta que queda más clarita):
From: cicero assis
To: me
Subject: Enc: Julho/2011

Boa Sorte!!!




Este ano, Julho terá 5 sexta-feiras, 5 sábados e 5 domingos.

Isto acontece uma vez a cada 823 anos. Estes anos são conhecidos como 'Money bag'.

Passe para 8 boas pessoas e o dinheiro aparece em 4 dias, baseado no Fengshui chinês.

Quem parar não recebe, diz aqui...
Bom, não custa tentar....
A lo que yo, en inglés, he respondido esto:
From: me
To: cicero assis
Subject: Re: Julho/2011

Hello, Cicero.

First of all forgive me in advance for replying you in English: I consider myself allowed to, as you wrote me in Portuguese, being a language I don't speak nor write.

Secondly, I think I grasped that you were saying that 2011 was an unusual year as this year July have 15 days who are either friday, saturday or sunday which according to your mail only happens once every 823 years. That would mean that this would happen, for any given year, 0.00125% of the time, and that the last time it happened would be around the year 1188 (that would had been quite odd if you consider that we weren't even using the calendar we use today, the Gregorian Calendar in 1188, since it started being used in 1582), and the next year in which this happens would be around the year 2834.

I'm sincerely interested in knowing what math you did to get that numbers: being a mathematician myself, and noticing the fact that July always had, have and will always have 31 days, I would expect this 10 weekend days plus five fridays thing to happen once every seven years, being that those in which July starts on friday, as this is. This would mean that it happens about 14.29% of the time, going that percentage a bit up or down with leap years (but, being placed steadly, at the long run that won't change that percentage quite much).

For example, this happens this year, but happened also in 2005 and in a total of 14 years of the XX century (1994, 1988, 1983, 1977, 1966, 1960, 1955, 1949, 1938, 1932, 1927, 1921, 1910 and 1904), which for a total of 100 years gives a 14% chance of the circunstance happening for every year, which is pretty closer to my numbers than to yours.

And lastly, I would appreciate if you could stop sending me unsolicited spam of every kind, and specifically if it contains stupidities like this.
Regards,

-Dave.

P.S. July will have again 5 fridays, saturdays and sundays in 2016. When that year comes you should consider not bothering people pretending to tell them how rare that thing is (and actually telling them just that you can't count), but if you do start correcting your data and just say that it didn't happened for 5 years, not eight centuries.

2.10.07

no todo es relativo



Estoy yo aquí pasando el principio de la semana muy ocupado en lo musical (descubrimientos de la semana, por ahora: Los inmensos Cult of Luna, Die Apokalyptischen Reiter y Ted Maul. Y un disco a medio bajar de The Project Hate MCMXCIX. No está mal para dos días) y mientras tengo esto abandonado, porque lo de ayer fue un copy & paste rastrero, por mucho que me apeteciera compartir. De todas formas he estado pensando en eso de postear y/o escribir cuentos y he pensado que a partir de ayer voy a dedicar los lunes a eso. A ver si así me animo los fines de semana a hacer algo, en vista de que mi agenda y trepidante (ji ji) ritmo de vida no me deja ni de coña dedicarle una semanita al cercenado neuronal de un Proyecto Escoplo de ritmo diario.

Así que nada, vamos con una petición: Pedía Isabel que hablase de mates, y yo que soy muy sensible a las peticiones de las chicas guapas, como ya he comentado alguna vez, me pongo a ello, con el ligero desconcierto que para mí supone hablar de matemáticas porque, bien mirado, todo son matemáticas.

Y bueno, aprovecho para ponerme reivindicativo y barrer para casa y hoy os cuento algo por lo que los físicos se echan bastantes flores pero que Jesús Gonzalo, profesor de mis dos últimas geometrías, definió como patrimonio matemático: La Teoría de la Relatividad.

Se supone que la Teoría de la Relatividad es algo aterrador y profundamente arcano. De hecho, sospecho que la mera mención de su nombre haya hecho que cierres la página e igual estoy aquí tecleando para nadie, pero en realidad, y como pasa siempre en matemáticas, la idea, una vez que se comprende, es bien sencilla. En fin, si has pasado de su mera mención dame un voto de confianza, a ver lo que valgo como divulgador.

¿Y qué es, exactamente, la Teoría de la Relatividad? Cuando sale en el diálogo coloquial, la gente suele resumirla diciendo eso tan manido de que todo es relativo, que ya lo dijo Einstein que era un tipo muy listo y tenía pinta de sabio loco, pero en realidad lo que dijo Einstein era, en cierto sentido, todo lo contrario: Lo que vino a decir Einstein era que la velocidad de la luz (en el vacío, eso sí) es la que es y es para todos la misma, y que da igual que uno esté moviéndose a una velocidad en una dirección o en otra a otra, o quieto, mientras no esté acelerando (o sea, sometido a una fuerza). Esto era consecuencia de unas ecuaciones que se había descubierto que cumplía la luz, las ecuaciones de Maxwell, pero a todo el mundo le sonaba un poco raro porque al fin y al cabo si yo estoy quieto y a mi lado pasa un coche con las luces encendidas ¿no debería ir la luz más rápido para mí, que estoy quieto, que para el coche, que al fin y al cabo se está moviendo en su misma dirección? O sea, ¿no debería para mí la velocidad de la luz ser la de la propia luz respecto al coche mas la del coche?

Y la respuesta, genial ella y de una belleza inmensa, es que no. Ya antes, no recuerdo quién (y un paseo rápido por Google no me lo dice, aunque si más tarde lo veo edito y tal) había tenido la idea estupenda ella de determinar la velocidad total a la que se movía la tierra por el espacio a base de medir la velocidad de la luz cuando la tierra se movía hacia la dirección en la que se emitía el rayo y compararla con la que te tenía cuando se movía perpendicular a la dirección del rayo, y para su inmenso chasco le había salido que era la misma, resultado este desconcertante hasta que uno no se lo toma en serio y, puestos a ello, se apellida Einstein y no le hace ascos a cambiar un paradigma. Es decir, que empíricamente se sabía que aquello era así, las ecuaciones de Maxwell lo insinuaban, y nadie lo entendía, hasta que Einstein publicó aquellos papelotes que lo hicieron famoso y lo sacaron de la oficina de patentes.

Y esa es, en esencia, la teoría. Lo que pasa, y donde está lo genial y la maravilla, una de esas cosas que justifican que alguien pueda llamar bella a la física (porque, en realidad, lo que hace es hacer comprensible y patente la belleza del propio universo), está en las implicaciones. Vamos con alguna.

Para empezar, si para el coche que pasa a mi lado la velocidad de la luz de sus faros es la misma que para mí, que estoy inmóvil a su lado, eso significa que el tiempo no pasa igual para el coche que para mí. Todas estas cosas se comprenden mejor si exageramos mucho la situación: Pongamos que en vez de un coche es una nave espacial (o mi Toyota Celica el día que termine con él en el Need for Speed, ja ja) que va a la mitad de la velocidad de la luz. Pongamos que hay una casa inmóvil, como suelen estar las casas, a una cierta distancia, entonces la luz va a terminar un tiempo en llegar a ella. Pero desde el punto de vista de quien pilote la nave la luz también se está alejando de ella a la velocidad de la luz, y el muro está a una distancia y la luz tarda en alcanzarlo un tiempo. Pero si la distancia fuese la misma y se tardase el mismo tiempo que puedo medir yo, entonces la luz llegaría antes para la gente de la nave, y eso no tendría sentido. ¿Qué hace entonces el espaciotiempo? Pues se nos arruga: El espacio se acorta y el tiempo se frena, de forma que según el capitán de la nave todo encaja, la pared está ahí, la luz se aleja a la velocidad que tiene que alejarse, recorre la distancia que tiene que recorrer en el tiempo que le hace falta y alcanza la pared a tiempo de ser exactamente el mismo suceso que yo, fuera de la nave y observador inmóvil respecto al muro, alcanzo a ver.

De aquí sale la mal llamada "paradoja de los gemelos", que dice que si tienes dos hermanos gemelos y mandas uno a hacer un viajecito a velocidades cercanas a la de la luz, para cuando vuelva estará más joven que el hermano que dejó atrás, porque "su tiempo", digamos, habrá transcurrido más despacio. Y de nuevo esto se ha medido esperimentalmente, a base de tener relojes muy precisos y mantener uno quieto y mover el otro muy deprisa; a día de hoy los relojes de los satélites, que se mueven más rápido que nosotros, tienen que tener en cuenta y corregir este efecto si quieren seguir yendo coordinados con los de quienes les controlan desde tierra. Y claro, también otro, de la Relatividad General, que dice que los relojes que están en campos gravitatorios van más lentos cuanto más fuerte es el campo.

Surgen también otras situaciones que sí que pueden ser paradójicas, como que los acontecimientos que para alguien ocurren a la vez pasan en tiempos diferentes para alguien que no se mueven en su dirección y con su velocidad. Ahondaba en lo raro de este asunto Roger Penrose en La Nueva Mente del Emperador suponiendo que en Andrómeda existía una civilización que descubría de nuestra existencia y que en un momento dado, en el instante al que, digamos, llamaría presente un tipo que está sentado en un banco del Retiro dando de comer a las palomas, deciden mandar su flota para acá para exterminarnos. Pero para alguien que camina hacia ese hombre enfilando la dirección de Andrómeda y para alguien que lo hace alejándose de ella, ese instante no sólo no sería el de la toma de la decisión, sino que para uno de ellos, según lo que ellos podrían definir legítimamente como "presente", esa decisión habría sido tomada hace días, y para el otro aún estaría por tomar. El truco, y lo que iguala el asunto, es que realmente da igual todo lo que pase ahora mismo en Andrómeda, o todo lo que pase en el tiempo que necesita la luz para llegar de allí hasta aquí; el presente termina siendo una cosa que además de frágil es bastante arbitraria e inútil. Aunque nos sigamos empeñando en poner los despertadores a cierta hora (que vale que a nuestra escala tiene sentido, pero dan ganas de mandarlos a la mierda por ser coherente con las leyes que nos rigen).

Una de las cosas que más choca respecto a todo esto es la de que no se pueda pasar la velocidad de la luz. Va contra nuestra intuición matemática y el paradigma local en el que la desarrollamos: ¿Qué pasa si algo se acerca a esa velocidad y luego lanza algo muy rápido, no puede llegar, o pasarla? Al fin y al cabo si tienes un coche que va a 100 km/h y otro le pasa a 200 km/h entonces para el primer coche es como si él estuviese quieto y el otro lo pasase a 100 km/h. Pues sí, y no. En realidad no, pero parece que sí porque van muy lentos, comparados con la luz, y no se nota nada extraño. Pero en realidad la suma de las velocidades no es la velocidad total (leyendo un ejemplillo en Wikipedia, si una nave que va a dos terceras partes de la velocidad de la luz lanza un misil que va a dos terceras partes de la velocidad de la luz, el proyectil no va a cuatro terceras partes de la velocidad de la luz, sino a doce treceavas partes, es decir, que ocurre que 2/3 + 2/3 = 12/13. Suspenso en matemáticas para la luz, si uno no cambia de paradigma). Esto es así porque para acelerar un objeto (digamos, la nave espacial esta o mi Toyota Celica) hace falta invertir en él una fuerza, pero cuanto más rápido va más fuerza hace falta invertir y menos conseguimos acelerarlo, de forma que nunca vamos a poder rebasar esa velocidad. Pero sí frenar el tiempo todo lo que queramos, como decía hace dos párrafos, de forma que es relativamente sencillo viajar lo que podría definirse como una máquina del tiempo que viaje exclusivamente hacia el futuro, y que sería simplemente un vehículo capaz de acelerar muchísimo y alcanzar una velocidad cercana a la de la luz. Entre que el espacio se encoje cuanto más rápido va uno y que el tiempo se frena, esto es el billete de ida a las estrellas, si uno está dispuesto a pagar el precio que supone saber que si se aleja, digamos, mil años luz de la tierra entonces cuando llegue allí, por mucho que a él le haya costado digamos un par de años, en la tierra habrán pasado mil y no quedará con vida nadie que él conociese. Yo lo veo terriblemente romántico: Si alguien pretende viajar a las estrellas, debe hacerlo sabiendo que quema sus naves, que lo que deje atrás desaparecerá en un pasado que ocurrirá a cámara rápida para él.

Aunque también hay una forma optimista de verlo, claro: Lo que todo esto significa es que por largo que sea un camino una vez que uno se pone a recorrerlo el camino, aparte de ir siendo cada vez más corto porque al fin y al cabo uno va dando pasitos, se acorta como efecto de la propia velocidad que uno lleva y de la naturaleza de este mundo raro y bonito en el que vivimos.

¿Y no es esto todo física, y dónde diablos se esconden las matemáticas del tema? En las ecuaciones que no escribo, naturalmente, pero sobre todo en ese sentido común que hace falta para aceptar que dos cosas tan cotidianas como la distancia y el tiempo, que para mi día a día son exactamente iguales que las tuyas, no lo son, y de hecho cambian constantemente. Para darse cuenta de que todo esto es simple geometría, simple topología: Tenemos lo que se llama una métrica, que es una forma de definir distancias, en este caso en función de tiempos relacionándolas por la velocidad de la luz (299.792 metros son la distancia que recorre la luz en un segundo, por ejemplo, y algo más de tres millonésimas de segundo es lo que tarda la luz en recorrer un metro), y tenemos un espacio, en el que vivimos. Y cuando uno tiene una distancia y un espacio lo único que tiene es una topología. Que se dan en 2º curso en la Universidad Autónoma, y son entretenidísimas.

En fin, es algo sobre lo que hay que pensar, para alcanzar a entenderlo. Se cuenta que en tiempos de Einstein le preguntaron a Arthur Eddington, primer astrónomo en buscar y encontrar pruebas que apoyasen la teoría de Einstein, si era cierto que sólo tres personas en el mundo comprendían esa teoría, y que Eddington respondió que le diesen un tiempo para pensar quién podía ser la tercera. Y a día de hoy yo, humildísimo matemático, me hago una idea de qué va el circo este. Y si yo me la hago, está al alcance de cualquiera.

La receta es bien simple: La velocidad de la luz es la misma para cualquier observador que se mueva a velocidad constante, y luego simplemente es darle al coco y ver qué tiene que pasar cuando parece que alguien podría ver la luz moverse a una velocidad distinta. Y el resto es rayarse un ratito.

20.7.07

1 de 3: matemáticos de incógnito

Hoy he decidido saltarme a la torera esta norma no escrita de "no más de un post al día" y voy a poner dos, porque yo lo valgo y porque es viernes, ala. O tal vez tres (aunque poca guerra me va a dar el tercero). Y voy a empezar en plan temerario, por la que más posibilidades tiene de espantar al público. Con un par: Actitud suicida total, ¡voy a hablar de matemáticas! Y para ello nos hace falta música apropiada: ¡Algo grande, épico!



Y sí, mucho aborrecer las matemáticas, mucho poner cada de asco cuando a uno le da por hablar de espacios cocientes, geometría o teoría de números, y últimamente me está dejando de piedra la cantidad de matemáticos de espíritu que hay por el mundo.

¡Espera! ¿¡Qué haces!? ¡No huyas! ¡Sigue leyendo! Estaría bonito que vaya a explicarte por qué en el fondo hay una matemática en ti y tú pases de leer esto porque habla de matemáticas. Por favor, un poquito de coherencia, ¿no? No me hagas ir a por las bridas

Sigo. Estas últimas semanas le he estado preguntando a la gente ¿cuál es la diferencia entre un donut y un balón de baloncesto?

Piénsala, piénsala. Tómate cinco segundos para pensarla.

La pregunta tiene historia. Cuando yo di Topología, una de las asignaturas más fascinantes de la carrera, tuve la inmensa suerte de tener a dos profesores geniales, entusiastas y, en definitiva, locos: José Pedro Moreno Díaz y Fernando Chamizo Lorente (que tenía y mantiene una página web supercutre y genial). Del primero siempre recordaré aquel examen en el que, con el aula llena de alumnos asustados, dijo aquello de "bueno, ya sabéis que no va a aprobar quien no ponga en el examen la contraseña '¡Aupa Atleti!', ¿eh?", y el segundo tenía la buena costumbre de sacar unos apuntes del curso que ponía en su página web, donde uno podía encontrar cosas como a AC/DC mencionados en la bibliografía y citados entre teoremas, demostraciones y reflexiones. Pues bien, de Topología naturalmente tiene sus apuntes, cuyo subtítulo era "La Topología de segundo no es tan difícil". Se suponía que lo era, y se tenía por tal. Pero ambos profesores conseguían tener razón.

Bueno, a lo que iba. El primer día de clase nos repartieron una introducción que empezaba explicando la esencia de la asignatura diciendo, precisamente, que gracias a ella podríamos distinguir por fin entre donuts y balones de baloncesto.

Pues bien, la respuesta a la pregunta que hacía ahí arriba suele ser, precisamente, que la diferencia entre ambos objetos es que el donut tiene un agujero y el balón de baloncesto no. En serio, alrededor de un 80% me ha respondido eso, en vez de decir que uno es mayor que el otro, o que uno se come y el otro no (no especifico cuál cumple qué cosa para que puedas experimentar por tu cuenta. Por fomentar el empirismo). Y a mí me da por sonreír y pensar que de las mil evidencias obvias, la gente va a escoger una que pertenece al nuestro imperio abstracto e ideal. Mucho bla bla bla y luego de vez en cuando a la gente le salta el pequeño matemático que todos llevamos dentro.

Se supone que las matemáticas son la asignatura más jodida que estudian nuestros chavales (o los de otras personas). Hace unos días aparecieron (creo que en El País del pasado domingo) unas estadísticas sobre los suspensos de selectividad, que naturalmente no voy a molestarme en buscar, que mostraban cómo mi asignatura querida era la que más gente suspendía. Y en consecuencia la que más gente aborrece, la que consigue más mala prensa y la que termina sólo atrayendo o a románticos, o a los que la nota de selectividad no dio para otra cosa o a aquellos que, simplemente, se equivocaron al rellenar la hojita con sus preferencias. Pero igual que se suponía que la topología era complicada, la cuestión está en cómo se enseña. Porque las matemáticas no son difíciles. Porque las matemáticas, a su manera (que no es tan difícil de ver en el instituto), son intuitivas, son prácticas, y cuando están bien explicadas se resumen en un montón de trivialidades. Yo recuerdo cuando di las derivadas y las integrales: Nadie se molestó en explicarme qué coño era eso. Y las pocas veces que he tenido que darle alguna clase a algún estudiante de instituto desesperado, es lo primero que he hecho. Meterle la lección, pero teniéndole entretenido. Explicando qué es cada cosa, por qué se mira, para qué vale, y contando alguna batallita al respecto. Las hay a patadas, en serio: Pocas profesiones atraen a tal cantidad de gente extremadamente rara, inteligente y distraída, y esa gente suele tener todas las papeletas para que les pasen cosas divertidas.

Y ya está. ¿Ves? No ha dolido ni nada. No voy a hablar más de topología, aunque voy a recomendarte el artículo de la Wikipedia en español al respecto (donde, por cierto, aluden a por qué hacemos topología al utilizar un plano del metro). Pero porque está entretenido. En serio. ¿Cuándo te he mentido yo?

13.6.07

la seducción


¿Cómo ligar? ¿Cómo seducir a una mujer, o a un hombre, o a lo que uno le guste? ¿Cómo conseguir sexo? ¿Cómo llevarse a alguien a la cama?

Todas estas preguntas no son un intento de atraer visitas, cosa que por otra parte y viendo cómo se portan los buscadores probablemente ocurra (querido lector, si viniste buscando eso no te sientas en una encerrona, pero tampoco te esperes gran cosa), sino preguntas que intuyo forman parte del runrun mental de la humanidad desde que el primer mono se cayó del árbol y ya que estaba ahí se daba si eso un paseo a dos patas por entre los arbustos, si no incluso desde antes. A fin de cuentas, a nadie le amarga un dulce y mucho menos algo de sexo de vez en cuando, a no ser que sea un degenerado mental como, digamos, un cura y una monja. Lo que no quiere decir que esté llamando degenerados a los célibes que por el mundo caminan, Gauss me libre, porque entonces me lo estaría llamando a mí mismo (claro que según la definición de la RAE, yo, con la moral algo rara y con ciertos gustos que tengo encajo en el perfil, pero bueno), que hace tiempo que no me como una rosca (y cállate, que ya, ya sé que es porque me da la gana, pero mala suerte, soy heterosexual, qué le vamos a hacer).

Mirando atrás, desde siempre ha habido gente que, básicamente por su propio provecho aunque muchos también por crearse una reputación, han intentado responder a esas preguntas y naturalmente de presumir de respuestas ante los colegas, que siempre le da a uno caché.

En esto, como en todo, hay escuelas, y hace un par de noches yo, entre muerto de vergüenza ajena, de asombro y sobre todo de risa, di con un blog en el que un voluntarioso muchacho ilumina al respecto a quien quiera leerle. Hasta se ha comprado su nombre de dominio, el muchacho, y se ha puesto un nombre modesto a la par que esclarecedor, ejem. Su declaración de intenciones es que esto del ligoteo es un arte, y que hay que convertirse en el mejor. Aunque luego de arte poco, porque el muchacho lo plantea a un nivel industrial, bursatil, metódico, mecánico. Se sistematiza, se plantean definiciones, se establecen procedimientos, cosas todas estas que aunque sean buenas para, digamos, elaborar pinturas envasadas, ensamblar ordenadores o construir guitarras eléctricas, no suelen ser útiles a la hora de pintar un cuadro, escribir un libro o componer una canción. Al final tampoco es que sea una cosa tan audaz, es simplemente que las cosas suenan mejor si en vez de decir "ah, anoche vi en un bar a una tía guapísima, y me acerqué, bailé un rato con ella, intenté besarla y me dijo que tenía novio y se piró" uno dice "ensayé la Leremy-Borrowski con una TB, intenté un Jowrowitz inverso, pero se dio un 12.2-03b (véase glosario)".

El caso es que esa aproximación tan sistemática me despertó mi vena asociativa e invocó a la culpable de esa vena, las matemáticas, y me acordé de mi tocayo David Hilbert. Hilbert, a principios del siglo XX, quiso coger todas las matemáticas, reducirlas a una serie de axiomas finita, completa y consistente. La idea era conseguir un marco en el que probar cualquier cosa fuese una tarea sencilla a partir de los axiomas (o si no sencilla sí al menos posible). En general esto cuadra con la idea que mucha gente tiene de las matemáticas, o a mí es como me las hace imaginar: Algo gris, mecánico y en el fondo previsible. Y la gente andaba tratando de pensar cómo conseguir eso, cuando en 1931 Kurt Gödel, uno de los matemáticos más grandes de la historia y probablemente el mayor lógico de todos los tiempos, probó (y es genial incluso eso, que lo probó, lo demostró, y eso en matemáticas es irrefutable, eterno, invencible) que aquello era imposible, que incluso si se pudiese meter a las matemáticas en un ataud aséptico y desinfectado, con sus axiomas limpitos, claros y a mano, entonces podrías formular una pregunta sobre las matemáticas ahí contenidas que no podrían responderte esos axiomas. Lo que viene a significar, en mi versión todo a cien (lo mejor que tiene esto de que a Elena le haya dado por responder por aquí es que puedo divagar más sobre esto con la certeza de que si meo demasiado lejos del tiesto ella puede corregirme, así que yo aflojo las riendas y galopo a placer), varias cosas, siendo las dos más importantes que, primero, los matemáticos nunca nos quedaremos en paro y segundo, que las matemáticas tienen garantizado su misterio.

Lo primero se debe a que siempre puede inventarse un axioma nuevo para "inventarnos" o "asumir" una respuesta a tal pregunta, pero entonces, de entre las nuevas preguntas que podríamos hacernos, surgirá otra cuya respuesta requiera un nuevo axioma, y así ad infinitum. Lo segundo, que como nunca terminaremos con ellas siempre quedará más por saber de lo que ya se sabe, y nuestro bosque siempre tendrá más rincones sombríos poblados por ojillos misteriosos y repiqueteantes de ruidos intrigantes que senderos despejados y bien iluminados. Y ahora abróchate el cinturón de seguridad que vamos a hacer un aterrizaje de emergencia: volvemos al tema original.

Me acordé de David Hilbert y de Kurt Gödel leyendo al muchacho aquel porque me dice la intuición que entre las implicaciones de los teoremas de incompletitud de Gödel hay una que le echa por tierra el invento. A fin de cuentas, sistematizar es reducir a secuencias, eso se puede modelizar en matemáticas, y las conclusiones que uno saca sobre las matemáticas pueden transmitirse de vuelta al mundo real. ¿Cuál es, hablando con el corazón, la razón por la que las matemáticas son imposibles de atrapar por la redecilla cazamariposas de Hilbert? Entre otras cosas (entre una cantidad infinita de otras cosas), que son un arte. Como la seducción, precisamente. Y uno puede ponerse el traje de faena, calarse los guantes, coger el martillo neumático y trabajar, en el sentido más peyorativo del término, en las matemáticas o en la seducción, y nunca pasará de ser un autómata más o menos eficaz. También, que en las últimas fronteras de las dos cosas uno sólo puede apelar a uno mismo, y saber mucho sin duda viene bien, pero lo que diferencia a un seductor y a un matemático de una enciclopedia o un eficaz mono amaestrado es la intuición.

Ligar es fácil. Ligar es definitivamente fácil. Ligar, si se quiere reducir al sistematismo, es una estupidez, y quien no ligue será o por falta de mercado o por ignorar al sentido común. Pongamos por caso que la media de éxito de alguien que intenta ligar es del X%, con X un número real entre cero y cien, ambos naturalmente no incluidos, porque de todo hay en la viña abandonada del señor salvo gente infalible tanto para lo bueno como para lo malo. Pues bien, eso significa que estadísticamente la tasa de intentos que tendrá que hacer la persona con el X% de efectividad para magrearse con alguien será de 100/X; Si tu probabilidad es del 2%, es de esperar que alrededor de 50 intentos sean suficientes. Divide esos 50 intentos por el número de objetivos sexualmente compatibles que habitan la ciudad que te pille más cerca, y entre las horas que tiene una noche de marcha. Y luego sé simpático y persevera, porque la probabilidad, como el algodón, no engaña.

El problema, entonces, suele ser qué se entiende por ligar, o si realmente se pretende ligar, o si vale cualquier persona para ligar, o si estamos dispuestos a efectuar la labor de contorsionismo que propone el tipo de ese blog para transformarnos en lo que haga falta (él lo llama "el mejor"; tristísimo) para conseguir el objetivo. ¿Ligar porque sí, ligar para restregarnos con alguien, para robar dos besos, para embaucar a alguien, para conseguir sexo? ¿Tanto vale el frotado, el intercambio de saliva, el morbo de la estafa y la emisión de fluidos corporales? Yo, en vista del resultado que adorna mi casillero reciente, pienso que definitivamente no, no vale todo eso. A mí no me vale cualquier persona, ni estoy dispuesto a hacer lo que sea para seducir a una mujer a la que acabe de conocer y de la que espero que me interese algo más que el físico. Yo no voy a ir por ahí apuntando bajo mi carlinga los Stukas derribados que llevo como el piloto de un Spitfire sobre los cielos de Londres. La propia esencia del asunto que destila de ese blog es la de la cacería, el recuento de presas, la depuración del método y su aplicación sistemática. Yo si vuelo sobre Londres, tendrá que ser como el gorrión que persigue embobado a la gorriona que a su vez lo persigue a él. Yo, si pretendiese seducir a alguien, tendría que hacerlo desde mi más absoluta franqueza y a partir de toda mi intuición y mi amplísimo repertorio de pánicos, porque hay asuntos en los que tomarle el pelo a alguien simplemente no es ni siquiera una opción a considerar.

Pero es una opción que, en realidad, resulta divertido leer desde esta trinchera tan alejada conceptualmente de aquella.

Leo al muchacho comentar, en una de sus historias, que una vez estuvo rondando a una mujer de 46 años, desde su autoproclamanda inteligencia de los 21. Es la única vez que le he escuchado mencionar la edad de una mujer, y eso me ha llamado la atención (otra consecuencia de las matemáticas: hay que buscar pautas, hay que buscar similitudes, pero también hay que fijarse en las diferencias: La vida es un puzle, y la vida es un busca las siete diferencias). ¿Qué quiere darnos a entender el autor del blog diciéndonos su edad? ¿Por qué es relevante? Obviamente, porque le dobla la edad de largo. Obviamente, porque se trata de una presa experimentada, difícil, de una mujer de verdad, distinta de las niñas que deben ser el blanco habitual de estos adolescentes voluntariosos y perseverantes. Obviamente, porque nos dice "no sólo persigo a crías que se ríen como tontas y a las que está tirado engañar". Y yo lo leo y no puedo dejar de comprender a aquella mujer de 46 años, de vuelta de todo, que vio a un pipiolo de 21 años y que lo estuvo dejando rondar mientras consideraba la opción de probar la carne fresca y recia, hasta que decidió descartarlo, aunque probablemente enternecida ante tanta parafernalia y conmovida por tanta cosa accesoria e innecesaria, le dijo algo que el chaval, cegado en su cruzada mecánica, no ha terminado de entender: Déjate de historias, déjate de fingir, y limítate a ser tú mismo e ir al grano. No ya por honestidad, no ya por principios, no ya por no complicarte la vida con cosas que no son realmente necesarias, sino porque así al final uno no vive su vida, sino la de un personaje inventado al que sólo podrás envidiar en secreto, sabedor de que en el fondo eso no eres tú.

Así que respondiendo a las preguntas que atraerán hacia nosotros la mirada sedienta de los buscadores: ¿Cómo ligar? ¿Cómo seducir a una mujer, o a un hombre, o a lo que uno le guste? ¿Cómo conseguir sexo? ¿Cómo llevarse a alguien a la cama?

Pues sé tú mismo, se natural. Demuestra lo que vales, ni más ni menos (y no intentar ser más de lo que se es es algo increíblemente eficaz). No finjas, a no ser que sea obvio que finjes y que sea obvio que quieres que sea obvio que finjes (y de todas formas si hay suerte a la hora de los orgasmos, olvídalo). No hagas caso a las letras de las canciones que escuchas en la radio, ni a las películas de palomitas. Sorprende. No atosigues. No des la lata. Sé empático. Juega, limpio pero juega. Lee Rayuela. Lee algún poeta decente. Entiende que ligar no es un objetivo sino un medio a algo que tampoco es un objetivo sino otra cosa. Divierte. Diviértete. Piensa, en todo momento, que eso que tienes delante es una persona increíble a la que probablemente no mereces... Y lleva siempre condones.

7.6.07

la lógica fuera de tiesto

Se me van hilvanando los temas, últimamente.

De nuevo por las respuestas del post anterior he terminado recordando una tarde de somnolencia universitaria en la que un profesor, en uno de los momentos filosofales a los que era francamente propenso, nos dijo que nos cuidásemos de las hipótesis falsas, pues partiendo de una hipótesis falsa era posible demostrar cualquier cosa.

No sé si esa afirmación lógica tan salvaje y tan burra es cierta. Sé, por ejemplo, que Bertrand Russell (que en sus 98 años encontró tiempo para ser matemático, filósofo, pacifista, premio Nobel de literatura, moralista y ateo con el curioso privilegio de ser citado por un montón de creyentes) afirmó en una ocasión a unos amigos que si le dejaban aceptar como cierto que 1 + 1 = 1 entonces podría demostrar cualquier cosa. Uno de sus amigos le dijo que probase entonces que era el Papa de Roma, y Russell le dijo "yo soy una persona, y el Papa también es una persona; juntos, somos 1 + 1 personas, o sea, una persona, luego tenemos que ser la misma".

Así que yo me he puesto a pensar en otros ejemplos de proposiciones que partiendo de un principio falso (y de todos los principios ciertos que uno quiera) lleguen a cierta conclusión absurda. En general si consigues llegar a probar a partir de la hipótesis falsa que 1 + 1 = 1 entonces ya es fácil demostrar creo que cualquier cosa (si alguien tiene algún reto al respecto que lo sugiera y nos ponemos a ello); eso sería, digamos, la aproximación "russelliana" al problema. Así fue la primera que hice. Consistía en esto:

Demostración de que si yo fuese una mujer, entonces George Bush estaría muerto:

Si yo soy una mujer, entonces como yo soy un hombre, mi número total de géneros es dos.
Como cada persona sólo pertenece a un género, eso significa que 1 = 1 + 1.
Pero si 1 + 1 = 1 entonces George Bush y Fernando el Católico, que son dos personas, son en total una sola persona.
Como Fernando el Católico está muerto, si él y George Bush son una misma persona entonces Bush, como Fernando el Católico, está muerto.

No me ha convencido demasiado, así que lo he intentado de otra forma, sin russellianismos, pero sólo he llegado a probar la no existencia de cosas (o de una persona):

Demostración de que si yo fuese única y exclusivamente mujer, entonces Jose María Aznar no existiría:

Si mi género fuese únicamente el femenino, entonces entraría en los baños de mujeres.
Como llevo toda la vida entrando en los mismos baños y nadie se ha escandalizado nunca, entonces siempre he entrado en los baños apropiados a mi género (*).
Como he pasado toda la vida entrando en los baños apropiados a mi género y, repito argumento, nadie se ha escandalizado nunca, entonces el resto de gente que entra en los baños en los que yo entro tendrían mi mismo género.
Aunque no les conozco personalmente, infiero que la pareja de progenitores de Aznar deben ser gente de fuertes convicciones morales, lo que considero me permite afirmar que siempre entrarán en el cuarto de baño apropiado a su género.
Como ni yo ni nadie de los que entra a los baños apropiados a mi género ha parido nunca un hijo, entonces nadie del género femenino ha parido a ningún niño.
Eso es extensible a generaciones anteriores, entonces el progenitor de género femenino de nuestro Rebelde, Profeta Patrio y Adalid de la Democracia Preventiva, José María Aznar, jamás lo parió.
Y como que yo sepa Josemari no es adoptado, entonces no existe, porque sólo las personas de género femenino tienen hijos, y hace falta haber sido parido para existir.

Yo me lo estoy pasando pipa intentando probar más cosas por el estilo. La última que se me ha ocurrido es probar, considerando que los cerdos volasen, que los pisos serían gratis, y en ello estoy.

Esto nos enseña algo sobre el poder de la lógica: La maquinaria lógica corta y se mueve con igual precisión y empuje al margen de que los postulados de los que parta sean ciertos o no. En lógica, que un argumento sea falso no quiere decir que no sea correcto, eso es cosa de los axiomas y las hipótesis de partida. Todo esto nos dice que si en un debate queremos hacer trampas sin tirar de falacias lógicas, puede que nos baste con colar una hipótesis falsa sin que el adversario se de cuenta, y luego desarrollarla y tirar el hilo para llevarnos el gato al agua.

Ahí queda, por si alguien quiere ser malo. Si alguien se aburre, que pruebe el juego. Invéntate algo falso, e intenta demostrar algo también falso. Hace los viajes en metro y las mañanas de oficina más entretenidas, lo digo con conocimiento de causa.



(*) : Salvo en un par de ocasiones cuando los baños en cuestión estaban cerrados/rotos/ocupados por adictos a diversas sustancias, en las que reinó la comprensión y nadie me dijo nada, o en las que andaba yo tan mal que no me di cuenta si alguien decidió reprochar algo. Casos puntuales, de cualquier manera.

15.2.07

el destino de un vago


No me costaba demasiado hacer lo que me pedían, así que de pequeño nunca me esforcé realmente en nada que yo recuerde. Tampoco me vi en ninguna situación donde esforzarme mucho por algo, pero vamos, que por ejemplo mi vida en el colegio rondaba los caminos de la vagancia más o menos extrema. Recuerdo que suspendí un examen de Historia, o Geografía o lo que fuese en sexto, y aquello fue muy sorprendente por lo anómalo y tal, y porque había estudiado para ese examen lo mismo que para los que hice antes y los que hice después, y en todos sacaba unas notas que, por lo visto, eran aceptables. Volví a suspender historia en el instituto, una vez, para sorpresa de aquel profesor tan gracioso que tenía, que siempre, siempre, siempre me ponía 7'75 en sus exámenes, excepto en el que suspendí, claro. Yo me sentía fatal sacando esa nota, porque el hombre hablaba bastante raro y siempre lo pronunciaba "chete chetentaichinco", y la gente se reía y yo me sentía culpable, pero nunca hasta el punto de esforzarme por llegar al nueve, que hubiese dicho sin peligro, o quedarme en en el seis, que de todas formas hubiese dicho "cheis" (bien pensado había muy pocas notas que sacar que le dejasen en buen lugar). Cuando suspendí yo puse los ojos como platos, no porque suspender me importase mucho, sino de nuevo porque se había roto la rutina sin que yo hubiese hecho nada propiciatorio, había utilizado mi método igual que había hecho antes e igual que seguí haciéndolo después, o sea, leyéndome los apuntes y el libro el día o la mañana antes del examen. Y el profesor, que era un encanto de persona, consideró aquel suspenso mío como una anomalía indigna de ser tenida en cuenta y mi nota final fue el uniforme chete chetentaichinco.

Pasaban los años, yo iba creciendo y descubría una serie de cosas sobre la vida, el ocio y el pasar de las horas; resumiendo, que me gustaba mucho leer, que me gustaba mucho ir al cine, que odiaba aburrirme y que por lo visto estudiar se me daba bien pese a no hacerlo casi nunca. Pero como leer apuntes o libros de texto era más aburrido que leer novelas pasaba mucho tiempo en mi habitación, con un libro en el regazo y los apuntes en la mesa, básicamente por tranquilizar a mis padres, y con lo único que me entretenía era con la física, las matemáticas y el bendito dibujo técnico, para el cuál por lo visto tenía un don que luego me vino estupendamente en las geometrías de La Carrera.

Me gustaba mucho mi profesora de física, Inma. Una mujer seca, inteligente, ingeniosa y borde que a esas edades en las que uno anda tan sensible y tan maleable seguramente tuvo algo que ver en que ahora me gusten las mujeres secas, inteligentes, ingeniosas y bordes. Y encima escondía un corazón tan grande que uno no sabía dónde podía guardárselo. El problema era que por ser inteligente se daba cuenta de que yo me tocaba mucho las narices y me exigía un cierto esfuerzo, pero como me caía bien a mí no me costaba mucho esforzarme más, o tal vez fuese que también entonces se iba formando esa tendencia mía a correr tras los deseos de las mujeres secas, inteligentes y bordes. Me gustaba también mi profesora de Filosofía, Fuencisla, aunque la pobre tuvo soportar exámenes muy extraños por esa costumbre mía de pensar las cosas en mitad de un examen, y así en mitad de uno yo puse a parir a Descartes, porque su aformismo famoso de "pienso luego existo" es un circulus in demonstrando, y tres cuartos de lo mismo con las "demostraciones" de Santo Tomás sobre la existencia de Dios. Muy católica, hasta el punto de pedirnos a dos amigos y a mí que por favor no volviésemos a discutir sobre la fe con ella. Y por seguir el recuento supongo que de esta profesora saqué mi inclinación hacia las mujeres guapas, porque se convirtió en la protagonista de un buen montón de esas nacientes fantasías sexuales que los chavales solemos tener a ciertas edades.

Y aunque desde luego no protagonizó ninguna sesión de fantasía sexual también me caía muy bien mi profesor de matemáticas, Alfonso, un tipo al que recuerdo fumando en clase (entonces aquello no se consideraba genocidio), armado con un palo que usaba para señalar la pizarra desde el borde de la mesa donde le gustaba pasar sentado la mayor parte de tiempo posible. Yo con Inma tenía bastante trato (un bastante muy relativo que tiene que tener en cuenta lo asocial, tímido e introspectivo que era yo, porque no siempre he sido, como ahora, un tipo extrovertido. Claro que ahora tampoco lo soy) y con Fuencisla tenía mucha confianza, pero con Alfonso no, porque de nuevo en mi carácter naciente iba definiéndose esa tendencia a que me caigan mejor las mujeres que los hombres (si es que en el fondo soy un chico listo desde siempre, para ciertas cosas). Pero de todas formas fue Alfonso el que ejerció de profeta.

Se me daban bien las matemáticas, porque resulta que cuando uno es de carácter distraído a veces esa abstracción de la realidad le planta de lleno en terreno abonado para ellas. Recuerdo que dábamos esas típicas cadenas donde empiezas con una ecuación o una igualdad y luego la vas cambiando un pasito cada vez, y yo recuerdo que los pasos me parecían tan simples y tan obvios que comenzaba a copiar primero uno de cada dos, luego uno de cada tres, y así hasta alcanzar el límite en el que mi pereza se quedaba satisfecha, tenía tiempo para mirar por la ventan o observar las flamantes y flamígeras formas de mis compañeras de clase y aún así los apuntes seguían siendo comprensibles, o al menos uno podía deducir después qué pasos faltaban (había hojas que tenían más cadenas de puntos suspensivos que fórmulas).

En cambio no recuerdo muchas cosas del día en que Don Alfonso ejerció conmigo de profeta. (fumar no era genocidio y a los profesores los llamábamos de Don y de Señorita. Qué tiempos aquellos). Había un ejercicio que había planteado a la clase en general, primero, y luego a unos cuantos designados a dedo en particular, después, porque cuando nadie elegido al azar daba una solución antes de decirla él prefería intentar algunas apuestas más seguras entre los que solíamos tener un índice más alto de aciertos, imagino que pensando que nuestros compañeros pensarían que aquello era más asequible si alguien de su misma talla daba con la solución. Recuerdo dónde estaba yo sentado, dónde estaba él, recuerdo que la idea del ejercicio era hacernos pensar un buen rato, hacer carburar un rato la cabeza y echar unas cuantas cuentas, y que yo me escabullí por una escapatoria que dejaba responder algo bastante obvio y bastante simple pero que respondía a la pregunta (y nada nos deja más indefensos a los matemáticos que una respuesta rigurosa, simple y correcta). Y sobre todo recuerdo cómo me miró, calculador y algo melancólico. Reconociendo algo que también yo veía en sus gestos, en su forma de andar, de explicar, de mirar; esa tendencia a pensar las cosas un rato antes de ponerse a hacerlas, por si aparecía una buena idea que evitase sudores y agujetas. Y sin que ninguno de los dos alcanzase a intuir, entonces, que yo un día me terminaría haciendo matemático, me dijo "se te darían bien las matemáticas; eres un vago".

4.2.07

Infinito talla M e infinito talla XL

Lo siento pero ya que quedaba este fleco en lo que escribí el otro día sobre ponerse a contar infinitos habrá que terminar aunque sólo sea por coherencia... y qué coño, por contar cuál es mi demostración favorita.

La idea del otro día era que a base de contar las cosas en plan salvaje se puede ver que hay conjuntos infinitos que aunque tengan menos (o más) elementos que otros conjuntos infinitos, "a la larga", o sea, mirándolos en conjunto, es como si tuviesen los mismos elementos, porque podemos terminar contando esos elementos, numerándolos y pudiendo contarlos así como si fuesen números naturales, y viendo que ese infinito que tienen por cardinal es el mismo.

Y quedaba el problema de ver si a cualquier conjunto infinito se le puede hacer eso. ¿Por qué no?, al fin y al cabo estamos usando un número que, ya dije, no es un número, es un concepto, y en el que cabe cualquier cosa... o casi. Y al fin y al cabo ya hemos contado conjuntos mucho más grandes que el de los números naturales y nos ha terminado dando el mismo infinito. Pues resulta que no, que hay otros números que son infinitos pero que son más infinitos, porque ni con infinitos cardenales podríamos contarlos. Esos números son los que se conocen como los números reales.

Definir lo que son los números reales es bastante más complicado que definir qué son los naturales, los enteros o los racionales, aunque podríamos decirlo así, los reales es lo que tenemos cuando cogemos los racionales e incluímos todos los demás números que no pueden expresarse como una fracción. O sea, volvemos a tener al 1, volvemos a tener al 27/823, pero tenemos también otros como raíz de dos, pi, e, 0'1010010001000100001...

Normalmente los números se representan en una recta en la que se van marcando. La de los naturales es sencillita de hacer, serían una serie de valores representando dónde cae el 1, el 2 y demás. La de los racionales es más complicado por eso de que siempre puedes encontrar otro racional entre dos racionales cualquiera, así que nunca terminarás de hacer marquitas incluso en un intervalo pequeño, si quieres apuntarlos todos. Pero no llegan a cubrir todos los puntos de la recta. Bueno, pues los reales sí. Los reales son cualquier cosa.

En fin, como los racionales son reales también, está claro que son infinitos, así que podríamos dividir los reales en dos clases, los que están en los racionales y los que no. El otro día ya te conté que los racionales son numerables, pero ¿qué pasa cuando los contamos todos? Pues que se vuelven no numerables; hay demasiados para ponerse a ponerles pegatinas, tantísimos que ni con las infinitas pegatinas que podríamos hacer a base de números naturales tendríamos suficientes. La demostración es de Georg Cantor y, otra vez, es por reducción al absurdo. Cantor dijo vale, supongamos que son numerables, entonces podríamos contar, por ejemplo, cuántos números reales hay entre 0 y 1. Y si pudiésemos contarlos, podríamos numerarlos, es decir, colocarlos en una fila y darles un número a cada uno. El orden en que los cojamos da igual, así que por ejemplo podríamos hacer así nuestra lista (y ojo con estos números porque los números reales que no son racionales tienen infinitos decimales cada uno),

1º -> 0,913412435...
2º -> 0,013332152...
3º -> 0,235034860...
4º -> 0,235111415...
5º -> 0,712375002...
6º -> 0,142305349...
7º -> 0,346254724...
8º -> 0,034860730...
9º -> 0,723500235...

Etcétera etcétera. Y entonces, si fuesen numerables, esa lista, si fuese infinita, debería contener a todos los números reales entre 0 y 1. Pero consideremos, se dijo Cantor, la diagonal de esa lista,

1º -> 0,913412435...
2º -> 0,013332152...
3º -> 0,235034860...
4º -> 0,235111415...
5º -> 0,712375002...
6º -> 0,142305349...
7º -> 0,346254724...
8º -> 0,034860730...
9º -> 0,723500235...

Y pensemos en el número formado por los elementos de esa diagonal, 0,915175735... Como es entero y está entre cero y uno, debe estar en la lista, pero también es entero entre cero y uno un número que sea igual que ese añadiéndole 1 a cada dígito suyo (o cambiándolo por 0 si el dígito es un 9), o sea, este, 0,026286846... nos sale otro número que también debería estar en la lista ¡pero hahahahá, no puede estar!, porque es distinto al primer número de la lista en la primera cifra, al segundo en la 2ª, al tercero en la 3ª, etcétera. Luego hay números que nunca podríamos poner en esa lista, así que la los números reales no se pueden contar. Por eso se dice que son no numerables. Y por eso su cardinal, pese a que se resuma como infinito, es bestialmente mayor que el de los números naturales.

Lo que esto implica es que la inmensa mayoría de números reales son irracionales (que es como se llama no a los que no rigen, claro, sino a los que no son racionales. ¿No es bonita la alegría con la que nos metemos con la salud mental de conceptos como los pobres números los matemáticos, sólo por llamarlos de alguna manera?), es decir, que si en la recta real, donde los representamos a todos, elegimos uno al azar, la probabilidad de que salga un irracional ¡es del 100%!

Naturalmente esto a nosotros nunca nos pasa porque primero definimos qué eran los reales con esa alegría imprudente y temeraria que tenemos y luego vimos que habíamos creado una colección de monstruos inabarcable. Se supone que se llaman números reales porque representan cualquier número que uno pueda encontrarse en la vida, por ejemplo si te dedicas al negocio de los palitos puedes tener un palito que mida 1 unidad de longitud (la que sea), pero también puedes hacer palitos de lontigud raiz de dos, a base de hacer un cuadrado con los palitos unidad y hacer uno que mida lo que la diagonal del cuadrado. O si te dedicas a los cordeles puedes hacer un círculo de cordel que mida pi cordelitos unidad (por eso pi y raíz de dos y compañía, pese a ser potencialmente terroríficos por ser irracionales se dejan tratar con simpatía porque son lo que se llama números construibles). Pero puestos a inventarnos números los reales en seguida nos vienen grandes, por ejemplo uno no puede manejar un número real con el ordenador. Si es irracional, tendrá infinitos decimales, y ningún ordenador tiene espacio infinito para guardar sus decimales ni memoria para tratar con algo así. Podemos jugar con partes de ellos (por ejemplo aquí te dejan buscar cadenas de dígitos entre los primeros 200 millones de decimales de pi), podemos crear procedimientos que nos permitan buscar todos los decimales que consideremos necesarios... pero todo serán pasitos tontos que damos hasta hartarnos o considerar suficiente el camino recorrido, exactamente como les pasaba a los matemáticos primigenios cuando contaban piedrecitas, estrellas o lo que fuese y comenzaban el viaje hacia el infinito. O los infinitos.

Como curiosidad, el segundo infinito, el gordo, es dos elevado al primero, y a quien sepa decirme por qué le regalo una piruleta.

Ahí queda. Y ya dejo de darte la lata con las mates por una temporadita, palabra de niño bueno.

Y pese al éxito cosechado con el mensaje anterior sobre infinitos como continente perfecto para enmascarar cosas sin que nadie las lea, en este no pongo nada. Así que si alguien lo leyó y ha hecho lo propio con este esperando una confidencia, pues bueno, mil perdones, se siente.

1.2.07

Infinitos elásticos

Tengo que pedirte que me dejes hablar hoy de matemáticas, porque querría esconderme en alguna parte (no preguntes, cosas que pasan) y ofrecen un refugio estupendo con un montón de sitio (infinito, je je) para correr y montones de cosas estupendas que admirar. Ya sé que casi todo el mundo opina que las matemáticas son un horror, pero dame un voto de confianza, leñe.

En cualquier caso si te aburres siempre puedes ir al fotoblog y distraerte con alguna foto.

Al tema: Hace no mucho hablaba con un grupo de gente que, enterados de que yo soy matemático, comenzaron a preguntarme cosas sobre el infinito; ¿cuál es el número conocido más cercano al infinito?, ¿qué pasa si a infinito le restas uno?, y cosas así. Estábamos en un bar, o camino de un bar, y en fin, no andaba yo muy despierto, y las respuestas de rigor a esas preguntas (respectivamente, no puede conocerse un número más cercano que ningún otro a infinito, porque entonces sería cosa de sumarle uno y ya tendrías otro mayor, al que podrías sumar otro, etcétera, y si a infinito le restas uno sigue quedando infinito) no suelen ser muy satisfactorias para la curiosidad de nadie. Así que ahora que estamos aquí relajados y prometiéndote que ni las matemáticas son aburridas ni te va a pasar nada porque sigas leyendo, voy a hablar un poco sobre el infinito, o los infinitos, ¿vale?

El problema que mucha gente tiene con el infinito, que produce preguntas que a nosotros los metidos en lo hermético nos parecen infantiles por deformación profesional, es un problema de concepto. La gente piensa en el infinito como si fuese un número más, cuando no lo es; "infinito" es un concepto. Infinito es una abstracción a la que se llega cuando uno pilla el truco a la suma y se aburre de sumar. Me imagino al primer matemático que filosofase al respecto comenzando a contar piedrecitas (o granos de arena, o nubes, o hormigas, o estrellas). Cogiendo (o mirando, o imaginando coger) la primera, "una", añadiendo otra, "dos", siguiendo así un rato, "cincuenta y seis, cincuenta y siete, ... doscientas mil ochocientas cuarenta y tres, doscientas mil ochocientas cuarenta y cuatro"... al final, eventualmente, en función de su pereza o su inteligencia o su capacidad de abstacción, comprendería que podría seguir así indefinidamente, que habría un momento en el que habría demasiadas como para contarlas, que siempre podría seguir sumando y nunca llegaría a un tope, un techo.

Ese tope, ese techo al que no se puede llegar a base de sumar es el infinito: Ese número que nunca vas a encontrarte sumando. Por poner una metáfora, el infinito es, para un matemático, como el horizonte lo es para un viajero (metáfora que no es rigurosamente cierta, aunque para lo que voy a contar aquí nos sirve (1)); uno puede comenzar a caminar hacia él, en cualquier dirección, y siempre lo verá en el mismo sitio, y nunca lo alcanzará, porque según vaya avanzando se irá acercando a las cosas pero nunca al horizonte.

Los griegos ya filosofaban con respecto al infinito, y contaban cosas que eran infinitas sin mayor problema (como la cantidad de números primos, que demostraron que tenía que ser infinita (2)). El problema vino cuando los matemáticos se pusieron a contar dentro de conjuntos infinitos, porque los matemáticos somos gente muy echá p'alante y no nos asustamos a la hora de ponernos a contar inmensidades siempre que tengamos un truco con el que hacer trampa y saltarnos la parte coñazo. La idea es que si ya tienes contado algo, como los números naturales (que son los que se tienen cuando se parte del uno y de la suma, es decir, 1, 2, 3, 4, etc) y sabes que eso es infinito entonces si a cada elemento de un conjunto le puedes asociar un elemento de tu conjunto conocido entonces esos dos conjuntos tienen los mismos elementos. Si cada asignación es rigurosa, es decir, no repites números para ningún elemento y tienes números para todos los elementos, entonces tienen el mismo número de, hmmm, cosas.

Venga, vamos a contar un rato. Contamos, por ejemplo, el cardinal (o sea el número de elementos que tiene) del conjunto de números primos. A primera vista, deberían salirnos menos primos que números naturales, porque quieras que no hay menos primos que números naturales, obviamente; de 1 a 10 hay 4 primos y 10 números, y cuanto más subes menos proporción de primos hay. Pero lo genial de la idea es que ¡da igual que haya más naturales! Podemos numerar los primos; al primer número primo, 2 le pegamos una pegatina con un uno. Al segundo, 3, una con un 2. Como hay infinitos primos, siempre podremos encontrar uno que lleve una cierta pegatina. Como podemos ordenarlos, cada uno tendrá sólo una pegatina. Entonces, aunque sean menos, el total de ambos ¡es el mismo infinito!

Recapitulamos, que ese es un paso jodido de asimilar; da igual que haya menos o más números primos; puestos a exagerar las cosas y a imaginar cuántos podemos contar, hay tantos como números naturales, simplemente porque podemos convertir a los primos en números naturales (numerándolos y cogiendo su numerito correspondiente).

Pero esto no es siempre un desprecio para los naturales, que ven como partes de si mismos crecen hasta ser tan grandes como ellos mismos; siempre pueden resarcirse viendo que son tan grandes como conjuntos infinitamente mayores que ellos. Por ejemplo, los números enteros, que son igual que los naturales pero incluyen el cero y los negativos (si básicamente los naturales son enredar con el uno y la operación de la suma, entonces los enteros son usar también la resta. Como 1 - 1 = 0, estos sí incluyen al 0, que mucha gente no considera un número natural, yo incluido). Son el doble (todos los negativos) mas uno (el cero), pero los puedes contar a base de enteros. Por ejemplo contando el cero como el primer número, el 1 como el 2º, el -1 como el 3º, el 2 como el 4º, el -2 como el 5º, el 3 como el 6º, etcétera (y luego simplemente ocnsiderando el número del ordinal tenemos otra vez el truco que teníamos con los primos). O por poner un ejemplo mucho más bestia, los números racionales. Los racionales son los números que se tienen cuando divides un número natural por otro. Está claro que son infinitos porque contienen a los números naturales (como el número 1 es natural entonces 1/1 es racional y también 2/1 = 2, 3/1 = 3, etc), pero también contienen a 1/3, 874/5, 1/1132423456 y en fin, cualquier fracción que quieras escribir. Como puedes escribir los inversos de todos los números naturales y te van a salir números menores que 1 (1/2 = 0,5, 1/3 = 0,3333..., 1/4 = 0,25, etc) sólo entre 0 y 1 ya tienes infinitos racionales, es decir, tantos como enteros. Y eso puedes hacerlo también entre 1 y 2, entre 2 y 3, entre 1/4 y 1/5, entre 1/7845 y 23/1333... es decir, que entre dos racionales cualsquiera hay al menos tantos números como naturales (3). Pero resulta que los naturales son suficientes también para contarlos. Como los enteros son "tantos" como los naturales, aunque sean el doble mas uno (ser "tantos" significa lo que ya hemos visto, que se pueden contar como si fuesen naturales y sale el mismo infinito), así que vamos a contar sólo los racionales positivos. Como todos pueden escribirse como una fracción de dos enteros, los equiparamos a pares de enteros, es decir, el 1/2 lo representamos como el par (1, 2). El 76/811, como el par (76, 811), y así. Entonces podemos pintarlos en un plano, y empezar a contarlos por diagonales; el primero, el (1, 1), el segundo el (2, 1), el tercero el (1, 2), el cuarto el (3, 1), el quinto el (2, 2), el sexto el (1, 3), el séptimo el (4, 1) y así con todos, porque sí, podemos hacerlo con todos, así que al final, como los estamos numerando otra vez ¡hay los mismos!

Llegados aquí uno corre el peligro de emocionarse y pensar que los valientes naturales sirven para contar todo lo que es infinito. Pero no es así. Llegó Cantor y se puso a contar otros números y vio que no eran los suficientes, y lo hizo con la que resulta ser mi demostración favorita de toda la carrera, pero esa la dejo para otro día y como imagino que a estas alturas del mensaje ya no quedará nadie leyendo o porque por aburrimiento lo hayan dejado o porque se hayan quedado dormidos leyendo, por fin puedo contar lo que me está jodiendo hoy la noche. Tampoco es que sea nada original, ni que haya mucho que contar, la maldita ilusión de siempre, el ver un par de veces a una mujer, el empezar a pensar cosas raras, la puta ilusión de siempre... y el ver que no se llega a ninguna parte, que de pronto todo hace plop como una pompa de jabón que por bonita que sea y por mucho que brille y por mucho que nos guste mirarla siempre va a terminar haciendo plop y dejando manchitas de jabón por ahí, si es que el jabón, que limpia, deja manchas. ¿No deberían llamarse limpiezas, las manchas de jabón? En fin, la rutina de siempre, la historia de siempre con un protagonista habitual, experto, curtido en esto, otra muesca en el palo de mi escoba, otra costra en el alma, otro diente menos en la mandíbula mil veces rota de mi alegría. Ya, dramatizo. Ya, no es para tanto. Ya, no es la primera vez. Pero me apetece quejarme. Me apetece dramatizar. Cuando termine este párrafo me iré a fregar los platos, volveré para colgar la foto de esta noche, leeré el periódico, leeré un rato, veré una peli, me iré a dormir, seguiré mi vida tal y como era pero sin pompa de jabón. Así que tampoco creo que esté tan mal dramatizar un poco, ahora. Suspiro. Estoy suspirando mucho esta noche. No más que otras noches, pero sí más que cualquier noche habitual. Y mañana será menos, y al otro menos aún, y nada, a esperar a la siguiente pompa, con su brillo iridiscente, su volar tembloroso y errático, y su promesa implícita de nuevos suspiros.

Lo que no quita que ya que me he puesto a hablar de matemáticas vaya a terminar otro día con la demostración de Cantor de que los números reales no son numerables. Avisada quedas.





1. el problema es que en un mundo esférico como este (vale, no es esférico, pero podemos considerarlo como tal y el concepto sigue valiendo) el horizonte realmente existe; es esa circunferencia que forman los puntos a partir de los cuales por muy grande que fuese el telescopio que utilizásemos no podríamos ver el suelo, porque la propia tierra lo taparía; las cosas que quedan detrás del horizonte no se ven. Todo se arregla suponiendo que en vez de en un mundo esférico vivimos en un mundo plano (lo cuál, a pequeña escala, es cierto, porque las esferas son localmente como planos, por eso hacemos mapas planos y nos va bastante bien en el día a día), lo que tampoco es difícil de imaginar, al fin y al cabo.

2. es bien fácil y usa la forma más bella de razonamiento lógico, la reducción al absurdo: Se parte de una premisa, se usa un rato la lógica, se llega a una conclusión falsa, y como la lógica es sólida como nada en el mundo, entonces la premisa está mal. La premisa es suponer que los números primos son finitos, es decir, que hay una cantidad concreta de ellos. Entonces, como los números, cuando se suman y se multiplican entre ellos dan siempre otros números (porque nunca podemos llegar a nuestro horizonte de números, el infinito), entonces los multiplicamos todos entre ellos y sumamos al número que nos da uno entonces ese número no puede dividirse por ninguno de esos números primos, por lo mismo que 7 = 3 x 2 + 1 no puede dividirse ni por 2 ni por 3 (hablamos de números naturales, es decir, enteros, sin decimales)

3. no me voy a poner a probarlo... ¿me vas a hacer probarlo?... imagina que tienes dos racionales n/m y s/k, y que s/k es más grande que n/m (si no, pues les cambiamos los nombres y listo. Ah, y n/m y s/k tienen que ser distintos, porque obviamente entre un número y ese mismo número no hay mucho donde elegir y esto no sería divertido. A esos casos los matemáticos los llamamos triviales o degenerados), y un montón de números entre ellos. Entonces puedes coger cualquier conjunto de números racionales entre 0 y 1 y, como multiplicando y sumando racionales se obtienen más racionales, sumarle n/m y multiplicarlo por 1/(s/k - n/m) y tachaaán, tienes un conjunto embutido entre n/m y s/k; como entre 0 y 1 ya hay conjuntos con tantos elementos como números naturales, entonces entre cualquier, CUALQUIER par de números naturales hay tantos elementos como números naturales... por lo menos. De hecho hay tantos como números racionales, porque igual que hemos partido de 0 y 1 podríamos haber partido de dos números racionales distintos.

12.1.07

La primera vez

Dicen que siempre hay una primera vez y mi lado matemático clama cada vez que lo escucha "¡MENTIRA, MENTIRA! ¡A VER DÓNDE ESTÁ LA PRIMERA VEZ EN LA QUE PUEDO ACOSTARME CON NAOMI WATTS!", y yo, tonto de mí, iba a titular así este post, pero mi lado matemático, que es muy consecuente, se ha puesto a gritarme precisamente eso, "¡MENTIRA, MENTIRA!" etcétera etcétera. Así que entre llamar a esto con un inocuo y riguroso "a veces hay una primera vez" o así, me he quedado con la simplificación.

Pues sí, a veces hay una primera vez para ciertas cosas, y yo me he presentado a mi primer concurso fotográfico. Es pequeño. Es humilde. Son cuatro fotos malísimas. Y el jurado serán una panda de jubilados con obsesión por votar a las fotos de gente que reconozcan como genéticamente familiar o a niños pequeños haciendo el ganso (el tema del concurso, "la navidad", no me ayudaba en nada, a mí que soy tan, hmmm, poco amante de tradiciones y festejos socialmente establecidos, fiestas del pueblo aparte), o eso me diré cuando pierda. Pero me he presentado, y es la primera vez que mando mis fotos a alguna parte, y eso me hace sentirme especialmente contento esta noche, y coño, algo así habrá que contarlo en el blog, porque como eres así de solidaria, o solidario si eres Juan o alguien que comparta su género, pues seguro que te contagio la sonrisa.

Hay más motivos por los que estoy contento. El Sam's Town de The Killers, Devin Townsend, la hamistad y el hamor, y también los cruces de correos de este tipo con Elena que hacen que durante un pequeño instante me sienta inteligente. Y probablemente ininteligible, dirás, y lo sé y lo siento pero yo es que tengo que copiarlos.

Correo número 1 (extracto, más bien):

Sea C el conjunto formado por todos los elementos de partes de N (lamento no tener un editor de ecuaciones, creeme) cuyo cardinal es finito,
¿C es numerable?


Correo número 2 (fragmento, en realidad):

Te cuento lo que he ido pensando.

La idea en principio era pasar de subconjuntos a cosas más fáciles de contar, al principio pensé en racionales pero luego me di cuenta que era una gilipollez no tirar directamente de naturales.

Demostración Artificiosa:

Se trata de escribir cada uno de los subconjuntos (de los montones de numeritos, vamos) de la siguiente forma: Pasas cada número a binario, para usar sólo unos y ceros, y luego los escribes en fila de menor a mayor, separando los números entre sí con doses. O sea, el subconjunto {1, 5, 6} iría al número 121012110. Como todos los subconjuntos son distintos, no se repite ninguno de esos números. Como todos los subconjuntos tienen cardenal finito, ese número siempre es un natural que no sale infinitamente largo. Entonces, como esos números que te salen forman un subconjunto de N, entonces se puede hacer una biyección de C a un subconjunto de N luego C es numerable.


¡¡¡Amo las matemáticas!!! ¡¡¡Y hacer fotos!!!

Ay, qué buena noche esta.

16.11.06

El euromillón

Nos ha dado un arrebato ludópata esta mañana en la oficina y nos hemos hecho un Euromillón de estos, básicamente porque es mañana y hay un bote de 180 millones de euros. La cifra marea y provoca adhesiones en masa a cualquier sugerencia de echar un papelito para ver si toca. Y además todo el mundo se imagina en ese incómodo papel en el que toca tal dineral en la oficina sin que uno tenga participación. La gente se imagina comida por la envidia y sin saber dónde meterse y claro, tragan y sueltan sus dos euros.

El caso es que después de rellenar mi columna con los números más aleatorios que he podido conseguir con este ordenador (porque paso de poner cifras que para mí signifiquen algo: si el sorteo, se supone espero que acertadamente, es al azar, pues ala, a meterle números al azar) me he puesto a echar cuentas al respecto, recordando lo que nos enseñaron en la facultad sobre los juegos de azar y cuándo es o no razonable participar en ellos.

Básicamente uno debe participar en un juego de azar cuando espera obtener más dinero que el que arriesga, y hacerlo de otra forma es apelar a la casualidad y al optimismo irracional. Es decir, si te proponen arriesgar un euro de forma que si sacas cara una vez en dos intentos con una moneda te den dos, debes participar (la ganacia esperada es de 0,75 x 2 = 1,5). Si te proponen el mismo juego a una sola tirada, tú mismo, tu ganancia esperada es de 0,5 x 2 = 1 euro, que es la apuesta, así que a la larga la Ley de los Grandes Números asegura que te vas a quedar como estaba salvo que seas un tramposo o te estafen, y si juegas tu fortuna a rojo o negro en una ruleta llevas las de perder porque tus probabilidades de perder son 19 entre 37 así que por cada euro apostado la esperanza es que ganes 97 céntimos.

Calcular todo esto es bastante facilito (lo complicado, y lo que requiere las asignaturas de Economía y Probabilidad de mi carrera, es probarlo). El juego este consiste en que eliges 5 números del 1 al 50, y luego marcas dos estrellitas que corresponden a dos números elegidos del uno al nueve. Es decir, el número de casos posibles es de (50 x 49 x 48 x 47 x 46) x (9 x 8) = 18.306.086.400 (porque el primer número puede ser cualquiera de los 50, el segundo cualquiera de los 49 que quedan, etcétera), y como sólo sale un resultado la probabilidad de que nos toque es dividir uno entre eso (y multiplicar por cien si uno es fanático de los tantos por ciento. Sale algo así como el 0,0000000055%. Si multiplicamos esa probabilidad (sin haberla multiplicado por cien. Es lo malo de los fanáticos de los porcentajes, que si se olvidan de esto sale gente de lo más optimista) por el dinero del premio nos salen 0,0098€, o sea y redondeando, un céntimo. Participar en el juego cuesta 2 euros, es decir, unas 200 veces más. Así que ninguno de nosotros contamos con que nos vaya a tocar.

Pero de todas formas sí que hay un argumento para participar, y es que al fin y al cabo son sólo dos euros y eso sube nuestra probabilidad del 0% redondo a algo que se le parece mucho pero quieras que no es real y mayor que cero.

Y en cualquier caso, el que sospeche que es más fácil que un asteroide perdido y juguetón me taladre el craneo a ganar ese dineral mañana no quita que ya tenga planificado en qué me iba yo a gastar semejante pastón. Soñar siempre se me ha dado de maravilla.
Con tecnología de Blogger.

Hola, me llamo David, tengo un blog, me gusta la música que no le gusta a nadie y las películas de Clint Eastwood, aborrezco las fotos de anocheceres y cada vez más libros. Escribo bobadas, sin pensarlas mucho, y cuentos del oeste que, que no cunda el pánico, no cuelgo aquí.