
¿Cómo ligar? ¿Cómo seducir a una mujer, o a un hombre, o a lo que uno le guste? ¿Cómo conseguir sexo? ¿Cómo llevarse a alguien a la cama?
Todas estas preguntas no son un intento de atraer visitas, cosa que por otra parte y viendo cómo se portan los buscadores probablemente ocurra (querido lector, si viniste buscando eso no te sientas en una encerrona, pero tampoco te esperes gran cosa), sino preguntas que intuyo forman parte del runrun mental de la humanidad desde que el primer mono se cayó del árbol y ya que estaba ahí se daba si eso un paseo a dos patas por entre los arbustos, si no incluso desde antes. A fin de cuentas, a nadie le amarga un dulce y mucho menos algo de sexo de vez en cuando, a no ser que sea un degenerado mental como, digamos, un cura y una monja. Lo que no quiere decir que esté llamando degenerados a los célibes que por el mundo caminan, Gauss me libre, porque entonces me lo estaría llamando a mí mismo (claro que según la definición de la RAE, yo, con la moral algo rara y con ciertos gustos que tengo encajo en el perfil, pero bueno), que hace tiempo que no me como una rosca (y cállate, que ya, ya sé que es porque me da la gana, pero mala suerte, soy heterosexual, qué le vamos a hacer).
Mirando atrás, desde siempre ha habido gente que, básicamente por su propio provecho aunque muchos también por crearse una reputación, han intentado responder a esas preguntas y naturalmente de presumir de respuestas ante los colegas, que siempre le da a uno caché.
En esto, como en todo, hay escuelas, y hace un par de noches yo, entre muerto de vergüenza ajena, de asombro y sobre todo de risa, di con un blog en el que un voluntarioso muchacho ilumina al respecto a quien quiera leerle. Hasta se ha comprado su nombre de dominio, el muchacho, y se ha puesto un nombre modesto a la par que esclarecedor,
ejem. Su declaración de intenciones es que esto del ligoteo es un arte, y que hay que convertirse en el mejor. Aunque luego de arte poco, porque el muchacho lo plantea a un nivel industrial, bursatil, metódico, mecánico. Se sistematiza, se plantean definiciones, se establecen procedimientos, cosas todas estas que aunque sean buenas para, digamos, elaborar pinturas envasadas, ensamblar ordenadores o construir guitarras eléctricas, no suelen ser útiles a la hora de pintar un cuadro, escribir un libro o componer una canción. Al final tampoco es que sea una cosa tan audaz, es simplemente que las cosas suenan mejor si en vez de decir "ah, anoche vi en un bar a una tía guapísima, y me acerqué, bailé un rato con ella, intenté besarla y me dijo que tenía novio y se piró" uno dice "ensayé la Leremy-Borrowski con una TB, intenté un Jowrowitz inverso, pero se dio un 12.2-03b (véase glosario)".
El caso es que esa aproximación tan sistemática me despertó mi vena asociativa e invocó a la culpable de esa vena, las matemáticas, y me acordé de mi tocayo David Hilbert. Hilbert, a principios del siglo XX, quiso coger todas las matemáticas, reducirlas a una serie de axiomas finita, completa y consistente. La idea era conseguir un marco en el que probar cualquier cosa fuese una tarea sencilla a partir de los axiomas (o si no sencilla sí al menos posible). En general esto cuadra con la idea que mucha gente tiene de las matemáticas, o a mí es como me las hace imaginar: Algo gris, mecánico y en el fondo previsible. Y la gente andaba tratando de pensar cómo conseguir eso, cuando en 1931 Kurt Gödel, uno de los matemáticos más grandes de la historia y probablemente el mayor lógico de todos los tiempos, probó (y es genial incluso eso, que lo probó, lo demostró, y eso en matemáticas es irrefutable, eterno, invencible) que aquello era imposible, que incluso si se pudiese meter a las matemáticas en un ataud aséptico y desinfectado, con sus axiomas limpitos, claros y a mano, entonces podrías formular una pregunta sobre las matemáticas ahí contenidas que no podrían responderte esos axiomas. Lo que viene a significar, en mi versión todo a cien (lo mejor que tiene esto de que a Elena le haya dado por responder por aquí es que puedo divagar más sobre esto con la certeza de que si meo demasiado lejos del tiesto ella puede corregirme, así que yo aflojo las riendas y galopo a placer), varias cosas, siendo las dos más importantes que, primero, los matemáticos nunca nos quedaremos en paro y segundo, que las matemáticas tienen garantizado su misterio.
Lo primero se debe a que siempre puede inventarse un axioma nuevo para "inventarnos" o "asumir" una respuesta a tal pregunta, pero entonces, de entre las nuevas preguntas que podríamos hacernos, surgirá otra cuya respuesta requiera un nuevo axioma, y así ad infinitum. Lo segundo, que como nunca terminaremos con ellas siempre quedará más por saber de lo que ya se sabe, y nuestro bosque siempre tendrá más rincones sombríos poblados por ojillos misteriosos y repiqueteantes de ruidos intrigantes que senderos despejados y bien iluminados. Y ahora abróchate el cinturón de seguridad que vamos a hacer un aterrizaje de emergencia: volvemos al tema original.
Me acordé de David Hilbert y de Kurt Gödel leyendo al muchacho aquel porque me dice la intuición que entre las implicaciones de los teoremas de incompletitud de Gödel hay una que le echa por tierra el invento. A fin de cuentas, sistematizar es reducir a secuencias, eso se puede modelizar en matemáticas, y las conclusiones que uno saca sobre las matemáticas pueden transmitirse de vuelta al mundo real. ¿Cuál es, hablando con el corazón, la razón por la que las matemáticas son imposibles de atrapar por la redecilla cazamariposas de Hilbert? Entre otras cosas (entre una cantidad infinita de otras cosas), que son un arte. Como la seducción, precisamente. Y uno puede ponerse el traje de faena, calarse los guantes, coger el martillo neumático y trabajar, en el sentido más peyorativo del término, en las matemáticas o en la seducción, y nunca pasará de ser un autómata más o menos eficaz. También, que en las últimas fronteras de las dos cosas uno sólo puede apelar a uno mismo, y saber mucho sin duda viene bien, pero lo que diferencia a un seductor y a un matemático de una enciclopedia o un eficaz mono amaestrado es la intuición.
Ligar es fácil. Ligar es definitivamente fácil. Ligar, si se quiere reducir al sistematismo, es una estupidez, y quien no ligue será o por falta de mercado o por ignorar al sentido común. Pongamos por caso que la media de éxito de alguien que intenta ligar es del X%, con X un número real entre cero y cien, ambos naturalmente no incluidos, porque de todo hay en la viña abandonada del señor salvo gente infalible tanto para lo bueno como para lo malo. Pues bien, eso significa que estadísticamente la tasa de intentos que tendrá que hacer la persona con el X% de efectividad para magrearse con alguien será de 100/X; Si tu probabilidad es del 2%, es de esperar que alrededor de 50 intentos sean suficientes. Divide esos 50 intentos por el número de objetivos sexualmente compatibles que habitan la ciudad que te pille más cerca, y entre las horas que tiene una noche de marcha. Y luego sé simpático y persevera, porque la probabilidad, como el algodón, no engaña.
El problema, entonces, suele ser qué se entiende por ligar, o si realmente se pretende ligar, o si vale cualquier persona para ligar, o si estamos dispuestos a efectuar la labor de contorsionismo que propone el tipo de ese blog para transformarnos en lo que haga falta (él lo llama "el mejor"; tristísimo) para conseguir el objetivo. ¿Ligar porque sí, ligar para restregarnos con alguien, para robar dos besos, para embaucar a alguien, para conseguir sexo? ¿Tanto vale el frotado, el intercambio de saliva, el morbo de la estafa y la emisión de fluidos corporales? Yo, en vista del resultado que adorna mi casillero reciente, pienso que definitivamente no, no vale todo eso. A mí no me vale cualquier persona, ni estoy dispuesto a hacer lo que sea para seducir a una mujer a la que acabe de conocer y de la que espero que me interese algo más que el físico. Yo no voy a ir por ahí apuntando bajo mi carlinga los Stukas derribados que llevo como el piloto de un Spitfire sobre los cielos de Londres. La propia esencia del asunto que destila de ese blog es la de la cacería, el recuento de presas, la depuración del método y su aplicación sistemática. Yo si vuelo sobre Londres, tendrá que ser como el gorrión que persigue embobado a la gorriona que a su vez lo persigue a él. Yo, si pretendiese seducir a alguien, tendría que hacerlo desde mi más absoluta franqueza y a partir de toda mi intuición y mi amplísimo repertorio de pánicos, porque hay asuntos en los que tomarle el pelo a alguien simplemente no es ni siquiera una opción a considerar.
Pero es una opción que, en realidad, resulta divertido leer desde esta trinchera tan alejada conceptualmente de aquella.
Leo al muchacho comentar, en una de sus historias, que una vez estuvo rondando a una mujer de 46 años, desde su autoproclamanda inteligencia de los 21. Es la única vez que le he escuchado mencionar la edad de una mujer, y eso me ha llamado la atención (otra consecuencia de las matemáticas: hay que buscar pautas, hay que buscar similitudes, pero también hay que fijarse en las diferencias: La vida es un puzle, y la vida es un busca las siete diferencias). ¿Qué quiere darnos a entender el autor del blog diciéndonos su edad? ¿Por qué es relevante? Obviamente, porque le dobla la edad de largo. Obviamente, porque se trata de una presa experimentada, difícil, de una mujer de verdad, distinta de las niñas que deben ser el blanco habitual de estos adolescentes voluntariosos y perseverantes. Obviamente, porque nos dice "no sólo persigo a crías que se ríen como tontas y a las que está tirado engañar". Y yo lo leo y no puedo dejar de comprender a aquella mujer de 46 años, de vuelta de todo, que vio a un pipiolo de 21 años y que lo estuvo dejando rondar mientras consideraba la opción de probar la carne fresca y recia, hasta que decidió descartarlo, aunque probablemente enternecida ante tanta parafernalia y conmovida por tanta cosa accesoria e innecesaria, le dijo algo que el chaval, cegado en su cruzada mecánica, no ha terminado de entender: Déjate de historias, déjate de fingir, y limítate a ser tú mismo e ir al grano. No ya por honestidad, no ya por principios, no ya por no complicarte la vida con cosas que no son realmente necesarias, sino porque así al final uno no vive su vida, sino la de un personaje inventado al que sólo podrás envidiar en secreto, sabedor de que en el fondo eso no eres tú.
Así que respondiendo a las preguntas que atraerán hacia nosotros la mirada sedienta de los buscadores: ¿Cómo ligar? ¿Cómo seducir a una mujer, o a un hombre, o a lo que uno le guste? ¿Cómo conseguir sexo? ¿Cómo llevarse a alguien a la cama?
Pues sé tú mismo, se natural. Demuestra lo que vales, ni más ni menos (y no intentar ser más de lo que se es es algo increíblemente eficaz). No finjas, a no ser que sea obvio que finjes y que sea obvio que quieres que sea obvio que finjes (y de todas formas si hay suerte a la hora de los orgasmos, olvídalo). No hagas caso a las letras de las canciones que escuchas en la radio, ni a las películas de palomitas. Sorprende. No atosigues. No des la lata. Sé empático. Juega, limpio pero juega. Lee Rayuela. Lee algún poeta decente. Entiende que ligar no es un objetivo sino un medio a algo que tampoco es un objetivo sino otra cosa. Divierte. Diviértete. Piensa, en todo momento, que eso que tienes delante es una persona increíble a la que probablemente no mereces... Y lleva siempre condones.